Lo que vuelve notable esta estrategia, sin embargo, es la naturaleza de la política estadounidense hacia la región en el pasado. Por supuesto, USA, como todos los países, ha intentado ejercer una política exterior que concuerde con sus propios intereses. Pero el hecho es que, en general, esos intereses coincidían con los de los dirigentes árabes y sus pueblos. Por ejemplo, USA pudo haber tenido sus propias razones para salvar a Kuwait, en 1991, de ser anexionado por la dictadura secular iraquí (sobre todo para mantener bajos los precios del petróleo). Pero aun así la política estadounidense, en efecto, tenía propósitos favorables a Kuwait, a los musulmanes y a los árabes.
Después de todo, Washington pudo haberse valido de la guerra como pretexto para apoderarse de los yacimientos petrolíferos kuwaitíes o exigir precios más bajos o concesiones políticas a cambio de repeler a Irak. En cambio, los dirigentes estadounidenses no hicieron nada de eso y trataron de allegarse el mayor consenso posible para sus operaciones entre árabes y musulmanes.
Más aún, cuando USA ha intervenido en conflictos de la región, ha sido generalmente en enfrentamientos menores ya sea contra fuerzas árabes seculares o contra grupos fundamentalistas islámicos a los que incluso la mayoría de los musulmanes considera descarriados, si no es que heréticos. Y en tales conflictos, por lo regular USA respaldó facciones con fuerte compromiso por la reivindicación de la legitimidad árabe o islámica. Esta tendencia puede remontarse a la década de los '50, cuando Egipto, Siria y después Irak se convirtieron en dictaduras afines a Moscú y constituyeron una amenaza para Jordania, Líbano y Arabia Saudita. Incluso entonces USA, anhelando mostrar su simpatía por el nacionalismo árabe, procuró entablar buenas relaciones con el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, e impidió que el Reino Unido, Francia e Israel lo derrocaran durante la guerra de Suez, en 1956.
Washington mantuvo su política pro árabe durante la Guerra Fría, temeroso de que una confrontación con los regímenes árabes los alentara a aliarse con la ex Unión Soviética. Por este motivo, cortejó a Egipto, aceptó la hegemonía siria sobre Líbano e hizo poco por castigar a los estados que patrocinaban el terrorismo. USA también se convirtió en el protector de la política islámica en la región, ya que el Islam tradicionalista (entonces amenazado por el nacionalismo radical árabe) era considerado un baluarte contra un comunismo de reconocidos tintes seculares.
Aun así, durante la Guerra Fría llegó a ser común caracterizar la política estadounidense como antiárabe, pese a todas las pruebas en sentido contrario. Tal retórica se convirtió, para los regímenes radicales, en un modo de establecer su propia legitimidad y de estigmatizar a los opositores moderados como títeres de Occidente. Los regímenes árabes radicales (nacionalistas o fundamentalistas) también acusaron a los gobiernos moderados apoyados por USA de ser antidemocráticos o de no respetar los derechos humanos, aun cuando ellos mismos tuvieran historiales mucho peores en esas áreas.
En efecto, los conflictos internos del mundo árabe han planteado a los dirigentes estadounidenses dilemas imposibles de resolver. Cuando USA ayuda a gobiernos afines como Egipto o Arabia Saudita, se le acusa de sabotear movimientos revolucionarios contra ellos. No obstante, tan pronto como Washington comienza a presionar a los gobiernos árabes para que mejoren en términos de democracia o derechos humanos, inmediatamente es acusado de actuar como agente imperialista. (Tal fue el caso, por ejemplo, ocurrido este verano, cuando la Casa Blanca amenazó con bloquear toda ayuda a El Cairo después de que Egipto encarcelara a Saad Eddin Ibrahim, destacado defensor de los derechos humanos.) Si Washington se abstuviera de actuar y los regímenes aliados fueran derrocados, es muy improbable que los radicales triunfantes mostrasen alguna gratitud por la neutralidad estadounidense.
