La involución es "la experiencia de estar encerrado en una competencia que, en última instancia, uno sabe que no tiene sentido", afirma Biao. Es aceleración sin destino, progreso sin propósito.
La tendencia comenzó en los campus universitarios más elitistas del país cuando las imágenes de estudiantes que llevaban trabajo duro al extremo se volvieron virales en Internet el año pasado. En una de las fotos, un estudiante de la Universidad de Tsinghua estaba usando su notebook mientras andaba en bicicleta.
El estudiante fue coronado como el "Rey Involucrado de Tsinghua", y la idea de la involución comenzó a ser tendencia en la generación joven de China, resonando especialmente entre los millennials nacidos después de la década de 1990 y la Generación Z.
Dos factores hicieron que los líderes chinos se preocupen aún más por la "involución" de los jóvenes: la pandemia de coronavirus y la próxima crisis demográfica del país. La tasa de fertilidad del país (la cantidad de hijos que se espera que una mujer tenga a lo largo de su vida) es de solo 1.3, una de las más bajas del mundo, según los resultados del último censo publicado en mayo. La medida del gobierno para poner fin a la política del hijo único en 2016 no ha logrado producir el mayor número de nacimientos que el país necesita desesperadamente para frenar el rápido envejecimiento de su población.
La renuncia a la sociedad de los jóvenes chinos es culpa de un sistema meritocrático ultracompetitivo, estrictamente controlado. Y un fiel reflejo de esto es el sistema educativo. Sin embargo, los jóvenes chinos no culpan al sistema del partido-Estado ya que justamente la educación gira en torno a maximizar el elogio al partido y minimizar cualquier discusión acerca de la forma de economía, política o social que rigen la vida en China.
En las primeras décadas, la educación permitió a la generación anterior aprovechar las grandes oportunidades frente a sus ojos. Pero las deficiencias del sistema, como las estresantes pruebas y la dependencia a la memorización que priva de autonomía intelectual, así como el gran giro ideológico en donde se tiene que recitar textualmente el dogma del Partido Comunista, no hacen más que desesperanzar y desmotivar a los jóvenes.
No sólo eso. El sistema educativo tenía la ventaja de brindarte la seguridad de que tu esfuerzo es la escuela te daría la oportunidad de tener una carrera brillante y un gran salario a futuro. Pero el mundo real no es lo que el sistema prometió.
El número de trabajadores con educación universitaria supera con creces los trabajos administrativos disponibles. Aquellos con trabajos luchan por arreglárselas con salarios que son una fracción de los de sus contrapartes occidentales, en ciudades donde los precios de la vivienda se encuentran entre los más altos del mundo.
Mirando hacia el futuro a lo largo de sus trayectorias actuales, muchos se dan cuenta de que nunca podrán pagar un departamento, considerado en general un requisito previo para el matrimonio en las grandes ciudades, y ganar un punto de apoyo en la clase media urbana. Entonces comienza a aparecer el agotamiento de la larga "carrera de ratas".
No se previó que el repentino aumento de graduados universitarios llevó a un exceso que le quitó el valor agregado a los títulos obtenidos.
El estado chino comprende la urgencia de impulsar a la juventud a una acción productiva. Pero está en un doble vínculo autoinfligido: ¿Cómo se puede conseguir que una generación a la que se le dijo desde joven que siguiera el guion del Estado se sienta capaz de actuar y motivarse?
Si los castigas, el Estado se arriesga a un estallido de descontentos y si inflas demasiado sus expectativas con grande promesas incumplibles, podría desencadenarse aún más rápidamente la profunda frustración.