En efecto, la prevalencia mundial de los trastornos de la alimentación es cuatro veces más alta de lo que creía.
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La incidencia global de estos desórdenes de salud mental aumentó un 15,3% en el primer año de la pandemia, respecto a años anteriores.
Un problema urgente de salud mental
Las cifras demuestran que los trastornos de la alimentación tienen una prevalencia comparable a los trastornos por consumo de drogas y son más comunes que los trastornos bipolares, el espectro autista y los de la conducta.
Los autores advirtieron que, a pesar de los números elevados todavía son insuficientes, dado a que no se pudieron incluir el trastorno por evitación/restricción de la ingesta de alimentos, de rumiación y pica.
En línea con estudios previos, se encontró que los trastornos de la alimentación son más frecuentes en los países de ingresos altos.
Sin embargo, se advirtió una tendencia en aumento en el resto de los países, especialmente en el este y el sur de Asia.
Una de las mayores dificultades que se presentan a la hora de luchar contra estos problemas de salud mental es la estigmatización y la autoestigmatización.
Como sucede también con otros desórdenes y, por ejemplo, con la obesidad, el estigma obstruye la búsqueda de ayuda y contribuye a la disminución de la visibilidad y a la poca conciencia en la sociedad.
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La estigmatización dificulta que las personas afectadas busquen ayuda profesional.
Trastornos de la alimentación en pandemia
La pandemia de COVID-19 ha exacerbado la carga de los trastornos de la alimentación y, al mismo tiempo, ha destacado una urgente necesidad de conciencia.
Si bien la pandemia ha afectado la salud mental de la población a nivel mundial, tuvo efectos perjudiciales en las personas que ya vivían afectadas por este grupo de enfermedades.
Múltiples informes de diferentes países en Europa, Australia y América del Norte han mostrado un aumento en la incidencia de comportamientos de trastornos de la alimentación y deterioro de los pacientes.
Mediante el análisis de registros de salud electrónicos, un estudio con 5.2 millones de jóvenes, demostró que la incidencia global de estos desórdenes aumentó en un 15,3% en 2020, respecto a años anteriores.
El riesgo relativo también aumentó constantemente desde marzo del 2020, principalmente relacionado a anorexia nerviosa en mujeres y niñas.
La pandemia "es una llamada de atención por hacer de los trastornos de la alimentación una prioridad”, escribió la investigadora Debra Katzman en la revista Adolescent Health.
Incluso antes de la pandemia de COVID-19, los estudios indicaban la necesidad de revisar críticamente la forma en la que se aborda el problema y desarrollar tratamientos eficaces.
Para vías de atención óptimas, los autores del estudio publicado en The Lancet detallan que se necesitan cinco pasos:
- Sensibilización y reconocimiento en la atención primaria de la salud
- Reducción del tiempo de acceso al tratamiento especializado
- Aumento en la eficacia del tratamiento y seguimiento continuo
- Optimización de atención hospitalaria
- Nuevo enfoque y nuevas estrategias de rehabilitación para individuos que no responden al tratamiento estándar.
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Si bien la pandemia ha afectado la salud mental de la población a nivel general, tuvo efectos particularmente perjudiciales en personas que ya vivían afectadas por trastornos de la alimentación.