De todos modos, cuando durante las décadas de 1970, 1980 y 1990 estallaron conflictos en la región en los que se enfrentaron nacionalistas islámicos contra gobiernos más moderados, USA evitó tomar partido. Durante la revolución iraní de 1979, por ejemplo, pese a que estaba claro que Washington prefería la permanencia del sha, evitó que acometiera acciones drásticas para salvar su trono. Y una vez que la revolución hubo triunfado, el presidente Jimmy Carter trató de contemporizar con el nuevo gobierno islámico. (De hecho, fue el pacto entre USA y los moderados del nuevo régimen lo que provocó la toma de la embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979.)
Pese a que USA quería evitar que Irán propagara su radicalismo islámico en el mundo musulmán, intentó entablar las mejores relaciones posibles con Teherán, a fin de reducir al mínimo su cooperación con Moscú. Y aún cuando después las relaciones se volvieron poco amistosas, Washington nunca trató seriamente de derrocar al gobierno islámico; por el contrario, una y otra vez intentó distender sus relaciones con Teherán.
De hecho, la única ocasión en que USA intervino directamente en una disputa entre un gobierno y los revolucionarios islámicos fue en Afganistán, durante la ocupación soviética, y en ese caso Washington respaldó a los rebeldes.
Tras una breve inspección de la política estadounidense hacia Medio Oriente se ponen de manifiesto, además, los esfuerzos de Washington por ganarse el apoyo de los musulmanes en general y de los árabes en particular. Considérese lo siguiente:
En 1973 USA rescató a Egipto al término de la Guerra Árabe-Israelí al forzar a Israel a aceptar el cese del fuego. Luego, en la década de los '80, Washington se convirtió en el defensor de El Cairo al otorgarle partidas de armamento en gran escala y ayuda, sin pedir mucho a cambio.
USA también salvó a Yasser Arafat de Israel en Beirut, en 1982, cuando organizó la fuga del líder palestino y presionó a Túnez para que le diera asilo. El apoyo de Washington a Arafat y a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) pasó por alto tanto la historia del terrorismo y la aversión a USA de la OLP como su alineamiento con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Asimismo, en los años '90, pese al apoyo dado por los palestinos a Irak durante la Guerra del Golfo, USA fue el defensor de los palestinos en el proceso de paz con Israel, al impulsar la creación de un Estado Palestino con capital en la zona oriental de Jerusalén.
Durante años, USA también invirtió sangre y dinero en salvar a los musulmanes de los soviéticos en Afganistán; de Irak en Kuwait y Arabia Saudita, y de Yugoslavia en Bosnia y Kosovo. Ha apoyado al Pakistán musulmán contra India, y a la Turquía musulmana contra Grecia. Washington ha buscado congraciarse con Damasco, incluso aceptando tácitamente el control de Siria sobre Líbano. USA dio su respaldo al Irak árabe contra el Irán persa durante la guerra Irán-Irak, y también se abstuvo de derrocar a Saddam Hussein después de haberlo expulsado de Kuwait en 1991.
Durante décadas, USA mantuvo sus fuerzas fuera del Golfo Pérsico para evitar molestar a los árabes y musulmanes de esos territorios. Y de hecho entró únicamente cuando se le solicitó que protegiera a los petroleros árabes de Irán y salvara a Kuwait de Irak. En Somalia, donde no estaban en juego intereses estadounidenses vitales, USA se comprometió en labores humanitarias para ayudar a los musulmanes que padecían la anarquía y las acciones de los sanguinarios señores de la guerra.
USA mostró moderación cuando se nacionalizaron las compañías petroleras estadounidenses en Arabia Saudita, Libia y otros países, y cuando los precios del petróleo aumentaron abruptamente después de 1973; Washington no trató de derrocar a los regímenes delictivos ni de obligarlos a bajar la cotización. Tampoco sacó partido de la caída de la Unión Soviética para dominar el Levante ni para tomar represalias contra sus antiguos aliados de aquélla en la región.
Del mismo modo, no empleó su avasallador poder militar para dominar la región del Golfo Pérsico después de 1990 ni para obligar a ningún régimen local a cambiar sus políticas. Y cuando Al Qaeda voló dos embajadas estadounidenses en África oriental en 1998, con gran cantidad de víctimas mortales, Washington se limitó a responder con represalias muy acotadas. Finalmente, desde el 11 de septiembre, los dirigentes estadounidenses hicieron esfuerzos denodados para recordar al mundo (y al pueblo estadounidense) que el Islam y los árabes no son enemigos de USA.
