El “educólogo” Alieto Guadagni se pasó predicando al respecto desde el centro de investigaciones que dirige en la Universidad de Belgrano el siguiente mensaje: las matemáticas no requieren capacidades especiales sino dedicarles un par de horas al día para comprenderlas, condición sine die que marcha a contramano de la tendencia cultural que se vino cultivando desde los gobiernos y las propias familias a no esforzarse y creer que el futuro está en los recursos naturales. O sea que si un país, como el argentino o también alguno del continente africano, posee agua y tierras su porvenir estaría asegurado.
Las ediciones en papel tienen coincidencias dentro del mismo espacio pasibles de ser relacionadas y ahí reside el arte de los alquimistas de las portadas. La última fue aprovechada por la “intelligenza” periodística de Clarín, al vincular visualmente la descalificación del país del ránking PISA con el achique del presupuesto para investigación del Conicet a menos de la mitad de los cupos que dispuso el gobierno.
Regresó el recuerdo de la desafortunada alusión que hiciera un entonces superministro de los '90 como Domingo Cavallo y que el kirchnerismo exhumara para la “campaña del miedo” el año pasado: que los científicos se fueran a lavar los platos.
Una simplificación de términos entre el vaciamiento formativo de las futuras generaciones y la jibarización del espacio para desarrollar las ciencias nos pondría frente a una imagen tétrica del mañana: Argentina estaría hoy condena a quedarse afuera de mundo para los neomillennials que vienen marchando.
Uno de los aciertos del kirchnerismo que hasta el propio Presidente Mauricio Macri pareció reconocer al iniciar su gestión fue la política de reivindicación de los científicos, que contenía una clave que molestaba a los académicos de la vieja guardia: que las universidades se convirtieran en abastecedoras de recursos humanos calificados para las empresas, a cuyos efectos creó un ministerio que conjugó bajo un mismo techo a la ciencia, la tecnología y la innovación productiva. Esta reorientación realineó las políticas relacionadas con la investigación y por supuesto, le cambió el chip al CONICET. Los científicos deberían concentrarse en aportar sus talentos a la productividad antes que a escribir papers con teorías para figurar en las prestigiosas publicaciones internacionales con el solo propósito de cimentar su prestigio individual.
La comunidad científica no reconoce fronteras
La repatriación de más de 1.000 científicos que encaró el kirchnerismo conectó al país con los laboratorios de punta en el mundo. Proyectos que se desarrollaban en Alemania, por ejemplo, los trajo una pareja formada por una científica argentina que volvió casada con un colega teutón de “avanzada” en el concierto europeo.
En un insólito semillero de premios Nóbeles en ciencia, como el nuestro, se fomentaron actividades que sacaron de las probetas de casas de estudios del interior, como la Universidad del Litoral, un gen para combatir la sequía en los cultivos de la soja, que actualmente se encuentra en la faz de comercialización en el mundo por parte de una empresa nacional que se especializa en genética como la rosarina Bioceres. También de laboratorios medicinales surgieron innovaciones que se exportan codo a codo con grandes potencias que destinan millonadas a los cerebros que piensan qué cosas nuevas aportarle a una rueda de la ciencia y la tecnología que no para de girar. La I+D es una sigla que representa la vanguardia de la evolución y se cimenta en una inversión que realizan los Estados para cultivar la materia prima gris, que a diferencia de los commodities que cotizan por volúmenes horizontaliza el poder del conocimiento mediante la constitución de un capital humano del que ahora dependen las multinacionales rebosantes en billetes e instrumentos financieros de dudosa calaña. Hoy las startups proveen de las ideas que alimentan a las elefantiásicas burocracias que ponen el pie en cada lugar del planeta.
Es una señal confusa que se haya tocado en un contexto de alto déficit fiscal, como el de hoy, el presupuesto dedicado a los cerebros y al futuro, justo además con la sanción internacional que acabamos de recibir como país por “truchar” parámetros que permiten medir el grado de evolución de la política educativa.
En los discursos de Cristina Fernández de Kirchner no faltaba la alusión al presupuesto del 6% del PIB asignado a la educación como sello del espacio que su gobierno le daba a la formación de las futuras generaciones. Y le agregaba el toque de “inclusión” que, en el marco de una desigualdad social como la que caracteriza a América Latina, sonaba como asociar la calidad educativa a la justicia en cuanto al acceso a las oportunidades.
Las pruebas PISA tuvieron la virtud de contextualizar internacionalmente la apelación política doméstica con el rendimiento en la práctica del pregonado derecho extendido y desnudaron un vacío de contenido que nada tenía que ver con la inclusividad propalada.
