Su repercusión resultó llamativa porque no fue el terremoto más potente registrado aquel año en el archipiélago. Ese lugar correspondió a un movimiento de magnitud 3,8 localizado en El Hierro, a unos 36 kilómetros de profundidad, que no llegó a ser reportado por la población. La comparación demuestra que la magnitud no determina por sí sola cuánto se percibe un sismo: también influyen la profundidad, la distancia respecto de los núcleos urbanos, el tipo de terreno y el momento en que ocurre.
El mapa del IGN muestra la concentración de los diez sismos registrados en Agaete y sus proximidades entre el jueves y la madrugada del viernes.
¿Los terremotos de Agaete pueden provocar un tsunami?
La ubicación costera de Agaete abre inevitablemente la pregunta, pero los diez sismos registrados no presentan capacidad para generar un tsunami. El mayor alcanzó una magnitud de apenas 2,1 y ninguno produjo el desplazamiento de una gran masa de agua. Para que ocurra un fenómeno de ese tipo suele ser necesario un terremoto submarino mucho más potente y superficial, capaz de elevar o hundir abruptamente una extensión considerable del fondo oceánico. También pueden provocarlo enormes deslizamientos costeros, derrumbes submarinos o determinados procesos volcánicos, condiciones que tampoco aparecen en este episodio.
Eso no significa que Canarias permanezca completamente ajena a esta amenaza. Una revisión de los registros históricos identificó al menos cuatro tsunamis de origen sísmico que alcanzaron el archipiélago, ocurridos en 1755, 1761, 1941 y 1969. El más importante y mejor documentado fue provocado por el gran terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, cuyo impacto atravesó el Atlántico y llegó hasta diferentes islas. Las crónicas de la época describen la destrucción de las Salinas del Río, en Lanzarote, y la inundación de la antigua ermita del puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria.
Las investigaciones realizadas siglos después también encontraron pruebas físicas de aquel acontecimiento en el litoral del Parque Nacional de Timanfaya. Allí aparecieron grandes bloques de basalto depositados sobre terrenos volcánicos y con características propias de un oleaje extremo. Los especialistas estimaron que fueron arrastrados por olas de aproximadamente 2,5 metros, que llegaron a internarse unos 180 metros desde la costa. El hallazgo confirmó geológicamente un episodio que hasta entonces se conocía principalmente por los testimonios escritos conservados desde el siglo XVIII.
El riesgo general, por lo tanto, existe, aunque se considera poco frecuente y no guarda relación con la cadena de movimientos detectada ahora en Agaete. El Plan Estatal de Protección Civil contempla escenarios extremos en los que un gran terremoto en las fallas atlánticas de Marqués de Pombal o Horseshoe podría generar olas superiores a ocho metros en algunos puntos de Canarias, con un tiempo estimado de llegada superior a una hora. Se trata de modelos preventivos construidos sobre las situaciones más desfavorables posibles y no de una predicción ni de una amenaza inminente.
Ante un terremoto potencialmente peligroso, la Red Sísmica Nacional evalúa automáticamente su magnitud, profundidad, ubicación y distancia respecto de las costas para determinar si corresponde emitir información, un aviso o una alerta. Los movimientos recientes quedan muy lejos de esos escenarios: su relevancia reside en la concentración temporal y en que dos fueron sentidos por los vecinos, no en su capacidad destructiva. Introducir la posibilidad de un tsunami como consecuencia directa de esta serie sería, por eso, científicamente incorrecto y generaría una alarma que los registros disponibles no justifican.
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