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Chernobyl, 20 años después: Historia de fantasmas y soledades

Según la revista EDICIÓN i, la energía nuclear no es negativa en sí misma pero su manipulación exige de cuidados imprescindibles. El concepto, que emergió de Chernobyl, se encuentra más vigente que nunca.

BUENOS AIRES (EDICIÓN i). En la ex URSS, que estaba en derrumbe, ocurrió el accidente más grande de la Historia, que aceleró el final de la Guerra Fría. Chernobyl expuso la fragilidad de la URSS pero también de la tecnología nuclear.
1. Los fantasmas
 
 En Chernobyl viven fantasmas. De carne y hueso. Son unas cuantas docenas, tal vez superen los 300. Nadie conoce la cifra porque nadie desea recordarlos. Sobreviven en la zona prohibida, el área de exclusión de 30 kilómetros en torno a la central nuclear donde la contaminación radiactiva supera hasta 40 veces, y más, el máximo permitido por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (organismo perteneciente a la ONU). En Ucrania les llaman ‘los ilegales’. También los apodan ‘los pueblerinos eternos’. Es la gente que nunca muere.
 Mijail Arsentievich es uno de ellos. Se mueve sobre la nieve con la paciencia de sus 80 años. Ya en la distancia, fija su mirada en los ojos del intruso. Y sonríe con sorpresa para enseñar el único diente que le queda. "¿No tiene miedo a la radiación?", es la pregunta obligada. "Jamás. Nunca en estos 20 años", contesta.
 
 Madrugada, sábado 26 de abril de 1986, 01:23. Explosiones en cadena en el 4to. reactor de la central de Chernobyl. Un experimento, que simulaba el corte en el suministro eléctrico, provocó el mayor accidente nuclear de la Historia. Error humano: los operadores violaron hasta seis normativas de seguridad. El agua de refrigeración comenzó a hervir desde su base, se evaporó y estalló el hidrógeno acumulado dentro del núcleo. Voló la tapa del reactor, que pesaba 1.000 toneladas. El núcleo ardió al rojo vivo. La temperatura alcanzó a 2.500 grados. 28 bomberos evitaron la extensión del incendio a toda la central. La mayoría lo pagó con sus vidas. Seis de ellos, los primeros que murieron, hoy son héroes nacionales de Ucrania. Otros 24 trabajadores fallecieron durante las primeras horas. Pocas horas después se registraron niveles elevados de radiación en Polonia, Alemania y Austria. El 30 de abril, en Suiza e Italia. El 1º de mayo, en Francia y Reino Unido. El 2 de mayo, en Japón. Y el 5 de mayo, a USA. El mundo tembló.
 
 Mijail sólo ha vivido lejos de los bosques de Chernobyl en dos ocasiones. La primera, durante la II Guerra Mundial: "Los nazis me llevaron a Alemania. Estuve tres años trabajando, a la fuerza, para ellos. Me escapé y volví a casa, caminando".
 
 Y 40 años después, Mijail huyó de nuevo. En esta ocasión no se trataba de trabajos forzados. Simplemente no era feliz en el lugar al que fue evacuado por el Gobierno soviético. Y regresó a la zona del terremoto nuclear "con mi abuela", saltando los controles militares, evitando la persecución de la policía. Ilyinski, su pueblo de toda la vida, estaba abandonado. Como ahora. Sólo los fantasmas, y algún visitante.
 
 Acceder al mítico Chernobyl no es tan difícil como parece: basta una pequeña pelea administrativa para conseguir un permiso de entrada a cambio de dinero. En Ucrania no hay nada que no se pueda comprar. Sólo es una cuestión de precio. El viaje desde Kiev se prolonga dos horas. Un par de controles militares, a los que parece que les robaron la sonrisa hace tiempo. Pasaporte, arriba la valla y ya se ingresa a la zona de exclusión. Varios kilómetros por un camino solitario, repleto de nieve, y más allá el cuartel general del pueblo de Chernobyl. Aquí se concentra la gente que trabaja en el refuerzo del sarcófago de la central y en las distintas empresas creadas por el Ministerio de Asuntos Extraordinarios para la medición de la radiactividad, la limpieza de bosques, etcétera. Y como las viejas costumbres tardan en desaparecer, la bienvenida suena a discurso muy soviético, donde pareciera que nada pasó.
 
