Moléculas similares a la TRPV1 están presentes en nuestras fibras nerviosas sensibles al dolor ubicadas en la lengua, piel y ojos. Nos permiten detectar la capsaicina en los pimientos o ajíes del grupo de las guindillas y los pimientos chile, y percibir su sabor picante.
El descubrimiento es un ejemplo rotundo de cómo pequeños cambios genéticos en el genoma de una especie pueden contribuir a que se forjen adaptaciones evolutivas importantes con el paso del tiempo, en este caso permitiendo al murciélago vampiro la percepción por infrarrojos del "mapa" de calor de sus presas, que revela la ubicación bajo la piel de los principales vasos sanguíneos. Eso les ayuda a alimentarse eficientemente de la sangre de sus víctimas.
El nuevo estudio también aporta datos útiles para el diseño de fármacos, ya que moléculas similares a la TRPV1 intervienen en el proceso de percepción de determinada clase de dolor, como el experimentado al tocar un objeto demasiado caliente, o en el fenómeno de la hipersensibilidad al calor que se manifiesta después de ciertas heridas, como ocurre con las quemaduras solares.
Los murciélagos vampiros estudiados poseen un aspecto físico describible como el de una rata con alas, pero en cambio tienen un mayor parentesco evolutivo con perros y caballos que con los roedores. De hecho, esos vampiros silvestres galopan y saltan por el terreno de un modo similar a como lo hacen los caballos.
En América del Sur, donde los vampiros son comunes, estas criaturas se acercan a sus presas por el suelo, galopando rápida y silenciosamente, para a continuación morder a vacas, cabras y aves dormidas, y beber de su sangre. Como otros murciélagos, se alimentan sólo de noche.
Los murciélagos vampiros son los únicos mamíferos conocidos que subsisten exclusivamente de la sangre, y su consumo de ésta debe ser alto para que puedan sobrevivir. La evolución les ha dado importantes adaptaciones para ejercer su macabra forma de alimentación.