Tuvieron que trabajar en mejoras técnicas, entre ellos el rediseño completo del sistema del transbordador. No hubo misiones en dos años y medio, “hasta estar satisfechos de que todos los problemas habían sido abordados y era seguro volar otra vez”, dice Neal.
Se aseguraron de que la causa particular del accidente el Challenger no sería repetida, los astronautas comenzaron a usar trajes presurizados (de color naranja), durante el despegue y entrada a la Tierra, e instalaron un sistema de escape de la tripulación desde la cabina, para que pudieran usar paracaídas en caso de emergencia y tuvieran oportunidad de sobrevivir.
Tragedia preespacial
La intención era, cuando menos, noble: expandir el conocimiento y, sobre todo, el interés de los niños de USA sobre el espacio y el futuro de la exploración interplanetaria.
Esa fue la carta de presentación que separó a Christa McAuliffe de los demás miles de participantes que querían una oportunidad de viajar al espacio.
La presencia de la educadora en la cabina del Challenger fue, además, un movimiento importante para la NASA: el 17% de la audiencia total de televidentes de USA estaba viendo en vivo y con detalle, aquel 28 de enero del 86, pendiente de sus pantallas, los pormenores del despegue.
Tanto la transmisión en vivo como la historia de McAuliffe convirtieron a la tragedia del Challenger en un evento inolvidable, si bien por su cuota trágica.
Pocos accidentes
La Nasa no había tenido muchos accidentes fatales en su trayectoria, y antes del Challenger, el último había sido en tierra, cuando el Apolo 1 se incineró en segundos durante una prueba en 1967. Sin embargo, ni todos los cambios post desastre fueron suficientes para evitar otro. “Lo que el Challenger no hizo fue prevenir a la Nasa de volverse sobreconfiados una vez más. El accidente del Columbia (2003) probó eso”, señala Smith.
Aunque en la Nasa el trabajo se volvió aún más disciplinado, dice Neal, “no puedes estar preparado para todo lo que posiblemente pueda suceder. La agencia se acercó a eso para hacerlo lo más seguro posible, pero siempre hay riesgo. Por eso es tan importante no bajar la guardia, que es cuando lo inesperado pasa”, dice.
Tras el accidente del Challenger, la Nasa suspendió el programa Teacher-in-Space (Profesor en el espacio) y cualquier intento por llevar al espacio a alguien del público general. “Mientras Rusia es feliz de lanzar turistas ricos al espacio y las compañías comerciales estadounidenses esperan hacerlo también, la NASA no”, señala Smith.
La tragedia también permitió que la industria espacial privada se desarrollara, pues la Nasa privilegió el uso del transbordador para misiones en que fuera necesaria la presencia humana y no el lanzamiento de satélites, por ejemplo, para reducir costos. “Los cohetes tradicionales serían usados para todo lo demás. Eso creó oportunidades para las compañías privadas para lanzar satélites sobre una base comercial, con el gobierno como cliente, pero también significó que el transbordador espacial nunca lograra la economía prometida”, dice Smith, con lo que el programa terminó oficialmente en 2011.