2. El sarcófago
 
 La localidad Pripyat se encontraba mucho más cercana a la planta nuclear que el pueblo Chernobyl (hoy Chornobyl, por decisión del gobierno ucraniano). Pripyat fue construida a 3 Km. de la planta, y allí vivían 50.000 personas, cuando explotó el reactor Nº 4. Las instalaciones destruidas ardieron durante 10 días, y contaminaron 142.000 Km2 en el norte de Ucrania, sur de Belarús y la región de Bryansk, en Rusia. La lluvia radiactiva, cuyas partículas emitieron una radiación 400 veces mayor que la liberada en Hiroshima, ocasionó que 300.000 personas abandonaran sus hogares, y desencadenó una epidemia de cáncer de tiroides en los niños. Con el transcurso de los años, las pérdidas económicas han ascendido a miles de millones de dólares.
 
 La tragedia aceleró la disolución de la Unión Soviética, cuando posteriormente surgieron pruebas de la torpeza y el hermetismo del gobierno con respecto al accidente. En la actualidad, los restos radiactivos del reactor Nº 4 aún se consumen debajo del sarcófago, una cripta de concreto y acero que se construyó de manera precipitada después del accidente, que ahora se desmorona y amenaza con derrumbarse. Obreros protegidos con trajes de plástico y mascarillas, perforan agujeros para colocar barras de apoyo dentro del sarcófago. Su trabajo es mantener en pie la deteriorada cubierta hasta que se construya un reemplazo. La radiación es tan intensa que los obreros sólo pueden arriesgarse a trabajar turnos de 15 minutos, como máximo.
 
 Está a punto de iniciarse la construcción de una obra para reemplazarlo, una estructura arqueada, del tamaño de un estadio, que se deslizará sobre el sarcófago y lo sellará, US$ 800 millones mediante. La estructura, de 152 metros de longitud y 256 metros de ancho, más alta que la Estatua de la Libertad, brindará una solución transitoria. Cuando la terminanen el Instituto Battelle Memorial, Bechtel Group, Electricité de France y la Planta de Energía Nuclear de Chernobyl, el reactor destruido quedará fuera de la vista de todos. Pero los habitantes de la región jamás lo olvidarán.
 
 Aunque nunca murieron los cientos de miles de personas ni las decenas de miles de personas que se había pronosticado, el daño genético que provocó, lentamente está teniendo repercusiones negativas. Nadie puede estar seguro del resultado final, pero en un informe publicado el año pasado por varios expertos, y citado por la revista ‘National Geographic’ se estimó que el cáncer originado por Chernobyl cobrará 4.000 vidas.
 
 El reactor Nº 4, moderado por grafito, un diseño desarrollado por los soviéticos, tenía una inestabilidad inherente y en segundos de mala manipulación, se salió de control. A diferencia de los reactores de las naciones occidentales, que están sellados dentro de pesadas cubiertas de acero y concreto, éste no contaba con materiales que tuvieran la resistencia necesaria para contener la explosión que voló el techo, dispersando las entrañas del reactor por todo el edificio y que encendió un terrible fuego.
 
 Slavutych es la ciudad que se construyó para reemplazar a Pripyat. Ocurrió a finales de los ’80. Se levantó a 50 Km. de distancia y alojó a trabajadores que se ocuparon de los tres reactores restantes de Chernobyl hasta cerrar el último en el año 2000. Cada año, varias personas, temblando de frío, asisten a una ceremonia religiosa a medianoche en Slavutych. Los nombres y los rostros de las primeras víctimas del desastre están grabados en una pieza de mármol negro que se encuentra en la plaza central. Mientras un sacerdote ortodoxo y un coro cantan el himno ‘Gospodi, Gospodi, Gospodi’ (Dios mío, Dios mío, Dios mío), los familiares de las víctimas depositan coronas y velas bajo los nombres de sus seres queridos.
 
 Pero ‘los ilegales’ de Chernobyl no se encuentran mencionados en el mármol negro. Probablemente porque alguien cree que están vivos aún cuando estén muertos. O porque es mejor no recordarlos.
 
 Lo primero que llama la atención en los pueblos abandonados es el silencio. Silencio sepulcral. Las vacas no mugen, los perros no ladran. Ni siquiera se escucha el galope de los caballos salvajes de Prizhivalski, tan rebeldes como los ilegales de Chernobyl. Las personas tampoco perturban el silencio. Sólo el viento, que empuja el frío a los pulmones. Tan helado que hiela el alma. En una casa abandonada aún quedan tres chaquetones colgados junto a una ventana. Alguien salió corriendo hace 20 años...
 
 3. Los liquidadores
 
 Pripyat fue construida durante los año ’70 para brindar una vivienda al personal de la planta de Chernobyl. Había muchos árboles y rosas. Aquella mañana, los chicos fueron al colegio, luego de ocurrida la explosión. Hacía calor. Era un verdadero día de verano.
 
