Las cartas que Maquiavelo enviaba a la Señoría distaban de ser idílicas. En Roma no se respiraba el suave aire humanista que podía esperarse del Cinquecento romano: cada clan había llegado con sus esbirros, pululaban los ladrones, como en todo jubileo o cónclave, y las tropas del duque Valentino ocupaban varios barrios de los alrededores del Vaticano, al que no se llegaba por anchas avenidas, como en la actualidad, sino por el laberinto de peligrosas callejuelas del Borgo.
César Borgia estaba en el castillo Sant´Angelo y “alimentaba más que nunca la esperanza de hacer grandes cosas” gracias a “sus” cardenales españoles, cuyas voces eran indispensables para quien deseara ser Papa.
Pero el favorito era, en opinión de todos, Giuliano della Rovere, por el que se apostaba cada vez más abiertamente. Hay que decir que della Rovere hizo muchas promesas, y así ganó los apoyos más importantes, entre ellos, el del cardenal de Ruan, que a su vez ansiaba ser elegido. El día anterior a la apertura del cónclave, un 90% lo consideraba ganador. Sobre todo porque el propio César le aportaba los votos españoles.
Por otra parte, este no se encontraba en su estado normal: el rumbo decía que le costaba recuperarse de la ingestión del vino envenenado y, gravemente enfermo, había perdido seguramente una gran parte de su perspicacia: ¿cómo podía esperar los favores de un hombre a quien su padre Alejandro VI había tratado tan mal, al desterrarlo y mantenerlo en el exilio durante diez años?
Maquiavelo lo volvió a ver y llegó a una conclusión: “Si al morir Alejandro hubiera gozado de buena salud, todo le habría resultado fácil, y él mismo me dijo durante jornadas en la que fue elegido Julio II que había pensado en lo que podía suceder tras la muerte de su padre, y para todo había hallado un remedio, pero nunca pensó que, en el momento de esa muerte, el también estaría moribundo”. Eso era, según Maquiavelo, lo único que se le podía reprochar al Valentino:
“Solo se puede incriminar al duque por elegir al papa Julio II, que fue una mala decisión. Porque al no poder crear un Papa a su gusto, podía al menos impedir la elección de otro, y nunca debió consentir la elección de uno de esos cardenales a los que había ofendido, o que, al llegar al pontificado, debieron tenerle miedo: Es, en efecto, el miedo o el odio lo que lleva a los hombres a hacer daño. Aquellos a los que había ofendido eran, entre otros, los cardenales de San Pietro in Vincoli, Colonna, San Jorge, Ascanio. Todos los demás, una vez en el pontificado, habrían tenido motivos para temerle, con la excepción del cardenal de Ruan y de los españoles, estos últimos por sus parentescos y sus obligaciones, y el primero gracias a su poder, por estar vinculado al rey de Francia. Por eso, el duque debía hacer elegir, ante todo, un Papa español, y si no lo lograba, aceptar, que fuera el cardenal de Ruan, y no el de San Pietro in Vincoli. Y quien crea que, entre los grandes, los beneficios nuevos hacen olvidar las antiguas injurias, se equivoca. En esa relación, el duque se equivocó y esa fue la razón de su ruina final”.
El desdichado duque Valentino creyó que su enemigo de ayer lo mantendría al frente de los ejércitos pontificales y que conservaría la Romaña y su título de confaloniero de la Iglesia romana: Había olvidado un antiguo adagio según el cual las promesas solo comprometen a quien las recibe. Maquiavelo había esperado tanto la elección de della Rovere que envió la noticia la misma noche del 31 de octubre, es decir, antes de su anuncio oficial, incluyendo el nombre elegido por el nuevo pontífice: Julio II. El 1º de noviembre les envió a los Diez, cuatro cartas que trasuntaban un enorme escepticismo ante el “milagroso” favor de que parecía gozar el nuevo Papa: “Convendrá observar con atención las promesas que hizo, porque muchas de ellas son contradictorias. Mientras tanto, es Papa, y pronto sabremos con quién mantendrá sus promesas”. Tres días más tarde, el mismo comentario, en un tono idéntico: “Debe buscarse la causa de esos favores en el hecho de que prometió lo que le pidieron, y ahora hay que pensar en las dificultades que tendrá para mantener sus promesas”. En cuanto a César, finalmente resultó ser un gran ingenuo: “El duque se deja llevar por el fervor de su confianza y cree que las palabras de los otros tienen más valor que sus propios compromisos”.
