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La Era Inteligente, entre dramáticos cambios en el mundo

"La humanidad enfrenta hoy un aumento exponencial de la complejidad a escala planetaria. El desarrollo del capital financiero (dinero que produce dinero) desembocó en la crisis más importante de la historia del sistema capitalista. Producimos más productos de los que podemos consumir, explotando más recursos naturales de los que el planeta puede reponer. El diagnóstico es que la crisis actual amenaza con arrastrar simultáneamente al mercado, a los Estados y al planeta mismo. Nuestro sistema debe evolucionar para enfrentar esta complejidad y gestionarla con éxito": lo afirma un ingeniero que, además, tienen una sólida experiencia en el mercado de capitales. "Homo Hacker", el nuevo libro de Ernesto van Peborgh sostiene que la humanidad comienza a reconstituirse, generando nuevos sistemas de organización y desarrollando nuevos lenguajes. Es el tiempo del homo hacker, que utiliza el emergente cognitivo como un nuevo capital para enfrentar nuevos desafíos.
El futuro llegó tan rápido que no lo vimos pasar. 
 
Estamos inmersos en la era de la complejidad. El 40% del mercado estadounidense de acciones es manejado por algoritmos, no por personas. Agentes de software autónomos, fuera del control humano, son los que definen las transacciones económicas.
 

 
En un breve lapso, el 80% de los bancos más grandes del mundo habrá puesto en marcha proyectos basados en blockchain, una base de datos distribuida formada por cadenas de bloques diseñadas para evitar su modificación, que logran un consenso de datos digitales replicados, compartidos y sincronizados, distribuidos geográficamente a través de múltiples sitios, países y / o instituciones. Su implementación quizás haga que los bancos, tal como los conocemos hoy, desaparezcan.
 
En los próximos tres años, habrá más de 35.000 millones de artefactos conformando el “Internet de las cosas”. Tendrán la inteligencia necesaria para hacer autodiagnósticos y gestionar la reparación, recarga y mantenimiento proactivo de motores de vehículos, máquinas expendedoras, aspiradoras, impresoras, cámaras de seguridad, parquímetros e incluso dispensadores de jabón.
 
Hemos entrado en una nueva era en la cual ya somos capaces de programar la información genética de plantas y animales como si se tratara de un software, para mejorar su rendimiento o resistencia a climas adversos y plagas. Pronto ya no estaremos solamente secuenciando el genoma humano sino programándolo.
 
Y este es solo un anticipo de lo que vendrá.
 
¿Cómo administraremos un mundo que cambia mil veces más rápido que en el siglo pasado?
 
Nos acercamos rápidamente a un punto de inflexión llamado “singularidad”, que se estima llegará entre 2036 y 2045. De acuerdo con esta hipótesis, la inteligencia artificial (IA) pronto desencadenará un crecimiento tecnológico desenfrenado, una “explosión de inteligencia” , que hará posible que las máquinas diseñen a las siguientes generaciones de máquinas, cada vez más potentes e inteligentes, superando la capacidad intelectual humana.
 
Mucha de esta tecnología ya está entre nosotros: el software de los vehículos autoconducidos, por ejemplo, funciona como una red neuronal de auto-enseñanza, que toma datos de los conductores y aprende lo que suelen hacer en diversas situaciones, para luego tratar de imitar y perfeccionar ese comportamiento. 
 

 
Otro ejemplo: este texto que están leyendo proviene de un reconocimiento de voz; no necesité oprimir teclas para escribirlo: un algoritmo captó mi voz y la transformó en texto. Cada vez que el algoritmo se equivoca en la transcripción y yo corrijo el texto, aprende de esa corrección para no volver a cometer el mismo error. Se prevé que en 2018, el 20 % de todo el contenido empresarial será escrito por máquinas. 
 
Eventualmente, la inteligencia artificial cooptará el espectro tecnológico y científico humano. Nos fusionaremos con las tecnologías y el ritmo del progreso se intensificará también exponencialmente.
 
Algunos científicos, como Stephen Hawking y Stuart Russell, creen que si la IA logra desarrollar la capacidad de diseñarse, esa "explosión de inteligencia" imparable podría llevar a la extinción humana. Por su parte, el visionario de negocios Elon Musk afirma que la IA es la mayor amenaza existencial de la humanidad, y que en su era, “los seres humanos debemos fusionarnos con las máquinas o seremos irrelevantes”. Por eso creó OpenAI, una organización que tiene como fin promover y desarrollar una IA que beneficie a la humanidad en su conjunto. La compañía ya cuenta con un financiamiento de más de 1.000 millones de dólares. 
 
