Tal como ocurrió con la educación pública, con el registro de las personas y con el matrimonio civil, muchas veces se ha confundido lo civil con lo religioso, imponiendo al conjunto las reglas de una parcialidad.
En todos los casos la secularización de estas actividades implicó una ampliación de derechos y una profundización del pluralismo y la democracia.
Una verdadera separación de Estado y religión, bajo cualquiera de sus expresiones, requiere actos simbólicos que modifiquen la percepción de quienes exigen un Estado más presente en diferentes ámbitos de la vida, en la educación, la salud o el acceso a la justicia, entre otros.
Sólo un Estado laico, podrá estar verdaderamente presente para el conjunto de la sociedad que lo conforma.
Por tal motivo, debemos cuidar de no universalizar ciertos símbolos que pueden excluir a minorías o negar la diversidad que nos caracteriza.
No podemos, en este momento de la sociedad argentina, seguir creyendo que la exhibición de símbolos sea inocua. Así como tampoco podemos negar que, una vez más, 100 años después, se ha revitalizado la necesidad de mantener una discusión seria sobre el rol de la religión en un Estado democrático como el que intentamos construir.
Con esta propuesta, deseamos abrir este debate, con fe en el poder transformador de lo simbólico.