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Adiós a Ana María Campoy

La actriz Ana María Campoy, ícono del cine y el teatro argentino, murió tras sufrir una neumonía.

Una gran pareja apareció en la TV argentina, a finales de 1951: Ana Maria Campoy y José Cibrián. Juntos encabezaron la telenovela policial 'Néstor Villegas vigila'.
Al principio fue una tira diaria de 15 minutos, pero en los meses siguiente , transformada en teleteatro de suspenso, llego a durar 1 hora.
Campoy y Cibrián se habían casado en enero de 1947, en Guatemala; y llegaron a la Ciudad de Buenos Aires en 1949. Tuvieron dos hijos: 'Pepito' y Roberto Cibrián Campoy.
José Cibrián, hijo de actores españoles itinerantes y quien llegó a tener su propia compañía teatral, murió el sábado 28 de diciembre de 2002, a los 86 años.
El obituario dirá que Campoy, hija de actores, nieta y bisnieta de cómicos, falleció a las 10:10 del sábado 8 de julio en la Clínica de la Trinidad de la Ciudad de Buenos Aires, a causa de una neumonía que la afectaba desde hace tiempo.
Campoy nació el 26 de julio de 1925 en Bogotá, Colombia. Sus restos fueron velados en forma privada y luego cremados en una ceremonia íntima encabezada por su hijo, Pepe Cibrián.
El domingo 7 de noviembre de 2004, Ana María Campoy se despidió formalmente de su extensa carrera como actriz. Ella siguió dando clases de teatro en el Teatro del Globo hasta fines del mes pasado, a pesar de su malestar y de algunos problemas que tenía para movilizarse. Una crónica de aquella noche -y ella querría ser recordada como entonces- es la siguiente:
POR RODOLFO BELLA
CIUDAD DE BUENOS AIRES (La Capital). Oscar Wilde ejerce la fascinación de quien confronta las normas de su época. Tomado como paradigma de transgresión, el autor de origen irlandés es el personaje protagónico de 'La importancia de llamarse Wilde', el musical de Pepe Cibrián Campoy que se presentó el fin de semana en el teatro Broadway.
La obra forma parte de una trilogía no oficializada por el autor inspirada en Wilde que comenzó con 'El fantasma de Canterville', siguió con 'La importancia de llamarse Wilde' y cuya continuación será 'El retrato de Dorian Gray' que la dupla Cibrián Campoy-Angel Mahler planea estrenar el año que viene.
El desafío de contar el desenlace de la historia del autor y dramaturgo se supone una tarea mayúscula. Se trataba de no simplificar los incidentes que rodearon su caída después de que fuera acusado de sodomía por un noble inglés, pero tampoco transcribir punto por punto una vida intensa marcada por la extravagancia, pero también el talento y el ingenio.
La prosa de Wilde es como el arte de los malabaristas. Cada línea, aún en la abundancia de adjetivos, perífrasis y metáforas estetizantes, está afectada por una manipulación que la transforma en un juego de ingenio, una alegoría puesta al servicio de la ironía y un humor estimulante.
Con tal abundancia de desafíos como hubiese significado lidiar con el referente literario y al mismo tiempo no perderse en los detalles, Cibrián Campoy recurrió a narrar su historia sin ajustarse a la cronología ni a intentar poner en escena al héroe sino al hombre. Así, la pieza comienza con Wilde con ropa de reo, en una charla con quien fue la causa de su desgracia, lord Alfred Douglas.
La estructura de la pieza se articula en torno a flash backs. Así aparecen sin orden cronológico distintos acontecimientos y personajes que formaron parte de su vida, como su esposa Constanza, su madre Speranza, y su amigo Alfred Douglas.
El director también se permitió momentos de extrañamiento al sacar de contexto los parlamentos. El recurso permite descomprimir la densidad de la trama, y aporta ráfagas de ironía sobre ese circo con el cual Cibrián Campoy representó la vida de Wilde. La estética circense está representada por dos elementos eficazmente resueltos como el vestuario y la escenografía.
Clowns estilizados, personajes un poco siniestros, al estilo de freaks con algo de malicia rodean al personaje central la mayor parte de las dos horas y media que dura el espectáculo son alternativamente jueces, amigos y conocidos de Wilde, una corte de aduladores, o un grupo de necios que no duda en gritarle la culpabilidad del crimen por el que se lo juzga.
La pieza supone la despedida de los escenarios de Ana María Campoy, quien además fue declarada madrina del teatro Broadway durante la función de ayer durante un homenaje a su trayectoria. La actriz se lució, aún con dificultades motrices, en la interpretación de un personaje arrogante, ambicioso y tan extravagante como su hijo Oscar y que requería imponer su autoridad. Así lo demuestra sobre todo en un bello monólogo donde absuelve al escritor de toda culpa.
Exceptuando algunos tramos, como una extensa declaración de principios donde Wilde descubre su vulnerabilidad, o escenas que se extienden ralentando el ritmo de la pieza, 'La importancia de llamarse Wilde' es una acertada crítica a los prejuicios de la sociedad. La puesta en escena está resuelta con ingenio al buscar en la parodia el recurso más firme al tiempo que ejerce su propia justicia poética sobre Oscar Wilde.

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