A las almas perdidas, explicó, hace 3500 años, no se les tenía miedo, sino que eran vistos como seres que había que ayudar a cruzar al otro lado.
"Todo el mundo en la Mesopotamia, hasta donde yo sé, creía en fantasmas", explica el especialista. No era un tema que se discutía, si estos existían o no; era dado por hecho. "No les tenían miedo sino que les despertaban compasión, ya que creían que estaban en problemas y no podían descansar y necesitaban ser ayudados. Había toda una escuela de magia especializada en apaciguar a los fantasmas y devolverlos a donde pertenecían".
Para exorcisar al fantasma, explica Finkel, según detalla el ritual, se necesitaba buscarles pareja.
Entonces lo que se hacía era fabricar una pequeña figura de arcilla que representaba al fantasma y otra figura que representaba a un "amante joven y sexy".
Se debía también fabricar miniaturas de los objetos que necesitarían para llevarse a un viaje.
Ambas figuras eran enterradas en un pozo. La idea es que el fantasma podría entonces seguir su camino hacia el mundo subterráneo y no regresar.
Había un tipo de fantasma que sí era peligroso, explicó Finkel. Probablemente se tratara de gente que ya era desagradable cuando estaba viva. Este tipo de fantasmas tenía el hábito de meterse en los oídos de la gente cuando dormían y volverlos locos, alterando su estado psicológico y causando otras dificultades.
"La gente creía que la migraña era causada por esta entidad que entraba por el oído y debía ser retirada".
La investigación completa de Finkel se publicará el próximo 11/11 en un libro titulado The First Ghosts: Most Ancient of Legacies (Los primeros fantasmas: El más antiguo de los legados).