La escucha activa
Como sabemos una conversación es una acción de retroalimentación. Es decir, damos y recibimos. Para que esto se cumpla, hay un factor directamente dependiente: la capacidad de escuchar.
Saber escuchar a otro no es aumentar la cantidad de sonidos que es capaz de percibir el oído. La buena escucha es activa y participativa.
La escucha activa impide que el diálogo se convierta en un monólogo. Cuando solo uno de los dos es quien habla, no hay conversación. Por supuesto, siempre hay una cierta asimetría. Alguien habla más y alguien escucha más. Es estos temas es difícil que exista una equivalencia o al menos un equilibrio absoluto, pero entre más nos acerquemos a él, mejor será el diálogo.
Rescatar las pausas terminales
El silencio también forma parte de una conversación, en esos momentos, antes de que te incomode, rescata el diálogo de ese vacío. Siempre y cuando se desee aún continuar con la conversación.
La mejor forma de hacerlo, es introduciendo frases de transición. ¿Cómo funcionan? Sencillo, son afirmaciones que permiten enganchar nuevamente el diálogo, llevándolo hacia un tema anterior, o hacia algún tema nuevo.
Algunas de ellas son: “A propósito de lo que decías antes…”, “Cambiando el tema, me gustaría saber qué piensas de…”, “No te había comentado que…”.
Son frases que te ayudan a encadenar y contribuyen a mantener una buena conversación.
Liberar información
Esto tiene que ver con responder a las preguntas de nuestro interlocutor con contenido de calidad.
No podemos limitarnos a los monosílabos, ya que frustaremos la voluntad del otro por nutrir y mantener un buen diálogo.
Para esto debemos nutrir la conversación y esto se hace con preguntas y sus efectivas respuestas. También es una muestra de apertura y de deseo de dar a conocer lo que pensamos, sentimos o creemos. Esto facilita la interacción.
No es que debamos dar una extensa respuesta, pero sí aportar datos adicionales a los que nos solicitan.
La claves de la autorrevelación
Los seres humanos somos más propensos a dar nuestra confianza a las personas que también nos la dan, igual que solemos mostrarnos más abiertos con aquellos que adoptan la misma actitud.
Si lo que se busca es avanzar hacia un plano más personal, lo aconsejable es que seas quien comience compartiendo contenido de este nivel.
Es decir, revelar al otro aspectos que tengan que ver con la esfera de la privacidad.
Así, si hablamos espontáneamente de esos aspectos personales, la otra persona es probable que también se sienta motivada a hacerlo. Todo esto lleva a que se logre pasar de una conversación educada y formal hacia una de carácter más personal.
El principal motor: las preguntas
El motor que impulsa todas las técnicas anteriores se basa en la generación de preguntas, estas no permiten explorar y conocer mejor al otro.
Sin embargo, hay que ir poco a poco en esto. Es importante tener suficiente criterio como para elegir las preguntas que se le van a hacer al otro. El objetivo no es que se sienta interrogado o invadido.
Si no conoces bien a una persona, lo mejor es hacer preguntas que vayan de lo más superficial hasta las partes que pueden ser más comprometidas.
De esta manera, darás tiempo para que la confianza vaya aumentando de manera natural y no generarás momentos de incomodidad.