 En la escuela, las personas murmuraban. Encerraron a los niños sin explicarles porqué. Al terminar las clases, les dijeron que fueran directamente a casa y no se quedaran jugando al aire libre. Sin embargo, muchos niños lo hicieron.
 
 Los padres cerraban las ventanas. Un empleado del gobierno de la ciudad entregó tabletas de yodo en las casas, un profiláctico contra el yodo radiactivo 131. Muchos tomaron vodka, hasta los niños, porque en tierras soviéticas se creía que protegía de la radiación. Llegaron más de 1.000 autobuses desde Kiev y a las 17:00 Pripyat estaba vacía. Era una ciudad fantasma.
 
 Durante los días que siguieron a la explosión, miles de trabajadores, llamados ‘liquidadores’, llegaron a Chernobyl para controlar el infierno. Los mineros cavaron bajo el ardiente centro para bombear nitrógeno líquido que enfriara el combustible nuclear. Varios helicópteros vertieron 4.500 toneladas métricas de plomo, arena y arcilla para extinguir las llamas. Los soldados, armados con palas, hacían incursiones en intervalos regulares sobre el techo para devolver al centro los bloques de grafito humeantes que habían salido volando del reactor. Llamados sarcásticamente ‘biorrobots’, muchos de los 3.400 hombres que participaron en esta operación con una valentía excepcional absorbieron en segundos una dosis de radiación equivalente a la que hubieran podido recibir en toda su vida.
 
 El 6 de mayo, se extinguieron finalmente los incendios en el reactor, y un ejército de ‘liquidadores’ acudió a trabajar en la construcción del sarcófago para concentrar los desechos radiactivos en cientos de vertederos cerca de Chernobyl. En esos primeros días, los doctores que vigilaban a los ‘liquidadores’ observaron un decremento en los recuentos de glóbulos blancos y temieron por su salud, pero la mayoría se recuperó.
 
 Sin embargo, es probable que ahora una nueva ola de dolencias aqueje a los 240.000 hombres y mujeres que trabajaron en el desastre. Los casos de cataratas en los ojos, una afección característica en los sobrevivientes de la bomba atómica en Japón, van en aumento. Un estudio que se realizó a liquidadores responsabiliza a la catástrofe por un ‘excedente’ de 230 muertos durante los años ’90, a causa de leucemia y otros tipos de cáncer.
 También hay controversia respecto del vínculo entre el accidente de Chernobyl y las enfermedades del corazón. Las explosiones de radiación pueden dañar los vasos sanguíneos, pero algunos científicos creen que es más probable que el alto índice de afecciones cardíacas entre los liquidadores se deba en realidad al alcoholismo, el tabaquismo, el estrés y a una alimentación inadecuada.
 
 Sin embargo, se calculaba que los casos de cáncer aumentarían entre los ‘liquidadores’ desde hace tiempo, y el número de casos dispersos, pequeño hasta ahora, podría ser el principio. Jacov Kenigsberg, presidente de la Comisión Nacional de Protección contra la Radiación de Belarús, señala que transcurrieron entre 20 y 25 años para que aparecieran algunos cánceres por la radiación en los sobrevivientes de la bomba atómica. "Estamos en el principio del camino", afirmó.
 
 4. horas posteriores
 
 Luego de 36 horas tras el accidente fueron evacuados los 50.000 habitantes de Pripyat. Les dijeron que se iban tres días. Y han pasado 20 años.
 
 Una de las urbes más prósperas de la ex URSS murió para siempre. La villa de Chernobyl, más alejada, y todos los pueblos de la zona también fueron desalojado. Entre Ucrania y Bielorrusia, alrededor de 300.000 personas abandonaron sus casas. Se creó el área de exclusión, aun vigente.
 
 "Aquí había mucha radiación, el viento venía del norte, desde la central. Pero yo creo que ahora el aire es más limpio", dice el ucraniano Ilia, quien acaba de cortar madera del bosque con una sierra que tiene tantos años como él. "Mi salud está bien. Alguna pieza no funciona, pero el motor es bueno".
 
 Si algo le sobra a María Shilan es salud. El único acontecimiento capaz de acelerar su pulso son los combates de boxeo de los hermanos Klichko, reyes de los pesos pesados y héroes nacionales en Ucrania. Sólo Shevchenko, el delantero del Milán, es capaz de hacerles sombra. "Le dieron tal puñetazo a Vitaliy que tuve que salir fuera de la casa. No quería volver porque me lo imaginaba tumbado, sobre la lona. Pero cuando volví a ver la tele él seguía de pie, combatiendo".
 
 María perdió a sus dos hijos por culpa de la radiación. Los dos trabajaban en la central.
 
