Incluso así funciona en la zona de exclusión de Chernóbil, 30 kilómetros alrededor de la famosa planta en donde aconteció el mayor accidente nuclear de la historia, en abril de 1986. Casi todos los habitantes de Chernóbil, Prípiat y muchas aldeas cercanas fueron evacuados ante el enorme riesgo de la radiación, muchos de ellos terminaron en Kiev, a 150 kilómetros, o mucho más lejos, en cualquier ciudad grande a la que el régimen soviético los asignara. Y sin embargo, no fueron pocos los que regresaron. Lo hicieron ilegalmente, esquivando guardias y todo tipo de controles, a veces de noche, a veces de día, por el bosque, por caminos alternativos. En general se trataba de gente mayor, ya retirada, que no tenía razones para establecerse en una gran y lejana ciudad a la que no pertenecía y que distaba tanto de las pequeñas aldeas rurales en las que estas personas habían vivido siempre.
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Prypiat, donde residían los trabajadores de Chernóbil, y donde regresan los 'colonos', el m2 más barato de Ucrania.
Son los samosely, los 'colonos': unas 350 personas que ya no viven ilegalmente sino con cierto apoyo del Estado en las zonas cercanas a la planta nuclear. Curiosamente, ha habido een los últimos años casos de refugiados de la guerra en el Donbass asentándose en la zona de exclusión de Chernóbil porque es más fácil y barato que en cualquier otro lugar de Ucrania. Si la radiación y las normativas del régimen soviético primero y del gobierno ucraniano después no bastaban para echar a una persona de su tierra, mucho menos bastaría una guerra. El hogar es la fortaleza más robusta. El resto es irrelevante.
En la plaza central de Sloviansk ya no hay soldados con la cara cubierta, atricherados en algún edificio administrativo o militar, las fuentes salpican, los niños juegan. Nada extraño por aquí. Sobre la entrada principal de la municipalidad un cartel con letras en amarillo y azul dice que "¡Sloviansk te saluda!", hay muchas banderas y trabajos de reconstrucción que aún no terminan. La ciudad ya no está rota pero tampoco ha sido completamente reparada. Al fin y al cabo, la guerra continúa a un puñado de kilómetros de distancia. Y nadie olvida los cerca de 600 muertos que dejaron los meses de enfrentamientos. Muchos de esos cuerpos quedaron en la calle, tirados como basura que se pudre al sol del verano.
Román está orgulloso de cómo se reconstruyó Sloviansk. Pero no ve el futuro con buenos ojos. "Creo que lo que está haciendo el gobierno actual es exactamente lo contrario a lo que podría resolver el conflicto. La posición oficial es tratar a las personas del lado separatista como 'colaboradores', como 'enemigos'. Nadie entiende que hay ciudadanos ucranianos allí, ciudadanos que tienen los mismos derechos que los que viven del lado controlado por el gobierno. No admiten que hay desplazados internos, que deben tener los mismos derechos que la gente local, incluido el derecho a votar. Y si el gobierno tiene miedo de que esta gente vote 'incorrectamente', que visite esas comunidades y hable con su gente. Que encuentre una manera de hacerlo, incluso si están al otro lado de la línea de contacto. Que sea inteligente, que haga algo. Pero parece que el gobierno se ha rendido".
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Sector Derecho, fuerza de extrema derecha, fue clave en la captura de Kiev por las fuerzas anti rusas, hoy en el poder.
Ucrania
Vladimir es un muchacho corpulento, alto, con la cabeza cuadrada y algo desgarbado. Habla bien inglés y le gusta la historia, especialmente todo lo relacionado a la Segunda Guerra Mundial. En 2014, cuando comenzaban los enfrentamientos en Donbass, dejò su Kramatorsk natal junto a su familia y se mudó a Jarkiv, pero regresó aquel verano, cuando el ejército ucraniano recuperó la zona luego de 2 meses y medio de enfrentamientos y de al menos 80 mueertos, 11 civiles entre ellos. Ahora trabaja en el pub irlandés de sus padres, uno de sus los pocos bares de la ciudad que no es un antro de vodka y humo. Es un lugar cómodo, acogedor, al que se accede bajando algunos escalones, lo que le da cierta sensación de bunker tan común en las viejas ciudades soviéticas. Vladimir ríe mucho, casi constantemente, salvo cuando habla de Rusia. Odia a Rusia, odia a los rusos. Le molesta que su lengua materna sea el ruso y no el ucraniano, y también le molesta ser tocayo de Putin. Para su último cumpleaños le regalaron algo que suele mostrar con orgullo y profunda alegría a los clientes del pub: una bandera rojinegra. La besa y la exhibe en redes sociales. También conserva algunos objetos nazis en su habitación, coo un caso con la marca de las SS. Y, aunque no haya judíos en Kramatorsk y probablemente Vladimir no haya conocido nunca a uno, tiene una mala impresión de ellos: "son mala gente", dice desde el otro lado de la barra.