El tiempo apremia: 2045 es mañana.
 
¿Cuáles son los valores que debemos sembrar en esta IA aún incipiente para que asegure nuestra supervivencia y nos ayude a enfrentar problemas impostergables? Me refiero a los que se presentan en nuestro planeta Tierra, la pequeña burbuja azul que nos navega a través del universo y en este milagro que es la vida. ¿Qué podemos hacer para convertir a la IA en una restauradora de la Tierra, de energía limpia y polución cero? Veamos algunos casos.
 

 
Un estudio de la Dalhousie University, de Halifax, Nueva Escocia, estima que en 2048 la vida en los océanos se habrá extinguido debido a la sobrepesca, la contaminación, la pérdida de hábitats y el cambio climático. “Esto no se prevé que suceda: está sucediendo ahora” –dice el autor del estudio–. Y agrega: “si la biodiversidad sigue disminuyendo, el medio marino no será capaz de mantener nuestra forma de vida; de hecho, puede que no sea capaz de sostener nuestra vida en absoluto. Actualmente, el 29% de las especies de mariscos comestibles ha disminuido en un 90%, una merma que significa el colapso de estas pesquerías”.
 
En paralelo, un estudio del World Wildlife Fund sugiere que para 2050 las temperaturas del Amazonas se incrementarán entre 2 y 3 grados centígrados y las lluvias van a disminuir dramáticamente. Esto implica que del 30% al 60% del Amazonas se convertirá en una sabana como la de África. 
 
Estas mutaciones que describo son profundas y están ocurriendo de manera exponencial y disruptiva. Como consecuencia de ello, debemos preguntarnos si estamos construyendo un marco sustentable para nuestro futuro que nos permita trascender el muro de complejidad al que nos aproximamos. 
 
El escenario, aunque adverso y complejo, es optimista, porque está surgiendo un nuevo sistema humano que detecta esa complejidad y evoluciona. 
 
Bajo su luz ya está emergiendo una nueva generación de jóvenes hiperconectados, que avanzan empoderados por la tecnología digital y tienen acceso al conocimiento ilimitado que provee internet. Son proactivos y reaccionan frente a esta realidad en la que están inmersos, buscando caminos innovadores para modificarla.
 
Nadie mejor para representar a estas nuevas generaciones que Jack Andraka, Boyan Slat y George Hotz.
 
Jack tenía 16 años cuando su tío murió víctima de un cáncer pancreático. Luego de investigar online, descubrió que la principal razón para la irreversibilidad de esa enfermedad era la falta de detección temprana. Ese tipo de cáncer se diagnosticaba cuando solo quedaba un 2% de posibilidades de supervivencia. Jack completó una investigación para la revista Science sobre nanotubos y bioquímica cancerígena buscando información en Google y en revistas científicas online y gratuitas, y gracias a eso pudo crear un biomarcador que permite detectar la enfermedad en su etapa temprana, tiene una precisión mayor al 90%, es ciento sesenta y ocho veces más rápido, veintiséis mil veces menos costoso y más de cuatrocientas veces más sensible que los métodos tradicionales utilizados hasta ese momento. 
 
A los 19 años, Boyan creó un mecanismo para  limpiar la basura plástica flotante en la llamada Gran Mancha del Pacífico, estimada en 7 millones de toneladas de peso y cuya área es dos veces el tamaño de Texas
 

 
George, el joven conocido por ser la primera persona en desbloquear el iPhone, prometió recientemente un kit para que podamos crear nuestro propio vehículo autoconducido por menos de mil dólares. Ya lo implementó en su Acura ILX, que utiliza algoritmos de deep learning, programas capaces de generar comportamientos a partir de la información que recibe el vehículo. 
 
Entre estos jóvenes hay un denominador común: conciencia y propósito. Una conciencia intencional, que quizás sea menos orgánica y más tecnológica, pero que les permite una percepción más elevada de sus actos, de su responsabilidad y de la oportunidad que tienen por delante.
 
Son tiempos de cambio. 
 
Todo indica que la IA puede proveernos una oportunidad para la sustentabilidad, la posibilidad de erradicar pobreza y enfermedades, y la tecnología necesaria para restaurar el planeta. Nuestro mayor desafío radica en lograr que nuestra conciencia evolucione para atender las urgencias que nos plantea esta era y los riesgos que impone la compleja situación que atravesamos, desde un lugar que trascienda la cibernética y nos aliente a ser más humanos.
 

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