Las estadísticas internas mostraron otra faceta que de inclusiva no tiene nada, de la que poco se habla: la privatización que de hecho fue tomando forma en la escuela pública inicial y media, más por la búsqueda de cumplimiento de los días de clase que en aras de una excelencia educativa. El proceso se dio en plena gestión kirchnerista y alguno de los “relatores del modelo” lo atribuyeron a un ascenso de las capas sociales durante la década ganada. Peor aún es la conclusión que surge de la paupérrima graduación universitaria: la mayor parte de los egresados provienen de secundarias privadas.
No se entiende la “nueva política” de Macri Presidente, ahora empeñada en forma excluyente en acallar a los indigentes repartiéndoles recursos a troche y moche en los planes sociales y prebendas a los dirigentes de las organizaciones que los representan en la calle. La devaluación y la desgravación de la producción agrícola y minera consolidaron un festival de remarcaciones de precios que los sumieron aún más en la pobreza, lo cual ahora pretende ser compensado como si fuese para aplacar un sentimiento de culpa y, porque no decirlo, un riesgo de estabilidad institucional.
En los hechos desplazó la frazada corta desde la representación del futuro que entraña la investigación científica, asociada arbitrariamente a una “vieja política” de proteger a una “elite de chicos caprichosos” que se dedican a jugar entre cuatro paredes de un laboratorio para después irse con una beca al exterior.
A los Ceos del gabinete tal vez el desierto no les deje ver el bosque, pero politólogos como quien los coordina, Marcos Peña, tendrían que estar preparados teóricamente para ver más allá de la coyuntura.
Página/12 ilustra con una foto trucada de Alberto Einstein lavando platos la noticia de reducción del 60% en los llamados a concurso de CONICET para incorporar a nuevos investigadores: de 943 a 385 en un año. Omite el papelón con las PISA que desnuda las falencias de la educación media, cuando serían las dos partes del medallón partido de un país en el que, en la práctica y pese a las retóricas, la nueva y la vieja política eligieron lo mismo: sacrificar el futuro en la pira de la inflación presente.
Paradójicamente, en el edificio de Balcarce 50 habrá hoy, martes 6/12, un simulacro de incendio que se presta a múltiples ironías: ¿qué harán los rescatistas con los empleados públicos evacuados?; ¿los depositarán en la plaza de Mayo, que suele estar ocupada por las organizaciones sociales que piden la libertad de Milagro Sala o reclaman por más fondos para paliar su vulnerabilidad?
Las sirenas también sonaron pero como trompetas de retirada a los oídos de educadores e investigadores en el palacio Pizzurno, del barrio norte porteño, y en el polo científico tecnológico, en los terrenos de la ex bodega Giol de Palermo, donde ahora funciona el CONICET.
Y una tercera campanada desparramó su onda expansiva desde La Plata y las ediciones de la prensa escrita recogieron en sus titulares: la gobernadora María Eugenia Vidal pactó una suba del 18% con los estatales para 2017, alineándola un punto arriba de la pauta oficial de inflación. Pero con la inclusión de una cláusula gatillo que funcionará si la hipótesis se le va de las manos al gobierno. Y la incorporación a planta permanente de una buena cantidad de estatales.
No sólo este arreglo testigo está dirigido a que tomen nota los estatales de otras jurisdicciones, incluida la nacional, sino que es un approach a la paritaria docente que todos los veranos pone en riesgo el comienzo de las clases. El gremio de los maestros tradicionalmente se ha sentido más allá de la concertación general de políticas y podría decirse que hasta contó con la aquiescencia solidaria de los padres de los alumnos que se resignaron a quedarse en la escuela pública como rehenes de los conflictos. Gran parte emigró a la privada, donde en muchas localidades bonaerenses ya no quedan vacantes.
Quizás en esta recomposición que se está dando de hecho en la sociedad haya basado el anterior gobierno el replanteo de la representatividad escolar en los exámenes PISA, de los que hoy el país ha sido oprobiosamente descalificado.
En este caso hay que darle la derecha, como se suele decir, a los diarios impresos por haber documentado el que debería ser punto de inflexión en la política educativa, a la que habrá que liberar de slogans de campaña y ese marketing traído de los pelos que pretende enfrentar lo nuevo con lo viejo, que son dos partes de lo mismo. Seguramente las redes sociales no dan para convertir en trending tropic al fracaso educativo que es necesario revertir.
El rincón frívolo que le dedica la prensa a una dura jornada como la última está ocupado por la primera foto de los recién casados en el teatro Colón. Se contrajeron matrimonios para el palco, el equivalente a la tribuna en los espectáculos deportivos. Se trata de una vuelta sofisticada que le encontraron los creativos del marketing al reality show de nuestros días, en el que si algo no está posteado no existe y, en materia de arte escénico, la ciencia ficción supera a cualquier realidad.