La insólita obsesión de Chiche Gelblung que terminó muy mal
En Otro Día Perdido, Marina contó que durante la época en que trabajó con Chiche, alrededor de fines de los 90 y principios de los 2000, el periodista estaba obsesionado con un Tamagotchi. Sí, el mismo juguetito electrónico que millones de chicos tenían en los bolsillos y que exigía alimentarlo, limpiarlo y cuidarlo para evitar que se muriera.
La historia parece inventada por un guionista con ganas de cargar a Chiche, pero ocurrió. “¡Todo!”, respondió Marina cuando Mario Pergolini le preguntó si realmente le daba de comer. Y después llegó el dato que directamente liquida cualquier intento de imaginar la escena con seriedad: “¡Sí! ¡Te lo juro!”.
Según contó, Chiche podía estar hablando con el Presidente de la Nación y, si el Tamagotchi reclamaba atención, interrumpía todo. “Podía estar hablando con el Presidente de la Nación, cortaba todo y se ocupaba del Tamagotchi”, relató.
La situación llegó al absurdo el día en que la criatura digital murió. Marina aseguró que “suspendió la reunión de producción, fue un escándalo” y que Chiche estaba devastado. Pergolini, naturalmente, no pudo dejar pasar semejante contradicción: “Qué locas estas personalidades porque estás contando algo que uno no vincularía con alguien como Chiche Gelblung”.
Y ahí está justamente lo mejor de la anécdota. Marina lo describió como “un tipo súper racional, estricto”, pero capaz de poner en pausa una reunión de producción por un muñeco electrónico de píxeles grises.
El propio Pergolini resumió la precariedad tecnológica del objeto con una precisión demoledora: “No, un píxel gris...”. Marina tampoco tuvo demasiados reparos: “Era una porquería con todo respeto al Tamagotchi, pero no era una cosa sofisticada”.
El remate fue todavía más absurdo. Marina sostuvo que la muerte ocurrió en 1997 y deslizó una idea casi trágica: “Y además fue una injusticia porque con la dedicación que le puso al Tamagotchi...”.
El Tamagotchi no importa por sí mismo: importa porque revela una grieta inesperada en un personaje que durante décadas construyó una imagen de profesional duro, racional y obsesionado con el trabajo. Chiche podía discutir una información, pensar una tapa o interrogar a una fuente, pero también podía quedar destruido porque su mascota digital había pasado a mejor vida.
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