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Se estima que al menos 136 personas perdieron la vida en el intento de cruzar el Muro a lo largo de su existencia. El primero fue Gunter Litfin, que falleció el 24 de agosto de 1961. Para Occidente se convirtió en una figura simbólica, una víctima inocente de los "cazadores de personas de la RDA".
Los guardias del muro también estaban entre los desertores. En los primeros dos años de existencia del muro, más de 1.300 hombres de uniforme escaparon a la Alemania Occidental.
La mayor parte de los desertores escapaban a la Alemania Occidental utilizando sobornos, documentos falsificados o conexiones personales. No obstante, algunas personas emprendrían unos intentos aún más arriesgados. Por ejemplo, el famoso Heinz Meixner retiró el parabrisas de su coche y en vez de pararse en un punto de control saceleró y pasó rozando de la barrera metálica.
Miles de ciudadanos de Berlín cruzaban el muro todos los días para ir a trabajar en la parte occidental. Recibían salarios más altos y vivían en casas subsidiadas, sin contribuir a la economía oriental. Además, el marco alemán occidental costaba entre cuatro y seis veces más que el marco alemán oriental y, como consecuencia, tenía el mayor poder adquisitivo.
Al otro lado del Muro, Willy Brandt, el alcalde socialdemócrata de Berlín y futuro canciller, llamó a la construcción "El Muro de la vergüenza". El término rápidamente se hizo popular en los medios occidentales.
El recuerdo de Merkel
Cuando se produjo la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989 por la noche, Ángela Merkel, hoy canciller de Alemania, se encontraba "como todos los jueves a esa hora" en un sauna de Berlín oriental y soñaba con ir a comer ostras al Oeste.
La "mujer más poderosa del planeta", quien dirige la primera economía europea desde hace nueve años, practicaba una de las actividades preferidas de los alemanes en invierno. "Los jueves siempre iba al sauna con una amiga", reveló recientemente a un grupos de escolares berlineses.
En aquella época, Merkel, nacida en Hamburgo pero criada en la RDA, trabajaba como física en la Academia de Ciencias de Berlín-Este. De 35 años de edad por entonces y divorciada de su primer marido, vivía en un pequeño apartamento en el barrio de Prenzlauer Berg, ahora muy de moda.
Antes de dirigirse al sauna, aquella noche llamó a su madre, quien vivía a 80 kilómetros al norte de Berlín. Ella acababa de escuchar que los alemanes del Este podrían viajar al exterior libremente.
El Muro estaba a punto de caer, pero durante aquellas horas confusas nadie se lo creía de verdad. "Ciertamente, no entendía muy bien lo que se decía", admitió la dirigente conservadora.
"Una broma" circulaba entonces en la familia. Si el Muro caía, Ángela llevaría a su madre a "comer ostras en Kempinski", un hotel de lujo de Berlín occidental. Al teléfono, Merkel previno a su madre: "presta atención, mamá. Algo está ocurriendo hoy". Tras colgar se fue al sauna.
Y mientras Merkel disfrutaba de su baño de calor seco, la Historia moderna se aceleraba. El primer punto de paso del Este al Oeste se abría. Los corchos saltaban de las botellas de vinos espumosos para celebrar el fin de un mundo dividido desde la Segunda Guerra Mundial.
Volviendo a casa, "vi a la gente que se dirigía" hacia el punto de paso a solamente unos pocos centenares de metros de allí. "Nunca olvidaré aquello, eran quizás las 22:30, o las 23:00, incluso algo más tarde", rememora.
"Yo estaba sola pero seguía a la muchedumbre (...) y de golpe todos nos encontramos del lado oeste de Berlín".
La entonces anónima Ángela Merkel, quien ya había viajado al Oeste, bebió su primera cerveza del otro lado en un apartamento en el que ni siquiera conocía a sus ocupantes. "Recuerdo que era una cerveza en lata y yo no estaba acostumbrada", señala.
Sin embargo, en aquella noche histórica, la ahora canciller pensó en el despertador que sonaría temprano por la mañana y decidió regresar a su casa.
Muy pronto abandonaría la Física para emprender su carrera política. En 1990 era electa diputada por la Unión Demócrata-cristiana (CDU), entonces dirigida por su antecesor, el canciller Helmut Kohl. En enero de 1991, asume su primer puesto ministerial.
Eso sí, nunca pudo satisfacer aquel sueño ahora lejano. "Nunca fui a comer ostras a Kempinski con mi madre", reconoce.