La diversidad no se limita al género, la cultura o la formación académica. También incluye las experiencias que cada generación aporta.
Talento e innovación sin barreras
El autor subraya que no pretende enfrentar generaciones ni sostener que la experiencia sea superior a la juventud. La innovación necesita de ambas.
Como la expectativa de vida aumentó y la tecnología transforma el trabajo a una velocidad inédita, las organizaciones necesitan aprender de manera permanente.
El talento femenino argentino empieza a ocupar lugares de liderazgo en compañías que operan a escala regional o global.
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Y en ese punto sucede la paradoja: cuando más valiosa resulta la experiencia, con mayor facilidad se la descarta. A ese prejuicio se lo conoce como edadismo, que las priva de conocimiento, criterio y talento acumulado durante décadas.
"Todos creemos conocer el significado de la palabra prejuicio. Sin embargo, pocas veces advertimos hasta qué punto condiciona nuestras decisiones. Un prejuicio no necesita ser verdadero para producir consecuencias. Le alcanza con ser aceptado como si lo fuera. El edadismo es uno de esos prejuicios", pontifica.
Expresiones como: “Ya está grande para empezar de nuevo”, “Buscamos un perfil más joven”, “Le va a costar adaptarse”, suelen pronunciarse sin mala intención. Y allí reside buena parte de su fuerza: cuando un prejuicio deja de percibirse como tal y se convierte en sentido común.
Está presente en las conversaciones cotidianas, en los procesos de selección de personal, en las decisiones empresariales y, muchas veces, en la forma en que las personas comienzan a verse a sí mismas.
El edadismo es uno de los pocos prejuicios que todavía pueden expresarse en voz alta sin despertar demasiadas reacciones.
Las canas, la edad, son excusas para excluir a personas portadoras, sin reparar en sus talentos.
Decir que una persona “ya está grande para ese trabajo” suele sonar aceptable. Incluso puede parecer una afirmación objetiva.
Sin embargo, nadie puede conocer la capacidad de aprender, innovar o adaptarse de un ser humano observando la fecha de nacimiento que figura en su documento.
Cambios profundos y veloces
Pone Anselmino como ejemplo a una persona que hoy tiene setenta años y fue testigo de algunos de los cambios más profundos y veloces de la historia humana.
Vio llegar la televisión a los hogares, la informática personal, Internet, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial.
Cambiaron las formas de trabajar, estudiar, comunicarse y producir conocimiento...
Quien atravesó semejante transformación no puede definirse, sin más, como alguien incapaz de adaptarse, cuando su propia biografía demuestra lo contrario: cada cambio exigió aprender, desaprender y volver a empezar.
Las reflexiones y propuestas contenidas en estas páginas aclara que no están dirigidas sólo a especialistas en Recursos Humanos, sino que están pensadas para cualquier persona que alguna vez haya sentido que la edad se convirtió en un argumento para limitar sus posibilidades, o que haya utilizado ese mismo argumento para juzgar a otros.
Quizás haya llegado el momento de dejar de preguntar cuántos años tiene una persona y empezar a preguntar qué sabe, qué puede aportar y qué está dispuesta a seguir aprendiendo.
Nuevo paradigma
Anselmino analiza cómo el edadismo impacta en las personas, las empresas y la sociedad, y plantea un nuevo paradigma basado en el aprendizaje permanente, la cooperación entre generaciones y el aprovechamiento integral del talento humano.
Lejos de enfrentar juventud y experiencia, esta obra demuestra que ambas se potencian mutuamente, ya que la experiencia no es un costo del pasado, sino un activo para el futuro, afirma.
Además de hablar sobre el talento y el edadismo, este trabajo deja otro mensaje: el futuro probablemente no pertenezca a quienes pretendan reemplazar una inteligencia por otra, sino a quienes aprendan a hacerlas trabajar juntas.
Cada etapa de la vida aporta fortalezas diferentes. Comprender esa diversidad no es sólo un gesto de inclusión. Es una forma más inteligente de aprovechar el capital humano.
La experiencia no consiste en recordar cómo se hacían las cosas hace veinte años, sino en haber aprendido a enfrentar problemas distintos, tomar decisiones en contextos inciertos, resolver conflictos, asumir responsabilidades y volver a empezar cuando las circunstancias cambiaron.
Y el criterio no aparece de un día para otro. Se construye con aciertos, errores, éxitos y fracasos. Cada desafío deja una enseñanza que ninguna capacitación puede transmitir por completo.
La experiencia del autor
Nacido en 1962, el autor es un periodista con más de 40 años de trayectoria y relacionista público, que desarrolló su carrera vinculado a la comunicación, las organizaciones y las personas.
En esta etapa de su vida inició un nuevo recorrido como escritor y ensayista.
Roberto Armando Anselmino, consultor en Comunicaciones Externas, con raíz en el periodismo en Política, Economía y Negocios, autor de El Talento No Envejece.
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Sin haber realizado cursos ni profesorados sobre inteligencia artificial, se propuso aprender a utilizarla de manera autodidacta: experimentando, preguntando, discutiendo ideas, corrigiendo errores y volviendo a intentar.
Ese aprendizaje no fue técnico solamente, sino que le permitió desarrollar un método propio de trabajo: utilizar la inteligencia artificial como una interlocutora capaz de ordenar ideas, cuestionar argumentos y ampliar las posibilidades de la creatividad humana, sin reemplazar el criterio ni la responsabilidad del autor.
Vaticina que la inteligencia artificial cambiará muchas cosas. Las organizaciones también cambiarán. Las profesiones seguirán transformándose.
"Lo que no debería cambiar es nuestra capacidad para reconocer el valor de cada ser humano más allá de cualquier prejuicio", enfatiza.
Se ilusiona con que, dentro de algunos años, hablar de edadismo resulte tan extraño como hoy nos resultan otros prejuicios que la sociedad aprendió a dejar atrás.
Aspira a que el ensayo incentive a iniciar esa conversación en una organización, una familia, una universidad o simplemente entre dos personas.
E insta al final a no preguntarnos cuántos años tiene una persona, sino cuánto talento estamos dejando pasar cuando creemos que la edad puede definir su valor. Porque el talento no envejece.