Si el indicador del trabajo en blanco dio positivo fue, además de por la invasión en el paisaje nacional de cascos amarillos de la construcción, porque se anotaron el año pasado 98.300 monotributistas, +6,6% que en 2016, que representaron el 49% del nuevo empleo privado registrado durante el año, sobre un total de 192.200 entre asalariados registrados, cuentapropistas y personal de casas particulares (este último contribuyó con 21.100).
El empleo público, en ese lapso, generó 38.500 nuevos ingresos, a contramano de las promesas de reducción de las plantas, sin que sirviera para mejorar la eficiencia ni tampoco bajar el gasto, porque al mismo tiempo las contrataciones se concretaron a un nivel salarial superior al de las desvinculaciones.
La ausencia de la inversión extranjera directa de peso se hizo sentir en la estructura productiva. El gobierno se encargó de disimularla destinándole deuda e inflación a la obra pública, con una parte mínima del blanqueo de capitales orientada a la actividad inmobiliaria privada.
Esta política se reflejó claramente en sectores como la construcción, que tuvo una mejora del 12,7% en el año (con un arranque del 19% en enero de 2018) incluido el movimiento que le dieron a los desarrollos de particulares los créditos hipotecarios, ajustables por Unidad de Valor Adquisitivo (UVA).
Precisamente, dos rubros que destacan las estadísticas de la cartera laboral como más dinámicos en la creación de empleo fue el de actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler, que aportó el 17% del total de nuevos trabajadores registrados y creció un 2,1% en la comparación interanual.
En tal sentido, durante 2017, la cantidad de escrituras celebradas fue creciendo mes a mes, y pasó de las algo más de 3.400 en enero, hasta el récord de 7.800 en diciembre, por lo que, comparado con el mes anterior, enero de este año registró una caída en la cantidad de escrituras del 43% en cantidad y del 36% en pesos.
El multiplicador de la construcción
Asimismo, la inversión pública tuvo incidencia en otros rubros del PBI, como el acero crudo (18,0%); minerales no metálicos, con aumentos en cemento (17,4%) y otros materiales de la construcción (15,7%).
Contribuyeron a la mejoría del indicador metalmecánica (4,9%) y sustancias y productos químicos (3,7%), un rubro en el que sobresalen fibras sintéticas (111,4%), y plásticos y caucho sintético (53,4%).
Otro buen desempeño correspondió a la producción agropecuaria, que trasladó sus efectos a maquinaria agrícola, fertilizantes y agroquímicos. Aunque paradójicamente, alimentos y bebidas fueron en conjunto 0,7% atrás, aunque con buen desempeño en carnes rojas (9,1%) y lácteos (10,9%).
En cambio, actividades y servicios sociales (3,7% interanual), intermediación financiera (2,3%), comercio mayorista y minorista, y hoteles y restaurantes exhibieron una buena performance. A este marco se agrega que comercio y reparaciones explicaron el 12% de las nuevas contrataciones, con un aumento de 12.300 trabajadores (o un 1,1% interanual).
El gran chasco macrista de sus dos primeros años fue la extracción en minas y canteras, en el que habían cifrado grandes esperanzas, pero que recién en el último trimestre de 2017 empezó a revertir la caída.
Principalmente, el sector petrolero, que bajó 6,1% el año pasado, dejó el tendal de despidos: ya acumula alrededor de 8000 trabajadores menos en el medio término de presidencia de Macri.
La industria manufacturera transcurrió el año mirando más hacia el proceso de recuperación del Brasil que a los propios estímulos domésticos. La industria automotriz, terminales y autopartistas, afrontaron la paradoja de que se vendiera al nivel de los mejores años de la década, pero que, de ese movimiento, 7 de cada 10 productos, fueran piezas o vehículos terminados, se originen en Brasil.
De modo que el panorama de la industria manufacturera se presenta muy heterogéneo. Aportó en el año el 82% de la destrucción de empleo: 17.600 trabajadores menos que en 2016, versus 42.600 nuevos trabajadores registrados en la construcción.
Desde que asumió el gobierno de Macri, la cantidad de despidos fabriles ronda los 66.100, número en el que se mezclan los caídos por la menor actividad tanto de la exportación como del consumo interno y la disrupción tecnológica en industrias mano de obra intensivas como la metalmecánica, donde la automatización de procesos destruye empleos.
Un dato estructural que aporta a El Cronista Comercial el director del CEPED/UBA e Investigador del CONICET, Javier Lindenboim, es que a lo largo de los primeros 7 años de registro (2009 a 2015 inclusive) se creó un importante volumen de empleo, claro que concentrado casi en un 80% en 2010 y 2011, ya que en 2009 y 2012 hubo pérdida y en 2014 la variación fue casi nula.
El promedio de 11 meses de ese lapso arroja unos 80 mil empleos, de los cuales casi la mitad fueron de comercio y transporte aportando un quinto los servicios de enseñanza y salud y menos del 20% la industria sumada a la construcción.
Los 11 meses disponibles de 2017 muestran cifras similares y quizás más atractivas, ya que el peso del empleo creado en la industria y la construcción fue más importante y, en general, las diversas ramas crecieron algo más armónicamente.
Concluye en que si la dinámica económica de modesto crecimiento continuara en 2018, podría preverse una absorción de empleo similar a la del año último, aunque no es claro que ello se verifique de ese modo, habida cuenta de los nubarrones que se observan en el horizonte que han determinado que las proyecciones conocidas vayan siendo modificadas a la baja.