No obstante, lo verdaderamente escalofriante de “El ángel de la muerte” no reside únicamente en sus recursos narrativos o en su reparto de lujo, sino en el hecho de que todo lo que se cuenta está inspirado en una historia real. Charles Cullen, enfermero de profesión, confesó haber asesinado a al menos 29 pacientes a lo largo de su carrera. Sin embargo, las investigaciones apuntan a que el número real de víctimas podría ascender a 400, lo que lo convertiría en uno de los asesinos seriales más prolíficos de la historia de Estados Unidos.
En ese sentido, el guion de Krysty Wilson-Cairns logra un equilibrio delicado: evita el sensacionalismo y se concentra en el impacto humano de los hechos. No es solo la historia de un asesino, sino también la de una mujer que, desde un lugar muchas veces invisibilizado como es el trabajo de enfermería, decide enfrentarse a una maquinaria que prefiere mirar hacia otro lado.
En simples palabras, “El ángel de la muerte” no es una simple propuesta para quienes buscan un thriller atractivo en una noche de ocio. Es un recordatorio de que la realidad, por momentos, puede ser más escalofriante que cualquier ficción. Una película que incomoda, que conmueve y que obliga a preguntarse hasta qué punto los sistemas que deberían protegernos están dispuestos a ver —o a callar— lo evidente.
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