La transformación es significativa respecto de 2013, cuando el terrorismo extranjero todavía superaba al interno como preocupación de los estadounidenses.
El legado del 11-S sigue presente
La percepción de la amenaza cambió, pero el impacto emocional de los atentados permanece. Seis de cada diez estadounidenses consultados por Reuters/Ipsos dijeron que todavía piensan periódicamente en el 11-S. Además, el 75% considera que los atentados tuvieron un impacto importante sobre Estados Unidos, una proporción muy superior a la que atribuye ese nivel de impacto a la crisis financiera de 2007-2009.
La respuesta posterior también conserva apoyo en algunos aspectos. Una mayoría considera que el refuerzo de la seguridad aeroportuaria implementado después de los atentados valió la pena, pese a las demoras y restricciones que introdujo en los viajes.
Pero existe una diferencia importante cuando se trata de vigilancia estatal: el 65% rechaza que las agencias de inteligencia puedan monitorear comunicaciones electrónicas de ciudadanos estadounidenses sin una orden judicial, según el mismo sondeo.
Las guerras posteriores al 11-S perdieron apoyo en USA
El cambio en la percepción de las amenazas también convive con una revisión crítica de las decisiones tomadas después de los atentados. Conforme a la fuente, el 48% de los estadounidenses considera que la guerra de Afganistán no valió la pena, mientras apenas el 21% sostiene lo contrario. La evaluación sobre Irak es todavía más negativa: 51% considera que esa guerra no valió la pena y solo 21% la defiende.
Ese rechazo ayuda a explicar uno de los cambios centrales de la política estadounidense posterior al 11-S: la pérdida de respaldo a las intervenciones militares prolongadas.
La cuestión vuelve a aparecer en la actualidad con la guerra contra Irán impulsada por Donald Trump. Otra encuesta de Reuters/Ipsos mostró que solamente el 25% de los estadounidenses considera que ese conflicto vale la pena, mientras el 54% opina lo contrario.
Trump y una disputa sobre su recuerdo del 11-S
En el marco de las conmemoraciones por los 25 años de los atentados, Donald Trump volvió a reivindicar públicamente su cercanía con las tareas desarrolladas en la Zona Cero después del ataque.
Su relato fue cuestionado por personas que participaron directamente de las operaciones de rescate y por un biógrafo del presidente, según informó The New York Times.
La controversia adquiere una dimensión particular porque el 11-S continúa siendo uno de los acontecimientos fundacionales de la política estadounidense contemporánea. La forma en que dirigentes y ciudadanos recuerdan aquel día también determina cómo se interpreta el cuarto de siglo posterior: las guerras, las políticas de seguridad, la vigilancia interna y las consecuencias sanitarias.
La otra herencia del 11-S: una crisis sanitaria que continúa
Pero el legado del atentado no se limita a la memoria política.
Miles de sobrevivientes, rescatistas, policías, bomberos, trabajadores y habitantes de Nueva York desarrollaron enfermedades después de haber estado expuestos al polvo y los contaminantes generados por el derrumbe de las Torres Gemelas. Veinticinco años después, la calidad del aire vuelve a ocupar el centro del debate.
El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, anunció la publicación de alrededor de 170.000 documentos municipales relacionados con la respuesta de las autoridades a la contaminación posterior al atentado.
Según la información difundida por la BBC, los documentos muestran que funcionarios de Nueva York estaban preocupados por la calidad del aire en Manhattan durante los días y semanas posteriores al ataque, mientras públicamente se transmitían mensajes tranquilizadores sobre las condiciones ambientales.
La documentación fue localizada después de que una organización de sobrevivientes, 9/11 Health Watch, iniciara una demanda para obtener esos registros.
El "Memorando Harding" y las dudas sobre la respuesta oficial
Entre los documentos aparece un informe de octubre de 2001 conocido como "Memorando Harding". Según el material aportado, un asesor advirtió al entonces vicealcalde Robert Harding que la ciudad podía enfrentar hasta 35.000 demandas vinculadas con su respuesta a los ataques.
El documento planteaba, entre otros riesgos, que los mensajes oficiales sobre la seguridad del área pudieran haber llevado a personas a regresar demasiado pronto a zonas contaminadas. La discusión vuelve así sobre una pregunta que permanece abierta 25 años después: qué sabían las autoridades sobre la contaminación de la Zona Cero, cuándo lo supieron y qué información transmitieron a la población.
La entonces directora de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense, Christine Todd Whitman, había defendido inicialmente la seguridad del aire en el área del desastre y posteriormente pidió disculpas por aquellas declaraciones.
El 11-S cambió, pero no desapareció
La encuesta de Reuters/Ipsos muestra una paradoja: el terrorismo internacional que dominó la agenda estadounidense durante las primeras décadas del siglo XXI dejó de ser la principal preocupación de buena parte de la población, pero el acontecimiento que lo convirtió en una prioridad nacional continúa influyendo sobre la política, la seguridad y la memoria colectiva.
A 25 años del 11-S, Estados Unidos enfrenta amenazas diferentes y debates nuevos, pero todavía convive con las consecuencias de aquel día.
El temor al extremismo doméstico creció. Las guerras posteriores perdieron legitimidad. La seguridad aeroportuaria permanece como una política ampliamente aceptada. La vigilancia sin orden judicial genera rechazo. Y, mientras tanto, los sobrevivientes continúan reclamando respuestas sobre una dimensión menos visible del atentado: las enfermedades provocadas por la exposición a los contaminantes de la Zona Cero.
El aniversario, por eso, no funciona solamente como un ejercicio de memoria histórica. También permite observar cómo una sociedad reconstruye, 25 años después, su idea de amenaza, seguridad, responsabilidad estatal y verdad pública.
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