Pero acá viene la parte irónica: la esposa de Trump, Melania Trump, nació en Eslovenia cuando era parte de Yugoslavia, se naturalizó recién en 2006, y ella sí es inmigrante; en cambio, Bad Bunny nació en Puerto Rico, que es territorio estadounidense, así que es ciudadano desde el día en que nació. En términos legales, él es más estadounidense que la mismísima Primera Dama.
Pero claro, en el imaginario conservador de ciertos sectores, un europeo rubio "encaja" más que un latino que habla español. Es el doble estándar de siempre: la extranjería molesta cuando tiene acento caribeño.
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Melania Trump nació en Eslovenia y obtuvo su ciudadanía estadounidense recién en 2006. En cambio, Bad Bunny, al nacer en territorio estadounidense no oficial (Puerto Rico) es estadounidense desde siempre.
Contra el establishment: El show que empezó fuera del estadio
El enojo de Trump y compañía no tiene que ver con la música ni con el idioma. Lo que les duele es que un latino con poder simbólico y discurso propio ocupe el escenario más visto del mundo, sin arrodillarse ante el relato dominante.
Bad Bunny no es un "artista de protesta" en el sentido tradicional, pero cuando no incluye ciudades estadounidenses en su tour o cuando denuncia a ICE por sus allanamientos tiene un peso político enorme. En una entrevista con i-D Magazine, Benito lo dijo sin vueltas: "Estaba el problema de que ICE pudiera estar fuera de mi concierto. Y es algo que estábamos hablando y que nos preocupaba mucho."
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CE y funcionarios conservadores, entre ellos Donald Trump, critican su participación pese a ser ciudadano estadounidense.
Y si hacía falta más gasolina, desde el gobierno republicano avisaron que habrá agentes de ICE en el Super Bowl, como si un partido de fútbol americano necesitara vigilancia migratoria. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, llegó a decir que "los agentes estarán por todas partes del evento". No podría ser más claro lo absurdo: un ciudadano yanqui, puertorriqueño, será custodiado por un operativo pensado para atrapar inmigrantes ilegales.
Pero ahí está el punto: Bad Bunny no busca congraciarse con nadie. Nunca lo hizo. Prefirió no hacer shows en EE. UU. antes que exponer a sus seguidores a un operativo migratorio. Se viste como quiere, canta en el idioma que siente, y no le tiembla la voz para criticar a quien tenga que criticar. Y eso, en el contexto actual, es revolucionario.
Mientras algunos lo acusan de "dividir", él en realidad está ampliando el mapa de quiénes pueden ser parte del mainstream global sin dejar de ser lo que son. En un país que todavía discute si el español tiene lugar en su cultura popular, Bad Bunny no pide traducción: impone respeto con ritmo, con política y con coherencia.
Cuando suba al escenario en febrero de 2026, no va a estar solo: va a estar todo un continente que entiende que el poder cultural también se disputa bailando. Y esta vez, el conejo malo ya ganó antes de que suene la primera nota.
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