Los lagos Aluminé y Moquehue, de origen glaciar, refuerzan ese parecido europeo. Sus aguas cambian de tonalidad según la luz del día, generando postales que recuerdan a los espejos de agua más fotografiados del viejo continente. A esto se suma la baja densidad poblacional de la zona, que garantiza jornadas silenciosas, ideales para desconectar de la rutina.
Sin embargo, hay un elemento que ningún destino europeo puede igualar: los bosques de pehuenes, también llamados araucarias araucanas. Estos árboles milenarios le dan una identidad única a la cordillera neuquina y son, además, parte esencial de la cultura de las comunidades originarias de la región, que utilizan su fruto, el piñón, como base histórica de su alimentación.
Ya con la llegada del verano, los mismos lagos que hoy invitan al esquí se transforman en el escenario ideal para el kayak, la pesca deportiva y los paseos náuticos por sus distintas bahías, lo que convierte a este rincón patagónico en un destino de doble temporada.
La propuesta gastronómica completa la experiencia. Los restaurantes de la zona combinan los sabores típicos de la Patagonia con recetas ancestrales de la cocina mapuche, en las que la trucha fresca, los frutos rojos y distintas preparaciones a base de piñón se convierten en protagonistas indiscutidos de cada carta.
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