Aconsejado por Jaime Duran Barba, su alter ego comunicacional, se impuso la idea de demonizar a CFK y entonces todo era “la jefa de la banda”, “la ruta del dinero K”, “la chorra”, “se robaron un PBI", etc, etc… La idea era clara, con Cristina Fernández de Kirchner arrinconada, este lado de la grieta se impondría por “default”.
Mientras tanto el empresario exitoso, multicampeón con Boca Juniors y alcalde porteño capaz de poner en funcionamiento un carril exclusivo con el nombre de Metrobús, desempolvó en su presidencia el programa económico de José A. Martínez de Hoz, endeudó a la Argentina sin ton ni son y... ¡sucumbió electoralmente con la figura política que quiso destruir!
Esa figura política le puso un fronting llamado Alberto Fernández que intenta o, por lo menos lo enunció el 9 de Julio, unir a los argentinos. Y aquí viene a cuento lo de resignificar su mandato. El Presidente, por razones de peso, está llamado a ser un Presidente de transición.
Basicamente las razones son dos:
# Su condición de heredero, designado por un dedazo de Cristina, lo limita para ejercer un liderazgo fuerte. El tiempo fundante del “albertismo” ya fue, según el propio interesado, que nunca quiso darle alas al concepto. La idea de liquidar a su mentora presidencial a sugerencia del ex senador nacional a cargo de la Presidencia, Eduardo Duhalde, fue filtrada a un periodista del grupo Clarín, por el presidente de un banco estatal presente en el cónclave entre Alberto Fernández y el “Cabezón” de Lomas. Pero prescindir de Cristina, ni es posible, ni es aconsejable, cuando vamos a entrar en zona de turbulencia social.
# Alberto Fernández y su Presidencia quedarán signados por el episodio más traumático que se recordara en mucho tiempo. La covid-19 es una pandemia que a un tiempo destroza economías y reinventa liderazgos. Ya hemos contado en estas columnas que ningún Presidente cayó por la peste y que incluso algunos, subieron en popularidad. Fernández, con los matices del caso es uno de ellos. Pero todos sabemos que lo peor está por venir y que el cuadro social será agobiante. Por bien que lo haga Fernández, el desgaste no podrá evitarse.
Tal como en el deporte del yudo, el Presidente puede usar la fuerza del contrario, en este caso el coronavirus, para volcarla a su favor. Esto es de alguna manera reinventarse a partir de objetivos incluso modestos, que quedarán amparados por una correlación de fuerzas adversas, impuestas por los hechos entre otras cosas que son de público y notorio.
Si Alberto Fernández logra conducir el barco preservando cierta paz social, cimentar las bases de la reconstrucción productiva despejando el horizonte de por dónde hay que crecer y entierra las antinomias que muchas veces operan como dos caras de una misma moneda, su mandato estará más que cumplido. Esa será su mejor transición. Sus decisiones, la baraka y el destino, que es cabrón, lo pusieron en ese lugar.
Enigmas y misterios
Winston Churchill se reventaba los sesos tratando de adivinar qué cartas jugaría Iosif Stalin en las negociaciones de Yalta, donde se discutía ni más ni menos que el reparto del mundo luego de la 2da. Guerra Mundial. Churchill decía a sus colaboradores que Stalin era "un enigma encerrado en un misterio". Algo de eso le pasa a la Argentina.
Es un misterio enigmático, entender por qué los actores más o menos relevantes de la vida nacional, encaran con fruición debates absolutamente accesorios, secundarios y pueriles, como, por ejemplo, la guerra desatada entre periodistas a ambos lados de la grieta, que lo único que demuestra es que la hoguera de vanidades es trasversal y que no tiene límites.
Se pierden horas y días discutiendo sobre las condiciones de la muerte del finado Fabián Gutiérrez o si Lázaro Báez ira al country tal o cual o si los vecinos se manifestaron en contra de la “corrupción”.
Del otro lado del rio Bravo, se responde con las imágenes de periodistas acosados y violentados que cubren una manifestación contra el gobierno nacional.
Mientras tanto, los rostros de los comerciantes que cierran para siempre sus negocios, las pymes que no dan más, los hombres y mujeres que viven de la changa, los pequeños emprendedores y cuentapropistas a los que las manos del estado no abraza, siguen ausentes de la mayoría de las crónicas. Ojala la transición de Fernández los contenga.