Pero, ¿qué perdemos y que ganamos al comunicarnos sólo por estos medios?
Promesas y colores
WhatsApp, Videoconferencia, redes sociales, telefonía celular, cumplen con los fundamentos del “ser digital”:, eficiencia, registro, edición.
En la autopista global de la información, todo dato es comprimido al mínimo, registrado por los sistemas informáticos. Y es susceptible de edición y almacenamiento, logrando una eficiencia sin precedentes en la historia de la tecnología. Esto ha brindado un empoderamiento y capacidad única al usuario para elegir el momento y la forma en que desea conectarse con el resto de los integrantes de la red. Una enorme ganancia y la promesa del control total.
Pero existe también una pérdida: la dimensión de nuestra comunicación analógica. Y que explica el denodado esfuerzo que docentes y maestros deben realizar hoy para captar la atención e interés de los alumnos. Los gestos, las pequeñas inflexiones de la voz, la posición del cuerpo, el movimiento de las manos. Todo ello comunica sin palabras.
Porque los seres humanos hablamos sin hablar en todo momento: con nuestra mirada, los brazos, hasta con nuestra respiración. Lo hacemos, inclusive sin quererlo, porque nuestra palabra puede mentir, pero en general, el cuerpo no lo hace. La comunicación digital minimaliza el registro analógico de nuestra comunicación personal, y en algunos casos, lo anula. Lleva la interacción a un plano homogéneo, con un mismo tono y color. Por eso tantos equívocos, tantas miradas aburridas y saturadas frente a la pantalla de la computadora.
Por eso, al lanzarnos alegremente a realizar un webinar o una charla virtual, consideremos el desafío. La necesidad de redoblar el esfuerzo para transmitir mediante el volumen, tono, velocidad, la emoción que se pierde con la sincronicidad digital. Al menos, mientras la cuarentena siga postergando cada semana, los abrazos que todos deseamos dar.