Aproximadamente otros 5.000 falashas lo estaban esperando allí para denunciar la discriminación que sufren en Israel. "Cuando nuestros padres emigraron en masa a principios de la década de 1980, ellos pensaban que estaban escapando al paraíso. Pero todo lo que hemos encontrado es desprecio", dice Adissu Mohal, un empleado de supermercado de 40 años de edad. "No pasa un día sin que alguien me está tratando como a una cucaracha por el color de mi piel".
El descontento de los falashas creció exponencialmente hace 3 semanas cuando los habitantes blancos de Kiryat Malahi acordaron por escrito no alquilar o vender sus mercancías a los negros. La Municipalidad apoyó el acuerdo. "No queremos estas mierdas en nuestros edificios", dijeron residentes de la ciudad a periodistas allí presentes. En respuesta, los falashas, que no habían protestado desde 1995, salieron a las calles. "Somos iguales a ustedes, escúchennos”, gritaban los manifestantes.
El ministro israelí para la inmigración e integración, por otra parte, niega que exista un problema. El Ministro Sofá Landver, terapeuta nacido en Rusia, dijo que los falashas harían bien en guardar silencio. "Ellos deberían estar agradecidos al Estado por todo lo que se ha hecho por ellos", dijo.
Es este tipo de abierto desprecio que impulsó a los 5,000 ex-etíopes a darle a Molat Araro una bienvenida de héroe a su llegada a Jerusalén. Tienen la esperanza de que la protesta crezca para el próximo encuentro en Tel-Aviv en los próximos meses.
"En Israel, no se llega a ningún lado si uno no grita. Ha llegado el momento de actuar, porque nuestra situación es insoportable", dice Kfissa, una madre soltera cuyas 2 hijas, de entre 8 y 11, se quedan en casa porque no hay clases que las aceptan. "Ya hemos tenido suficiente de no ser lo suficientemente bueno para nada excepto vaciar basurales por un salario escaso o rogando asistencialismo estatal”.
Sólo hay unos 100.000 falashas en Israel. En conjunto, representan solamente el 1,5% de la población y no tienen representación alguna en el gobierno. Una inquietante señal de cuales son las desesperadas condiciones en las que viven algunos falashas es el inquietante número de asesinatos y suicidios que han ocurrido durante la última década dentro de la comunidad. Ha habido por lo menos 30 casos de hombres falasha, desempleados y deprimidos, que mataron a sus esposas e hijos antes de quitarse la vida. Decenas de personas han intentado, sin éxito, hacer lo mismo.
Consciente de la gravedad del problema, el Ministerio de Inmigración encargó un estudio en 2009, pero los resultados fueron tan condenatorios para las políticas de integración del Estado que los capítulos más sensibles nunca fueron publicados. Empieza ahora un nuevo capítulo.