Pero, para Florencia, esa elección era beneficiosa, y Maquiavelo se apresuró a destacarlo: ante el anuncio de la derrota del duque, Romaña había perdido la unidad a la que él la había forzado y los pequeños señores se hicieron oír. Había un solo problema: Aunque en Forlì o Faenza algunos recuperaban sus lugares con el aval de los florentinos, sus rivales de siempre, los venecianos, se habían apoderado de Rímini y amenazaban varios castillos de los alrededores.
El Papa era el único que podía frenar sus ambiciones en la región, y ante la urgencia, los Diez apelaron a su hombre de confianza para convencer al nuevo Pontífice: el 5 de noviembre, éste le dio una audiencia, y otra el 6, sin contar las visitas obligatorias a los cardenales más influyentes, a quienes se debía persuadir de que contener a los venecianos era incluso conveniente para la iglesia, pues de los contrario, muy pronto el Papa se convertiría en su “capellán”.
La situación se volvió apremiante, y Maquiavelo, que siempre estaba dispuesto a usar todos los recursos disponibles, fue a ver incluso a César, que parecía bastante desestabilizado. Esa visita representó un giro definitivo en el destino de Borgia y un cambio total en el modo en que Maquiavelo lo consideró a partir de ese momento. Evidentemente, César no sabía qué era, en lo que le concernía personalmente, esa verità effetuale tan cara a Maquiavelo. ¡Lo recibió con acritud y vituperó a los florentinos, que siempre habían sido sus enemigos!
Peor aún: amenazó violentamente aliarse con los venecianos, Maquiavelo se contuvo, pronunciando palabras serenas y se despidió. César, ahora lo sabía, se negaba a admitir la realidad de su caída en desgracia y ya no tenía conciencia de la realidad de la relación de fuerzas.
Cinco días más tarde, fue él quien llamó a Maquiavelo. El tono había cambiado radicalmente: Borgia se mostró cauteloso, aseguró que el Papa lo apoyaba y que había llegado el momento de efectuar una unión sagrada frente a Venecia. Para él, todo marchaba bien: Pronto sería confaloniero de la Iglesia, los franceses regresarían, y el Pontífice lo alentaba a volver a partir para asegurar su querida Romaña. Pero para ir a Romaña, tenía que atravesar… la Toscana, y para eso necesitaba un salvoconducto. César lo pidió, pero la señoría, que no practicaba el perdón de las ofensas, se lo negó. Furioso, envió de inmediato sus tropas a la Toscana, al mando de don Miguel de Corella, llamado “Micheletto”, su amigo de infancia, su último seguidor incondicional. Y mandó llamar una vez más a Maquiavelo, para reprocharle amargamente el rechazo del salvoconducto.
Aún debilitado por su enfermedad, Cesar encontró fuerzas para amenazar: ¡Se aliaría con Pisa y Venecia, y eso sería el fin de la República! Pero ni él lo creía. Maquiavelo lo calmó con palabras amables y luego partió, dejando atrás la sombra del Valentino de antaño. Pero él era ante todo el secretario de los Diez, a quienes les describió con realismo las fuerzas que le quedaban al duque. La Señoría, explicó, tenía que tomar una decisión: podía dejar pasar esas magras fuerzas o aniquilarlas. Eso no tenía demasiada importancia. Y Maquiavelo les aconsejó lisa y llanamente a los Diez abandonar a ese Borgia que ya estaba fuera de juego: “Tiene todo el aspecto de encontrarse al borde de la tumba”.