Esta noche llueve en Kramatorsk y hay poca gente en la calle, el pub está prácticamente vacío salvo una excepción: un alemán de Colonia llamado Otto, de 55 años. Hace algunos años llegó accidentalmente a Kramatorsk y le resultó fascinante por su completa ausencia de turistas. Dice que lo que más le gusta de lal pequeña ciudad son los precios bajos, la buena comida y sobre todo, que no hay absolutamente nada para hacer. Visita todos los años la zona por algunos días en los que no hace más que leer sin que nadie, ni locales ni extranjeros, lo molesten. Vuela a Járkiv y desde allí toma un taxi directamente a Kramatorsk, a casi 200 kilómetros hacia el sudeste, sea la hora que sea.
Hay tan poca gente en el pub que Vladimir se aburre e invita al alemán a fumar narguile. Otto acepta con la infantil alegría del turista que ve todo lo ajeno como un espectáculo divertido, pintoresco. Entonces el muchacho ucraniano pasa unos buenos 20 minutos desarrollando por qué la victoria nazi en Ucrania hubiera sido mejor que su derrota en manos de los soviéticos. Luego abre una cerveza y aprovecha la oportunidad para exponer ante el extranjero cuán inaceptables le resultan los derechos civiles que la canciller alemana Angela Merkel "promueve" para los homosexuales. Y el hombre proveniente de Colonia, una ciudad con una enorme comunidad gay y tradicionalmente populares Marchas del Orgullo, ríe y lo mira como quien mira a un niño que repite zonceras.
Igor, un amigo suyo algo más grande, no habla inglés pero Vladimir lo suma a la mesa porque quiere que Otto lo conozca. Es soldado y participó de enfrentamientos en la zona de Bajmut. Un muchacho hosco y serio, de ojos apagados y cejas pronunciadas. Con Vladimir oficiando de traductor, le cuenta al alemán que luchó contra los invasores rusos y que Ucrania está por encima de todo, incluso del miedo que le generaba calzarse un fusil y marchar al frente. No dice mucho más y permanece un rato largo en silencio con un vaso de cerveza en la mano.
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Kramatorsk, imagen que recuerda que la guerra no terminó.
Vladimir tiene apenas 23 años, pero es un gran estereotipo del ucraniano nacionalista al que se enfrentan los insurgentes del Donbass. Tal vez no representa a la mayoría de los jóvenes ucranianos, probablemente no todos sus coetáneos guarden a modo de recuerdo un casco de las SS, la guardia personal de Hitler. Pero Vladimir está allí, es un joven de carne y hueso, no es sólo propaganda extranjera para mostrar a Ucrania como un país nazi. La reivindicación del nazismo, del fascismo, del UPA, no radica tan sólo en monumentos a Stepan Bandera: también se corporiza en jóvenes a los que no les demandaría mayor esfuerzo tomar un arma.
Aunque estas ideas extremas no representan a la mayoría de la población, sus partidarios son muy visibles, muy ruidosos. ¿Cómo podría el pueblo ucraniano disociarse de ese sector si incluso muchos ultranacionalistas se incorporaron democráticamente al Parlamento? En el Donbass insurgente se enseñan imágenes del batallón Azov, con sus esvásticas y sus saludos fascistas, y no es difícil insistir en que Ucrania está dominada por el neonazismo más violento, en que no queda más alternativa que levantarse en armas para combatirlo. Pero para estas organizaciones, basadas en el odio y los prejuicios, también es muy sencillo cargar las culpas de cualquier problema social o económico en los extranjeros o en la población ucraniana que hable ruso. Basta con difundir la idea de una invasión rusa para sumar adeptos e incorporar soldados al frente.
Sin importar qué suceda al final de la guerra, Ucrania continuará debiéndose un debate interno respecto a qué hacer con el nacionalismo más radical y con la violencia de sus seguidores. Un debate que implica mirar tanto al pasado como al futuro.
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Batallón Azov, fuerzas neonazis, combatientes de Ucrania.
El aeropuerto
Apenas tres semanas después de la firma del primer Acuerdo de Minsk estalló la Batalla del Aeropuerto de Donetsk, la más devastadora de la guerra en Donbass, que se extendió hasta enero del año siguiente. Participaron las brigadas Vostok y Oplot, los batallones Somalí y Sparta, tres brigadas de las fuerzas armadas ucranianas, un regimiento de fuerzas especiales, el batallón Dnipro y casi tantos miembros de DUK PS, el Cuerpo Ucraniano de Voluntarios de Sector Derecho, como del ejército regular.
Al igual que buena parte de la infraestructura local, el aeropuerto internacional de Donetsk había sido completamente renovado para la Eurocopa de la UEFA de 2012, se había construido una nueva terminal y al año siguiente había superado largamente el millón de pasajeros anuales, constituyéndose como el 4to. más transitado del país, detrás de Zhuliany, Boryspil (ambos en Kiev) y Simferópol (Crimea). Desde la primera batalla, que se había extendido por tan sólo un día, entre el 26 y el 27 de mayo, el aeropuerto había quedado bajo control ucraniano. Cuatro meses más tarde, las fuerzas de Donbass intentaron recuperar la zona disparando artillería pesada desde barrios residenciales cercanos, por lo que, cuando las fuerzas ucranianas respondieron a los ataques, provocaron la muerte de al menos 10 civiles.