El recuento completo, de hecho, es sorprendente: durante el último medio siglo, en 11 de 12 conflictos importantes entre musulmanes y no musulmanes, musulmanes y fuerzas seculares, o árabes y no árabes, USA se alineó siempre con los primeros.
La única excepción significativa a esta regla fue el apoyo a Israel. Sin embargo, ¿qué reconocimiento obtuvo Washington por su ayuda? Los árabes antiestadounidenses radicales distorsionaron la historia, pasando por alto todos los ejemplos positivos y concentrándose en el apoyo estadounidense a Israel. Ni siquiera los árabes moderados, beneficiarios directos de la ayuda estadounidense, mostraron gratitud por las medidas estadounidenses favorables, y ni siquiera las mencionaron.
# Un enemigo conveniente
¿Por qué los antecedentes verdaderos se desatienden tanto en Medio Oriente? Hay varias explicaciones. Primero, cualesquiera que sean las dificultades estadounidenses para comprender la región, la incapacidad de los pueblos de Medio Oriente para comprender a USA ha sido más grande. En toda la región, los dirigentes y movimientos siempre han esperado que Washington trate de conquistarlos y destruya a sus enemigos, ya que, después de todo, es lo que ellos mismos harían si pudieran tomar el control del país más poderoso del mundo.
Segundo, es importante recordar cuán fuerte es el control de la información en Medio Oriente. Apenas puede sorprender que las masas, excluidas del acceso a información correcta y alimentadas constantemente con representaciones maniqueas, desarrollen un sentimiento de hostilidad hacia USA. Quienes podrían ofrecer una versión más acertada de USA son desalentados de hacerlo por la amenaza de delación, la censura y el temor a ser señalados como agentes del imperio.
Tercero, las acciones demostrables de Washington son constantemente distorsionadas. Se culpa a USA, por ejemplo, del sufrimiento de los musulmanes a quienes protegió en Kosovo y Bosnia. Los esfuerzos humanitarios estadounidenses en Somalia se retratan como parte de una campaña imperialista antimusulmana, derrotada por la heroica resistencia local.
Cuarto, la verdadera naturaleza de las amenazas de las que USA protegió a los árabes se subestima. Piénsese, por ejemplo, en Saddam Hussein, que emprendió dos guerras, mató a cientos de miles de musulmanes y árabes, saqueó y arrasó Kuwait, amenazó a sus vecinos, torturó y reprimió a su propio pueblo, utilizó armas químicas contra adversarios y civiles, lanzó misiles contra centros poblacionales y trató de desarrollar armas nucleares para dominar la región. Pese a ese historial, los dirigentes de Medio Oriente no dejan de repetir a los árabes que USA es responsable de los problemas de Irak, y que es Washington el que busca dominar el Golfo Pérsico.
Por último, hay un intento de reducir toda la política estadounidense a un único punto: el apoyo de USA a Israel. La política y verdadera naturaleza de Israel también se han distorsionado como parte de esta representación de las cosas. Este último elemento resulta fundamental para la importancia del primero en la retórica antiestadounidense, dado que si se cree que Israel es una fuerza maligna que busca dominar en Medio Oriente, matar árabes y destruir el Islam, debe concluirse que la ayuda estadounidense a Israel es el mal supremo.
La verdad, sin embargo, es que USA se ha limitado a ayudar a Israel a sobrevivir a los intentos de sus vecinos árabes de borrarlo del mapa. Las relaciones entre USA e Israel fueron, de hecho, bastante ambivalentes durante la mayor parte de los primeros 25 años de existencia de ese estado, dada la negativa estadounidense de proporcionarle armas u otro tipo de ayuda.
El vínculo sólo se intensificó ante las acciones hostiles de los estados árabes, que se alinearon con la Unión Soviética y patrocinaron el terrorismo antiestadounidense. Y pese a tal hostilidad, la meta de USA siempre ha sido un acuerdo pacífico mutuamente aceptable entre árabes e israelíes que asegure sus buenas relaciones con ambos bandos.
Con todo, las fuerzas radicales del mundo árabe siempre rechazaron toda solución pacífica, porque se niegan a aceptar la supervivencia de Israel o una mayor estabilidad de la región. Tales condiciones, después de todo, socavarían las posibilidades de que los radicales se adueñaran del poder.
