El potencial de la obsolescencia programada es considerable y cuantificable para beneficiar al fabricante, dado que en algún momento fallará el producto y obligará al consumidor a que adquiera otro satisfactor,1 ya sea del mismo productor (mediante adquisición de una parte para reemplazar y arreglar el viejo producto o por compra de un modelo más nuevo), o de un competidor, factor decisivo también previsto en el proceso de obsolescencia programada.
Para la industria, esta actitud estimula positivamente la demanda al alentar a los consumidores a comprar de modo artificialmente acelerado nuevos productos si desean seguir utilizándolos.
La obsolescencia programada se utiliza en gran diversidad de productos. Existe riesgo de reacción adversa de los consumidores al descubrir que el fabricante invirtió en diseño para que su producto se volviese obsoleto más rápidamente a fin de que los clientes recurran a la competencia y basen su elección en durabilidad y buena calidad del producto.
Este concepto surgió en una etapa en que el capitalismo visionaba al mundo desde una perspectiva de abundancia. Los conflictos por los recursos y el gravísimo daño al medio ambiente han puesto a esta práctica bajo la lupa, dado que para aplicar la obsolecencia a los productos se requiere una cantidad de recursos no renovables que en un futuro cercano no estarán disponibles.
Un documental en cuatro partes dirigido por Cosima Dannoritzer y emitido en la TV española da cuenta de la situación actual a la que nos ha llevado la obsolencia programada: