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Ola de calor en Europa: el Rin y el Danubio se secan y golpean la energía y el comercio

Rumania prepara el cierre de su única central nuclear y Suiza desvía cargas a trenes y camiones ante la histórica bajante de los grandes ríos europeos.

Europa vuelve a mirar los termómetros, pero la nueva ola de calor ya empieza a medirse también en metros de agua. Después de semanas de temperaturas extremas, lluvias insuficientes y suelos cada vez más secos, el Rin y el Danubio atraviesan bajantes históricas que están convirtiendo dos de las grandes arterias del continente en un problema para el transporte, la industria y la generación eléctrica.

Copernicus ya había advertido que durante julio los caudales estuvieron muy por debajo de lo habitual en amplias zonas de Europa occidental y central. El escenario empeoró todavía más este martes. En Alemania, el Rin alcanzó nuevos mínimos y algunas compañías comenzaron directamente a suspender viajes de carga ante la imposibilidad de navegar con normalidad. A cientos de kilómetros, el Danubio cayó en la frontera rumana hasta un mínimo histórico de 1.370 metros cúbicos por segundo, una bajante tan severa que Rumania podría verse obligada el jueves 13 de agosto a detener el último reactor activo de Cernavoda, su única central nuclear y responsable de alrededor del 20% de la electricidad del país.

Así, la ola de calor empieza a mostrar una factura que va mucho más allá de las temperaturas récord. Europa necesita más electricidad para refrigerarse justo cuando la falta de agua dificulta la operación de parte de su infraestructura energética, mientras las rutas fluviales que mueven combustibles, materias primas y mercancías pierden capacidad día tras día. La Organización Meteorológica Mundial advirtió este martes que los episodios de calor extremo son cada vez más frecuentes, intensos y prolongados por el cambio climático, con Europa como el continente que más rápido se está calentando.

El Rin se parte y obliga a mover el comercio por tierra

La primera consecuencia visible de la sequía aparece sobre el agua, pero termina trasladándose rápidamente a carreteras y vías ferroviarias. El Rin, una de las grandes arterias comerciales de Europa, alcanzó este martes un nuevo mínimo en el paso de Kaub, uno de los puntos más delicados para la navegación: la profundidad navegable cayó hasta apenas 15 centímetros, por debajo del récord de 25 centímetros registrado en 2018. En la práctica, buena parte del transporte comercial hacia el sur quedó prácticamente detenido.

La situación venía deteriorándose desde hace semanas. Los barcos de carga que todavía consiguen circular lo hacen, en muchos casos, con apenas un 20% de su capacidad, porque cuanto mayor es el peso más profundidad necesita la embarcación. Eso obliga a repartir una misma mercancía entre varios buques, multiplica viajes y encarece el transporte de granos, minerales, carbón, combustibles y productos industriales. Empresas alemanas como Thyssenkrupp ya habían reconocido dificultades para recibir materias primas y una reducción parcial de su producción por estos problemas logísticos.

El cuello de botella es tan grande que Alemania empezó a buscar alternativas extraordinarias. Varias regiones flexibilizaron las restricciones que normalmente limitan la circulación de camiones durante los fines de semana para absorber parte de las cargas que ya no pueden moverse por el río, mientras Suiza también comenzó a derivar mercancías hacia carreteras y ferrocarriles. El tramo norte todavía permite conectar puertos como Ámsterdam, Róterdam y Amberes con parte de Alemania, pero el punto crítico de Kaub rompe la continuidad de la ruta hacia el sur.

Y no solamente sufren las mercancías. Los cruceros y las excursiones fluviales también quedaron atrapados por la bajante. La asociación alemana de navegación advirtió que, con semejante nivel de agua, tampoco pueden operar con normalidad los viajes turísticos por el Rin. En el Danubio la situación ya había provocado en julio barcos varados al norte de Budapest, excursiones suspendidas y una caída del 18% en las reservas de una de las principales compañías húngaras, mientras operadores internacionales cancelaron algunas salidas por los bajos niveles de ambos ríos.

El problema, por lo tanto, empieza a superar ampliamente la imagen de un cauce vacío. Cada centímetro que pierde el Rin reduce la cantidad de mercancías que Europa puede mover por una de sus rutas más baratas y estratégicas, obliga a trasladar más carga a sistemas terrestres mucho más costosos y amenaza con convertirse en otro freno para una economía alemana que recién comenzaba a mostrar señales de recuperación.

Menos agua y más calor: las centrales europeas empiezan a perder potencia

La bajante ya dejó de ser únicamente un problema para los barcos. Rumania se prepara para detener el último reactor que permanece activo en Cernavoda, la única central nuclear del país. Una de sus dos unidades había sido desconectada a finales de julio y, si el nivel continúa descendiendo, la restante podría dejar de producir este jueves. En condiciones normales, ambas aportan alrededor del 20% de toda la electricidad rumana.

La gravedad de la situación llevó incluso a medidas extraordinarias. Las autoridades volaron rocas del lecho del río, realizaron trabajos de dragado e intentaron redirigir el caudal mediante barcazas cargadas con piedras para garantizar que suficiente líquido alcanzara los sistemas de refrigeración de la planta. Rumania declaró además una emergencia energética para agosto y tiene preparado un esquema de cortes escalonados para grandes consumidores industriales si la generación continúa deteriorándose.

Hungría estuvo todavía más cerca del apagón nuclear. Paks, responsable de casi la mitad de la electricidad del país, llegó a funcionar con apenas uno de sus ocho turbogeneradores y alrededor del 10% de su capacidad por la escasez necesaria para enfriar sus instalaciones. Una pequeña recuperación del caudal permitió comenzar a reactivar una segunda turbina esta semana, aunque el Gobierno advirtió que el alivio podría durar poco si regresan las temperaturas extremas y continúa sin llover.

La central nuclear de Paks, en Hungría, redujo drásticamente su producción por la bajante del Danubio, clave para refrigerar sus instalaciones.

El problema tampoco termina en esa cuenca. En Eslovenia, la central nuclear de Krško redujo su producción al 80% por las altas temperaturas y el bajo nivel del río Sava, otro de los cursos de agua golpeados por la sequía. Francia atraviesa restricciones similares: algunos reactores deben limitar su actividad cuando los ríos utilizados para refrigerarlos alcanzan temperaturas demasiado elevadas, ya que existen límites ambientales para devolver esa agua caliente al ecosistema. Este martes, esas restricciones contribuyeron a que los precios eléctricos diarios franceses subieran más de un 20%.

Serbia completa el mapa desde otro frente. El país no cuenta con centrales nucleares operativas, pero Djerdap 1, su mayor hidroeléctrica, cayó a aproximadamente un tercio de su producción habitual por el desplome del caudal. Las plantas de carbón de Kostolac también comenzaron a registrar dificultades en sus sistemas de refrigeración, una muestra de que la crisis hídrica afecta a distintas tecnologías de generación y no solamente al sector nuclear.

La paradoja atraviesa todo el continente: cuanto más calor hace, más electricidad necesita Europa para refrigerar hogares, comercios e industrias, pero esas mismas condiciones extremas reducen uno de los recursos necesarios para producirla. El impacto empieza así a trasladarse desde los cauces hacia las centrales y, finalmente, al precio de la energía en pleno pico de consumo del verano.

La sequía también desentierra la guerra: buques nazis reaparecen en el Danubio

La bajante extrema dejó además una de las imágenes más sorprendentes de este verano europeo. Cerca de Prahovo, en Serbia, comenzaron a emerger nuevamente los restos de buques de guerra alemanes hundidos durante la Segunda Guerra Mundial, algunos apenas visibles sobre bancos de arena que normalmente permanecen varios metros bajo el agua. Reuters registró varios de esos cascos oxidados a finales de julio, expuestos por la combinación de sequía y calor extremo.

No se trata de barcos perdidos accidentalmente. En septiembre de 1944, durante la retirada alemana frente al avance del Ejército Rojo, las tropas nazis hundieron deliberadamente buena parte de su flota del Mar Negro para bloquear la navegación y evitar que las embarcaciones cayeran en manos soviéticas. Los historiadores calculan que hasta 200 naves fueron enviadas al fondo en aquella operación y muchas continúan allí más de ocho décadas después.

El problema es que algunos de esos restos todavía podrían conservar armamento y explosivos, por lo que su aparición no representa únicamente una curiosidad histórica. Serbia lleva años intentando retirarlos porque estrechan el canal navegable y dificultan todavía más el paso de mercancías cuando el caudal baja. Un proyecto respaldado por la Unión Europea prevé recuperar 21 de los pecios más problemáticos antes de 2028 y recibió una ayuda de 16 millones de euros, después de estimarse que las obstrucciones provocaban pérdidas cercanas a los cinco millones anuales.

La bajante del Danubio permitió recuperar en Budapest una motocicleta militar alemana de la Segunda Guerra Mundial que llevaba décadas oculta bajo el agua.

Y los barcos no fueron lo único que reapareció. En Budapest fue recuperada una motocicleta militar alemana de la Segunda Guerra Mundial, mientras que en Eslovaquia las autoridades retiraron una bomba británica de unos 700 kilos que permanecía sin explotar. Son hallazgos que convierten la sequía en algo mucho más visual: mientras el Rin y el Danubio pierden el agua necesaria para mover la Europa actual, sus cauces empiezan literalmente a devolver restos de la Europa de hace ochenta años.

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