La noticia sacudió a todo el espectro político. La vicepresidenta Francia Márquez dijo en X: "La violencia no puede seguir marcando nuestro destino. La democracia no se construye con balas ni con sangre". Por su lado, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, sostuvo: "El mal todo lo destruye, mataron la esperanza".
En lo personal, el golpe fue devastador. Su esposa, María Claudia Tarazona, escribió: "Nuestro amor trasciende este plano físico. Espérame, que cuando cumpla mi promesa con nuestros hijos, iré a buscarte". Palabras que desnudan el costado humano de una tragedia que, para muchos colombianos, corre el riesgo de convertirse en una estadística más.
El caso deja una pregunta incómoda: ¿cuántos líderes más deben morir para que Colombia garantice que la política se defina en las urnas y no en la mira de un arma? Porque si algo demuestra este crimen, es que la democracia colombiana todavía se juega a todo o nada, y muchas veces, a punta de pistola.
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