La Republica optó por la segunda solución y se apoderó de los mercenarios de Corella en cuanto pusieron los pies en el “contado”. El duque Valentino había corrido a Ostia para embarcarse: dos cardenales, enviados por el Papa con escolta militar, lo alcanzaron y le pidieron que entregara las últimas plazas que poseía en Romaña. En forma provisional, por supuesto, es decir, hasta la victoria sobre Venecia… El duque, indignado, se negó: Lo detuvieron de inmediato y lo llevaron a Roma, donde el Papa se enteró al mismo tiempo, ante Maquiavelo y con sincera alegría, del final de la epopeya sin gloria de Micheletto Corella. La venganza del papa della Rovere fue completa, y acto seguido mandó pedir a Florencia que le enviaran a “don Michele” para poder mostrar así ante todos “las crueldades, las rapiñas, los homicidios, los sacrilegios y otros infinitos daños cometidos desde once años atrás hasta el momento presente en Roma, contra Dios y los hombres”. Corella fue encarcelado hasta 1505 y luego, curiosamente, volvió a estar al servicio de Florencia, hasta 1507, gracias a la intervención de… Maquiavelo. Valentino desapareció de la escena histórica italiana y murió el 10 de marzo de 1507, bajo los muros de Viena, en la actual Navarra, durante un ataque de las tropas castellanas que comandaba, por cuenta de su cuñado, Juan III de Navarra.
¿Qué marca dejó Cesar Borgia en el pensamiento de Maquiavelo? Subsiste el interrogante. ¿Maquiavelo estaba fascinado por esta figura, que fue caricaturizada por la posteridad, pero que realmente encarnó el lado oscuro del renacimiento humanista? La relación entre Maquiavelo y Cesar Borgia fue esencialmente de embajador a jefe de Estado. La diplomacia de la época no mostraba el aspecto sereno que se le atribuye en la actualidad, y Maquiavelo se encontró frente a un negociador muy distinto de los anteriores. Luis XII y Ruan habían sido personajes ásperos, pero César Borgia era un hombre de acción, imprevisible en el corto plazo y con un objetivo preciso: lograr que el Papa, en su carácter de soberano temporal, tuviera un Estado digno de ese nombre. Fue esta intención lo que le dio coherencia a su conducta.
Por haberlo convertido en un modelo político, Maquiavelo fue condenado con demasiada ligereza, en nombre de algo que no lo interesaba en absoluto: La moral. Maquiavelo fue un teórico y un técnico de la política, una rama del conocimiento diferente de la ética. César Borgia era un ejemplo en el que le convenía inspirarse, por supuesto, con límites, pero sólo en ese aspecto. Y si en ningún momento de su obra política se pronuncia Maquiavelo contra los excesos que se la atribuían a César Borgia, incluso en su propia época, es porque no quiere ir más allá de los límites de su género. ¿Podríamos reprocharle al Aristóteles de la “Política” que no hable bastante de moral? Maquiavelo, que conocía admirablemente a sus grandes predecesores, tenía que mantener ese rango, sobre todo porque su juicio no era unívoco. Borgia le proporcionó un modelo, pero limitado, porque cometió un error fundamental, que Maquiavelo destacó: El de contar siempre con fuerzas de otros, los ejércitos de Luis XII y los de su padre, Alejandro VI. Al morir el Papa, era inevitable que su poder se derrumbara, y como vimos, Maquiavelo tuvo el privilegio de asistir en directo al proceso de ese derrumbe.
Esta es la lección que Maquiavelo quiso transmitirles a los lectores de “El Príncipe”, no a la posteridad, sino a la élite florentina del primer cuarto de siglo XVI, que necesitaba que le explicaran, con ejemplos sencillos y elocuentes, en qué consistía la eficacia en política. Por supuesto, nosotros podemos captar mejor la idea que tenía Maquiavelo del duque Valentino siguiendo su correspondencia diplomática. Se ve en ella admiración, irritación, enojo, pero lo más importante no es esto, sino los informes que Maquiavelo les transmitía a los Diez para facilitarles la toma de decisiones. Y se trataba de decisiones fundamentales, urgentes, incluso dramáticas: Calcular, ni más ni menos, en la medida de lo posible el peligro que representaba Valentino. En resumen, todo giraba alrededor de una pregunta: ¿Tenía la intención, y los medios, de atacar Florencia?