A principios de octubre, los separatistas avanzaron sobre el aeropuerto, pero los ataques fueron repelidos por soldados ucranianos atrincherados en la nueva terminal. El interior del edificio se convirtió en un campo de batalla oscuro, claustrofóbico, repleto de trampas y minas, un laberinto sin salida en el que el enemigo podía esconderse en cualquier recoveco, a la vuelta de cualquier corredor angosto, detrás de cualquier pila de escombros. Para entonces, la batalla se había vuelto vertical, con ambos bandos disputándose los distintos niveles, desde el subsuelo hasta los pisos superiores del edificio, mientras la artillería continuaba disparando a la terminal y a la torre de control, bajo dominio ucraniano. Fue durante esa etapa en que nació en medios ucranianos y redes sociales la leyenda de los cyborg: los soldados ucranianos mantenían sus posiciones y luchaban de tal forma en medio de las condiciones climáticas extremas que parecían indestructibles, como si no fueran humanos, como si fueran mitad hombre y mitad máquina. La batalla así se mitificó y pasó a ser un símbolo de la resistencia de Ucrania contra el separatismo. De hecho en 2017 se estrenó la película 'Cyborgs: los héroes nunca mueren', sobre los meses de choques en el aeropuerto.
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El moderno Aeropuerto de Donetsk antes de la gran batalla.
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Ex Aeropuerto de Donetsk luego de la Gran Batalla.
El colombiano Alexis participó de esa batalla y recibió una medalla: una cruz roja con dos espadas entrecruzadas, la bandera de la DNR en el centro y las palabras "por las proezas militares": "esta me la dieron por la última batalla grande que tuvimos en el aeropuerto. Allí mataron a mi primer comandante. Esa es una buena historia: nos atacaron con un tanque y dos BMPs, dos blindados e infantería. Y en la posición estábamos 10 personas... sin armas antitanques ¿Sabes lo que eso quiere decir? Y aguantamos. Lo que querían los ukrop era sobrepasar las líneas. Llegaron hasta nuestras posiciones y nosotros nos protegimos como pudimos. Con los ucranianos sobre nosotros, llegó un momento en que eso era línea de nadie ¿Sabes lo que te quiero decir? Y aguantamos ahí, con dos cojones aguantamos. Yo fui herido ese día pero no es una herida visible. Es como, tú sabes, cuando te explota una bomba cerca, la presión y eso... pues te jode la cabeza. Empiezas a vomitar y eso. No sé cómo explicártelo. Aquí se llama contusión. A mi me sacaron una pequeña esquirla de la mejilla, es una granada, una mierdecilla. Había dos italianos también allí. Y hubo uno que tuvo una o dos esquirlas en el cerebro. Le salía espuma, tío. No podía hablar, no sabía andar. Pero poco a poco se ha recuperado. No se le nota que le ha pasado eso, ¿sabes?".
El frío de diciembre trajo consigo un primer alto al fuego que duró apenas dos días, luego las fuerzas de la DNR siguieron disparando y sitiando cada vez más a su enemigo. La ruta E50 se convirtió en el único acceso a la zona controlado por Ucrania y la aldea de Pisky, ubicada sobre esa misma ruta, en la última defensa. Durante algunos días hubo un efectivo cese al fuego que respetaron ambos bandos con el objetivo de relevar a sus unidades, pero hacia fines de mes recomenzaron los enfrentamientos. Los separatistas atacaron una vez más Pisky, destruyendo casi por completo la pequeña y estratégica aldea que continuó en manos ucranianas. El 13 de enero cayó la torre de control y con ella se desplomaron las chances de Kiev de recuperar la iniciativa en la batalla. Una semana más tarde, las fuerzas de la DNR hicieron colapsar el suelo del segundo nivel de la terminal aeroportuaria, provocando que todo el material cayera sobre los soldados ucranianos apostados en el primer piso. Dmitro Yarosh, líder de Sector Derecho y diputado nacional a partir de noviembre, fue herido en Pisky al día siguiente. Era el final. Con la victoria separatista asegurada y mientras las fuerzas de Kiev retrocedían, un trolebús en Donetsk fue alcanzado por un misil. Murieron 15 civiles. Los soldados ucranianos capturados fueron obligados a arrodillarse en el lugar del impacto y pedir disculpas mientras decenas de transeúntes los insultaban y escupían.
Tras cuatro meses, la batalla más importante en Donbass había terminado. Habían muerto unas 800 personas, entre soldados de ambos bandos y civiles. De lo que había sido alguna vez uno de los aeropuertos más grandes del país, ahora apenas si quedaban ruinas oscuras ocultas bajo la nieve. En mayo, unos nueve meses antes y tan sólo un día después de que Poroshenko fuera elegido presidente, el ejército ucraniano había resistido los embates separatistas dando así por comenzada una importante contraofensiva; ahora, en ese mismo lugar, la derrota era más dolorosa por su valor simbólico que estratégico.