Algunos de sus nombres aún son célebres a nivel mundial. Conozcamos pues a las figuras más relevantes de la revolución chocolatera y los inventos que los hicieron famosos.
En 1819, con el nacimiento de la reina Victoria, se abren las puertas de la primera fábrica automatizada de chocolate del mundo. Francois-Louis Cailler convierte un viejo molino ubicado cerca de Vevey, con vistas al Lago Léman, en una fábrica, que hoy conocemos como Nestlé, la marca más antigua de chocolates suizos.
Antes de ello, Cailler había pasado cuatro años en Turín como aprendiz de un chocolatero y al regresar a Suiza inventó una técnica para confeccionar chocolate sólido (molestos, los italianos lo acusaron de haberles robado la idea). El proceso de automatización iniciado por Cailler permitió además que los chocolates se volvieran asequibles a las masas, inventando lo que hoy es el chocolate de barra.
En 1863, se registró otro evento histórico. Fanny, hija de Cailler, se casó con un fabricante local de velas. Sin embargo, ante el floreciente éxito que registraban las lámparas de aceite, Daniel Peter tuvo que cambiar de actividad. En 1867, después de haber aprendido el oficio de su suegro, Peter fundó su propia compañía chocolatera en Vevey. Pero el negocio era precario en sus inicios, así que Daniel Peter se dio a la tarea de desmarcarse de sus competidores.
Su amigo y vecino, Henri, un inmigrante alemán, había desarrollado un producto lácteo en polvo y Peter tuvo la brillante idea de mezclarlo con su chocolate. Inicialmente no funcionó como quería, el producto resultante se enmohecía, pero no cejó. Pidió a Henri que le abasteciera de leche condensada.
El problema del moho se resolvió en 1875 ¡y nació la leche con chocolate! El producto fue un éxito inmediato y rotundo en Europa.
Henri, no era otro que Henri Nestlé -o Heinrich Nestle, como se llamaba en su oriunda Fráncfort-, quien se mudó a Vevey en 1839. Aunque jamás fabricó chocolate sus brillantes sentido empresarial y comercial permitieron fortalecer las innovaciones suizas en la fabricación de chocolates. Su compañía se fusionó con la de Peter, la de Cailler y la de Charles-Amédée Kholer, en 1929, convirtiendo a Nestlé en la firma alimentaria más grande del mundo.
De regreso a 1819, el joven Philippe Suchard trabajaba entonces en Berna, la confitería de su hermano. Pero 7 años más tarde decidió establecer su propia fábrica de chocolates en Serrières, en el cantón de Neuchâtel. En aquella época el chocolate solía ser granuloso y arenoso, y Suchard, amante irredento del chocolate, quería volverlo cada vez más apetecible, así que trabajó con ahínco hasta lograr una mezcladora capaz de moler el azúcar y el cacao en polvo hasta conseguir una pasta suave y untuosa.
Para 1883, Suchard producía prácticamente la mitad del chocolate confeccionado en Suiza. También, está dentro de sus creaciones el chocolate Milka en 1901.
Por su parte, Rudolf Lindt es el hombre al que le debemos el placer de que el chocolate se derrita una vez esté sobre nuestra lengua, de no ser por él aun tendríamos que masticarlos.
En 1879 Lindt regresó a Berna, luego de haber aprendido los trucos del oficio de los Kohler, para abrir su propia fábrica de chocolate, donde desarrolló la hoy famosa máquina de conchado, que según sus propias palabras “permitía un largo y enérgico proceso de mezcla, agitación y aeración del chocolate líquido caliente hasta eliminar toda acidez y amargor indeseables”.
Uno de los primeros clientes de Lindt en Berna fue Jean Tobler, originario de Appenzell Rodas Exteriores, quien en 1867 abrió una tienda de chocolates que comercializaba productos de distintos productores. En 1899, Tobler decidió abrir su propia fábrica, y comenzó a ofrecer unos de los mejores chocolates de la época. Nueve años más tarde, su hijo Theodor y su primo, Emil Baumann, lanzaron al mercado un producto que inscribió su apellido en la historia, Toblerone.
Todos los pioneros antes citados, por azar o gracias a su perseverancia, materializaron inventos que forjaron e hicieron prosperar a la industria chocolatera suiza durante los siglos XIX y XX, regalándonos hoy una innumerable variedad de delicias achocolatadas.