 Motria Trojimivna escucha a su amiga y vecina. Serían necesarias 1.000 explosiones como Chernobyl para que Motria cambiara su gesto adusto. María lanza sus puñetazos contra el gobierno, y Motria ni pestañea. "Tras el accidente nos confiscaron los animales y nos aseguraron que nos íbamos por tres días. Nos transformaron en mendigos, lejos de nuestra tierra. Por eso volvimos". Eso sí, esta mujer es todo optimismo. Se aclara la garganta y entona un estribillo que sólo los fantasmas se atreven a repetir: "Somos una nación, no nos da miedo la radiación".
 
 El sarcófago tiene grietas y defectos en 200 m2 de su superficie. Hoy continúan escapándose aerosoles radiactivos. Pero a María y Motria no les importa. Ellas viven en Parishev, otro de los pueblos abandonados de la zona de exclusión, ubicado a una decena de kilómetros de la central.
 
 Mikola Tkachenko y María Shevchenko eligieron vivir juntos para no estar solos en Lubianka, otro de los pueblos abandonados. Él tiene 49, y ella 64. A María se la ve radiante. A Mikola, que es el más jovencito de la zona, también. Pero él tiene leucemia. Está empeñado en hacer funcionar su radioteléfono, que parece salido de un museo de la Guerra Fría. Lo prueba satisfecho. La pareja espera la llegada de la camioneta, que dos veces por semana aprovisiona a pueblos de ‘los fantasmas’. Pero hay veces cuando hay un ‘día negro’, así bautizado cuando la nieve o algún percance impide el acceso del pan, conservas o jabón de la modesta tienda ambulante. Los vecinos no reciben visitas, ni siquiera de sus familiares. Sin embargo, están de fiesta una vez al mes, cuando la autoridad de la zona prohibida —la misma que se encargará de evacuarlos si sufren algún problema de salud serio— fleta un autobús para que ‘los ilegales’ viajen a un pueblo cercano a buscar provisiones.
 
 ¿A cuántas personas ha matado la tragedia? Según el Organismo Internacional de la Energía Atómica, a 4.000. Para científicos rusos citados por Greenpeace, las víctimas rondarían los 100.000, directas e indirectas. Algo parecido sucede con las secuelas. En Ivankov, ciudad fronteriza con la zona de exclusión, un estudio del gobierno local arroja datos escalofriantes: de 1.025 estudiantes analizados, 744 tienen problemas asociados con el accidente (cáncer de tiroides, leucemia, corazón, pulmones...).
 
 Una niña nació en 1999 dentro de la zona prohibida. Las autoridades no conocieron tal acontecimiento y cuando éste se hizo público alborotó al país. Detractores y conciliadores entraron en debate. Al final, se decidió que esa niña no podía vivir en los pueblos fantasmas. Y es que también está prohibido nacer en Chernobyl.
 
 Hace algunos años, los trabajadores midieron más de 1.000 m3 de grietas y agujeros en el sarcófago, que permitían que la lluvia y la nieve fundida se acumularan en sus entrañas. El agua debilita más la estructura y se filtra hacia el ambiente, llevando con ella contaminantes radiactivos. También puede funcionar como un moderador nuclear, es decir como una sustancia que facilite una reacción en cadena. Aunque el riesgo se considera menor, una reacción en cadena renovada podría desencadenar otra explosión de vapor que haría explotar el sarcófago.
 
 En la noche del 26 de junio de 1990, después de dos semanas de lluvia torrencial, los detectores registraron un importante aumento de neutrones, una señal de una reacción en cadena inminente.
 
 Cuatro días más tarde, un físico de la antigua ciudad de Chernobyl, entró corriendo para verter sobre la lava nitrato de gadolinio, que sirve para absorber neutrones. Estos disminuyeron.
 
 Actos similares a lo largo de estos años han cobrado muchas víctimas. El centro técnico, operado por la Academia Ucraniana de Ciencias, alberta a los ‘acechadores’, científicos que trabajan en el sarcófago, exponiéndose a altos niveles de radiación mientras vigilan al estado del combustible del reactor.
 
 Cerca de la entrada hay una lista de los que han muerto, muchos entre los 40 y los 60 años, algunos de cáncer o del corazón.
 
 Durante los dos últimos años, el 90% de las brechas y grietas del edificio se han tapado y un nuevo sistema aspersor surte gadolinio en el vestíbulo central.
 
 Casi toda el agua se lluvia se bombea hacia fuera, aunque una cantidad se deja intencionalmente con la finalidad de suprimir el polvo. En el sarcófago, la radiactividad hoy es de 3,400 roentgens por hora, una dosis letal en pocos minutos. Pero lo que aterra es el silencio. La soledad es incurable.
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 Copyright by EDICIÓN i, 2006.

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