Después de eliminar el problema Borgia, Maquiavelo, se quedó en Roma. Allí se había declarado la peste, los Diez le pedían que regresara, tenía problemas de dinero; ¡la correspondencia sobre todo le costaba caro!; pero su estadía se prolongó. Se suele decir en general que su poca prisa se debía al afecto que lo ligaba con su superior jerárquico, el cardenal Soderini. Sin duda, es una gran parte de la verdad, y tenemos varios testimonios epistolares de la excelente relación entre los dos hombres: Soderini valoraba el talento de su prodigioso adjunto y era evidente que no quería privarse tan pronto de sus servicios. Otra muestra de esta falta de prisa: Cuando Maquiavelo se enteró de que su esposa había dado a luz a un niño, se limitó a expresar su entusiasmo… a la distancia.
Según Buonaccorsi, el recién nacido parecía un pequeño cuervo. Su esposa, en cambio, le escribió: “Se parece a ti. Es blanco como la nieve, pero su cabeza parece estar cubierta de terciopelo negro, y por el hecho de parecerse a ti y ser peludo como tú, me parece hermoso”. Sin embargo, era un acontecimiento importante: el 9 de noviembre, el niño recibió el nombre oficialmente de su abuelo, Bernardo, y fue acompañado a la fuente bautismal por lo más granado del cuerpo diplomático: Sus padrinos fueron nada menos que el primer canciller, Marcello Virgilio Adriani, y el fiel coadjutor Buonaccorsi. Pero Maquiavelo no regresó, y delegó en sus prestigiosos amigos presentes en el lugar la tarea de otorgarle a la ceremonia el lustre necesario… La verdad es que, ya convertido en un diplomático experimentado, con esa embajada en Roma tenía la oportunidad ideal de asistir a la mayor concentración de personal diplomático que se pudiera imaginar: Entre los soberanos cristianos de potencias temporales, el Papa, como lejano sucesor de Pedro, ejercía un papel arbitrario.
España, Francia, Alemania y otros países iban a Roma para avalar sus acciones. Sobre todo porque el papa Julio II mantenía las ambiciones territoriales de su predecesor Alejandro VI, enviando a sus tropas para asegurarse la ciudad de Bolonia: Una empresa en la que había fracasado Borgia, especialmente por el veto francés. Puede comprenderse entonces que, a pesar de la peste endémica, Maquiavelo deseara quedarse un poco más en una ciudad que, poco a poco, recuperaba su posición de “caput mundi”… Sin embargo, los Diez, que lo necesitaban, insistieron, y el 18 de diciembre debió poner fin a su misión romana y volver a Florencia. Soderini se sintió contrariado por su partida y se lo hizo saber a la Señoría, alabando su inteligencia y dedicación. En Florencia, la estrella de Maquiavelo alcanzaba su punto máximo: Fue recibido con los brazos abiertos por el hermano del cardenal, el confaloniero vitalicio Piero Soderini. El problema de Maquiavelo era que ahora estaba inequívocamente ligado al bando de Soderini y desaparecía la neutralidad política que había cultivado hasta 1502 en su puesto de secretario. Fuera o no su intención, estaba ubicado del lado de los republicanos populares (“la fazione popolana”).
Se lo harían ver en 1512.
Entretanto, Maquiavelo había encontrado el tiempo suficiente para escribir una obra poético-histórica, los “Decenales”. En octubre de 1504, escribió los primeros: intentaba concentrar en 550 versos, las “penas de Italia durante diez años”. El punto de partida de esos infortunios era, por supuesto, el gran trauma: La invasión de los franceses. Esta obra apareció en 1506.
Además, lo enviaron a Francia, para una segunda, e instructiva, estadía.