El peso de las palabras de Romina Yan
En la entrevista, Cris Morena rememoró la profunda mirada de su hija y el mensaje que recibió al día siguiente: “Mamá, me levanté a las 4 de la mañana, me fui al espejo, me miré y me di cuenta de que cada vez soy más parecida a vos; por eso siempre vuelvo a vos”. Este mensaje, que en su momento reflejaba la conexión entre madre e hija, cobró un significado particular tras las recientes declaraciones de Valentín.
Los miles de seguidores de Cris Morena respondieron a su posteo con cientos de mensajes de cariño, destacando el rol de los abuelos y el valor de escuchar a los chicos. "Los ángeles que puso Romina para cuidar a sus tres hijos", "Qué abuelos", "A los chicos se los escucha y se les cree siempre. Gracias por haberlo hecho", fueron algunos de los comentarios más frecuentes.
Un testimonio que rompe años de silencio
Valentín eligió hablar cuando sintió que era el momento. "Creo que llegó el momento de poder contar y sacarme una mochila que vengo cargando hace bastante tiempo", expresó.
Con esa frase abrió un relato que dejó al descubierto un secreto familiar guardado durante más de una década. El joven apuntó contra su padre, Darío Giordano, a quien responsabiliza de los golpes y el maltrato que sufrió en la infancia.
De acuerdo a lo contado por el joven de 23 años a Infobae, a los 12 se fue a vivir con su abuelo Gustavo Yankelevich, quien tras denunciar la situación, obtuvo la custodia de él y de su hermano mayor, Franco, mientras que su hermana menor, Azul, continuó viviendo con su padre. “Era un infierno vivir en esa casa ”, llegó a decir a ese medio.
La muerte de Romina Yan y el comienzo de todo
Romina Yan murió el 28 de septiembre de 2010, a los 36 años. Valentín tenía apenas siete. Aquella pérdida marcó un antes y un después en su vida y en la de su hermano.
Según contó, las agresiones empezaron cuando tenía entre nueve y diez años, y también alcanzaron a Franco. El golpe emocional de haber perdido a su madre se sumó entonces a un clima de violencia dentro del hogar.
Valentín describió la convivencia con pocas palabras y mucho peso. "Eran golpes, gritos, maltrato", relató.
Contó además que las horas en el colegio eran el momento más tranquilo de su día, porque no quería volver a su casa. Para un chico, la escuela suele ser un lugar de rutina; para él era un refugio.
También afirmó que llegó a tener pensamientos relacionados con la muerte y que sentía que no había un lugar seguro al que acudir.
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