Como indica el punto anterior, los radicales de Medio Oriente se han opuesto a Washington no porque USA no se haya esforzado lo suficiente por llegar a una solución justa para el conflicto árabe-israelí, sino por la razón opuesta: los radicales quieren asegurarse de que Washington fracase en ese intento. Es por ello que las acciones terroristas se han incrementado cada vez que parecía que los esfuerzos diplomáticos por la paz podrían prevalecer.
De ahí que la retirada israelí de Líbano, solicitada con insistencia por USA, haya sido recibida en la región no como un paso hacia el cese de la ocupación o la consecución de la paz, sin como signo de debilidad y de que los enemigos de Israel debían incrementar las acciones violentas en su contra. Los atentados del 11 de septiembre, por su parte, se planearon en un momento en que el éxito del proceso de paz parecía inminente. No es por casualidad que la aversión de Medio Oriente a USA llegó a su punto culminante justamente cuando Washington proponía apoyar la creación de un estado palestino independiente con capital en Jerusalén oriental.
# El enemigo que te encanta odiar
La razón fundamental del predominio de la actitud antiestadounidense entre los árabes es, pues, lo útil que ha resultado para los fines de gobiernos radicales, los movimientos revolucionarios e incluso de regímenes moderados allegarse el apoyo interno e intentar objetivos regionales sin costos significativos.
En efecto, como estrategia, la confrontación con USA parece convenir a todos los actores.
Para los islamistas radicales, ha sido un modo de conseguir el favor popular, a pesar del hecho de que todos los intentos de instalar revoluciones teocráticas (con la excepción de Irán) hayan sido rechazados por las masas y, por lo tanto, fracasado.
Los nacionalistas islámicos, en cambio, se han vuelto promotores de la xenofobia, transformando sus luchas intestinas entre musulmanes en una única lucha entre los musulmanes como bloque, por un lado, y los infieles que supuestamente odian al Islam y buscan la destrucción de los musulmanes por el otro.
Como ya se mencionó, la oposición a USA es igualmente útil a los regímenes opresores árabes, pues les permite desviar la atención de sus propias y numerosas faltas. En vez de atender a las exigencias de democracia, derechos humanos, mejores niveles de vida, menos corrupción e incompetencia o la búsqueda de nuevos dirigentes, los gobernantes responsabilizan a USA de los infortunios de su sociedad y reorientan la ira popular en su contra. Los regímenes pueden llamar a la unidad nacional y silenciar a los reformistas frente a la supuesta "amenaza" estadounidense. Y al jugar la carta contra Estados Unidos, los gobernantes árabes se aseguran de que sus opositores no la usen contra ellos.
De ahí que Egipto y Arabia Saudita, aun habiendo obtenido armas y protección estadounidense durante años, hayan promovido la actitud hostil hacia USA valiéndose de políticas de gobierno y de los medios de comunicación estatales.
Irak ha usado esa hostilidad como arma en su lucha por reincorporarse al mundo árabe, evitar las sanciones y reconstruir su poderío militar. Si puede culparse a USA de la muerte de iraquíes a causa de las sanciones que impone, ¿quién recordará el intento de anexión de Kuwait por parte de Irak?
Irán, por su parte, usa el discurso antiestadounidense para presionar por la retirada de las fuerzas de USA del Golfo Pérsico y para distraer la atención de su propia y mayor desventaja como parte del mundo árabe: el hecho de que es un régimen chiíta (no sunnita) y étnicamente persa (no árabe). Para los iraníes de línea dura la aversión a USA es también un modo conveniente de deslegitimar a los reformistas internos (encuadrándolos como agentes del imperialismo estadounidense).
Y Siria, por su parte, ha usado el discurso contra USA para distraer a su población de las reformas que el presidente Bashar al-Assad había prometido, sólo para abandonarlas de inmediato.
(continuará)
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(*) Barry Rubin es director de Investigaciones Globales en el International Affairs Center y editor de Middle East Review of International Affairs. Sus libros más recientes son The Tragedy of the Middle East y Anti-American Terrorism and the Middle East.
Publicado por Foreign Affairs, Washington DC, USA.