Los chiítas: El fantasma de Jomeini
William Van Doodewaard, de la Universidad Western Ontario, Canada escribió el libro "Islam United?" en el que cuestiona la idea de un Islam unido con sutiles diferencias entre chiítas y sunnitas.

William Van Doodewaard, de la Universidad Western Ontario, Canada escribió el libro "Islam United?" en el que cuestiona la idea de un Islam unido con sutiles diferencias entre chiítas y sunnitas.
Los musulmanes sostienen que un "infiel", como le dicen a quienes no se apegan a las creencias de Alá, son incapaces de comprender la diferencia entre las dos tendencias. Pero haremos el intento.
Es clave para comprender las diferencias bucear un poco en los orígenes históricos del chiísmo. Según el experto, Allamah Tabatabai, la historia del chiísmo se remonta al año 656; los tiempos en los que el profeta Mahoma ungió a Alí, su yerno, como su sucesor y heredero. Tabatabai asegura que Alí fue el elegido por ser una persona preservada de errores en sus acciones y dichos, además de ser el hombre más sabio respecto de los temas del Islam.
Cuando murió Mohamed, la mayoría de los musulmanes rápidamente eligieron a un califa, que no era Alí. La minoría que protestó por la decisión fue conocida como el partido chi´ah de Alí y ahí fue cuando comenzó el chiísmo.
Otros teóricos, tales como Bernard Lewis, profesor de estudios sobre Medio Oriente de la Universidad de Princeton aseguran que la historia del chiísmo es aún incierta aunque coincide en que la clave está en la diferencia en la elección de los líderes.
Después de la muerte de Alí, los chiítas fueron perseguidos desde sus orígenes y esto los marcó para siempre con el sello de un pueblo mártir y en estado de protesta constante.
Sin embargo, desde la visión sunnita, las ideas de martirio y persecución, no son celebradas.
El líder de los chiítas es el Imán, quien debe ser descendiente directo del profeta Mohamed y de Alí, que fue el primer Imán. Debe ser un hombre libre de pecado e infalible en cuanto a sus pronunciamientos respecto del dogma y en cualquier tipo de cuestiones.
Ellos creen que siempre debe existir la figura de Imán en la Tierra, a través de la cual está asegurada la intercesión por los hombres ante Alá. Los más extremos consideran que se trata de una reencarnación del mismo Alá.
La mayoría de los chiítas aseguran que ha habido un total de 12 Imanes y se considera que el número 12 aún no ha muerto pero que ha desaparecido y que volverá "al final de los tiempos a reinvindicar a sus seguidores leales, a restaurar a la comunidad en el lugar que le corresponde y guiar a una sociedad islámica perfecta en la que prevalecerá la verdad y la justicia".
Los sunnitas, por su parte, no aceptan esta doctrina y no creen que los Imanes sean infalibles, exentos de pecado o una fuente absoluta de autoridad religiosa.
Otra de las diferencias tiene que ver con la interpretación en ciertas partes del Corán y esto es clave ya que es fuente junto con el Hadith de las leyes que rigen las sociedades islámicas. La llamada "Sharia", ley chiíta, es muy parecida al Islam sunnita.
La situación de los chiítas en Irak bajo el dominio de Saddam Hussein (de origen sunni), no ha contradecido su destino: Fue un pueblo sometido y perseguido a pesar de ser mayoría (un 60% de la población, de un total de 26 millones). Esa persecución no es nueva ya que también la sufrieron bajo el imperio turco otomano. Por ese mismo motivo es que el gobierno de George Walker Bush esperaba desde el principio de la invasión que se rebelen contra el entonces presidente.
Los británicos, esperanzados en que esto ocurra, se desilusionaron rápidamente al pasar por las ciudades de Kerbala y Najaf y advirtir que no se produciría ningún tipo de sublevación. Sobre todo teniendo en cuenta que desde 1991, después de la Guerra del Golfo, habían sido los mayores focos de revueltas. Pero no debe olvidarse que esa rebelión, aparentemente apoyada por George Bush padre no tuvo otra respuesta que la masacre por parte del gobierno de Irak y la indiferencia de la Casa Blanca.
La segunda desilusión vino cuando, derrocado Saddam, los chiítas tampoco se plegaron a los aliados que creían que la población no actuaba por miedo a las represalias de un régimen que todavía mostraba indicios de vida. Además, sus líderes condenaron la invasión a la que consideraron sacrílega, lo que no es un dato menor teniendo en cuenta que por lo desarrollado al principio de la nota, lo que digan ellos es tomado como una verdad revelada.
USA teme que los chiítas de Irak sean influenciados por Irán y se cree un Estado teocrático en vistas a las protestas en las calles que se han multiplicado desde el fin de la guerra.
De haber un llamado a elecciones en Irak, no puede desconocerse que el 60% de los electores son chiítas y el otro 40% está compuesto por sunnitas, kurdos, y otras etnias menores.
Pero entre los mismos chiítas existe una división entre los que son conciliadores y los combativos.
Prueba de esto fueron los sangrientos atentados de agosto de 2003 que sacudieron a las ciudades de Nayaf, Kerbala y Bagdad.
Una parte de su población se radicalizó liderados por el gran ayatola Moqtada Sadr quien llamó a sus seguidores a "aterrorizar a sus enemigos" por lo que se ganó el encono del administrador civil estadounidense en Irak Paul Bremer.
Los ulemas o sabios de la Escuela Teológica de Nayaf, la más importante del mundo chiíta, pidieron una futura Constitución Islámica basada en los principios del Corán.
Por su parte, el ayatola Mohamed Al Fartusi dijo que desea una República Islámica. Fartusi es un admirador del ayatolá Jomeini, líder de la revolución iraní.
Al poco tiempo él y otros cuatro religiosos fueron detenidos por las fuerzas estadounidenses en la ciudad de Dora, aumentando así la hostilidad del resto de la comunidad chiíta. Ante las múltiples manifestaciones que ganaron las calles de Bagdad, decidieron liberarlo.
La admiración de Fartusi hacia el ayatola Jomeini es clave, ya que en Irán en donde son mayoría lograron en 1979 instaurar una República islámica, habiendo derrocado al Sha de Persia. En 1501, el chiísmo había logrado ser la religión oficial de Irán pero no mantenía buena relaciones con los representantes sunnitas, árabes en un primer momento, los turcos otomanos posteriormente. Las dinastías de los Qajar y después de los Pahlavis mantuvieron la oficialidad del Islam chiíta como religión de Estado.
Patrick Basham, de Cato Institute se pregunta en uno de sus trabajos si Irak puede ser un país democrático y cuestiona la validez del esfuerzo de la Casa Blanca por conseguirlo.
Los países árabes no tienen tradición democrática y cree que además del clamor popular hacen falta otras condiciones tales como un gobierno representativo con normas políticas y valores propios de una sociedad plural. Como sucede en Latinoamérica, las raíces democráticas toman tiempo en fortalecerse y la cultura implantada desde el exterior en un mundo con sus particulares y milenarios códigos, dificilmente pueda ser implantada. La experiencia de Irán pone los pelos de punta a la Casa Blanca, y los chiítas parecen estar dispuestos a luchar hasta el fin contra la dominación del infiel, habiéndose librado del tirano de Bagdad.