Sin embargo, la devastación de 2024 necesitó varias piezas adicionales. La depresión aislada se situó cerca del estrecho de Gibraltar, favoreció la aparición de bajas presiones sobre el mar de Alborán y canalizó un intenso flujo de viento del este hacia la fachada mediterránea. Sobre Valencia se formaron entonces varios “trenes convectivos”: tormentas que avanzaban una detrás de otra sobre los mismos municipios y descargaban sin dar tiempo a que el agua pudiera evacuarse. En Turís se registraron 185 litros por metro cuadrado en una hora, 621 en seis horas y 772 durante toda la jornada, tres récords de la red de estaciones de la agencia.
Esa circulación persistente es justamente la pieza que hoy no aparece en ninguna previsión. AEMET puede observar que el mar vuelve a ofrecer una enorme cantidad de combustible y que el trimestre presenta mayor probabilidad de lluvias, pero todavía no existe una depresión aislada ni un patrón de vientos que permita proyectar dónde y cuándo descargaría. En 2024, la posibilidad de una DANA comenzó a mencionarse con elevada incertidumbre nueve días antes; la primera nota informativa llegó cuatro jornadas antes y los avisos concretos se fueron ajustando cuando los modelos redujeron el margen de error.
El problema de avisar cuando la tormenta ya comenzó
El peligro no termina cuando los meteorólogos identifican la posibilidad de lluvias intensas. Entre la previsión y el mensaje que finalmente recibe la población existe una cadena de decisiones en la que intervienen Protección Civil y los gobiernos autonómicos. AEMET establece niveles amarillos, naranjas o rojos según la amenaza calculada, pero no controla el sistema ES-Alert que hace sonar los teléfonos: su activación depende de las autoridades encargadas de gestionar la emergencia.
Esa diferencia quedó expuesta el 29 de octubre de 2024. El organismo estatal había advertido sobre el fenómeno varios días antes y elevó el aviso a rojo en el interior norte de Valencia a las 7:31 de aquella mañana. Sin embargo, el Centro de Coordinación de Emergencias de la Generalitat no envió la comunicación masiva hasta las 20:11. Para entonces, numerosas carreteras estaban cortadas, distintos municipios sufrían inundaciones y el agua avanzaba por el barranco del Poyo. Aquellas casi trece horas se convirtieron después en uno de los puntos centrales de la investigación sobre la gestión de la tragedia.
La discusión reapareció durante el temporal del pasado 16 de septiembre. Toda la provincia se encontraba bajo nivel naranja y algunos municipios superaron los 100 litros por metro cuadrado, pero el ES-Alert recién llegó a las 22:08. Ya se habían registrado calles anegadas, vehículos atrapados, interrupciones del transporte y más de un millar de incidencias. Las asociaciones de víctimas, la oposición valenciana y la delegada del Gobierno cuestionaron la tardanza, mientras la Generalitat sostuvo que actuó cuando las mediciones confirmaron que la lluvia estaba superando los valores contemplados.
Las últimas inundaciones en Barcelona y Valencia dejaron calles anegadas, rescates y graves problemas en el transporte, mientras crece la preocupación por un Mediterráneo cada vez más cálido.
FOTOS: RECORTE
El conflicto nace de un dilema todavía sin resolver. Enviar mensajes ante cada nivel naranja podría saturar a la ciudadanía y restarle credibilidad al sistema, pero esperar hasta comprobar desbordamientos convierte una herramienta preventiva en una advertencia lanzada cuando el peligro ya está en las calles. Protección Civil puede ordenar el envío sin necesidad de aguardar al máximo nivel, especialmente en zonas donde los barrancos responden en pocos minutos. Cuando la confirmación llega desde el terreno, para algunos vecinos puede ser demasiado tarde para desplazarse o buscar refugio.
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