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Esta pintura es una obra de arte magistral dedicada a Puntin.
Su propia obra incluye gore, pero lo usa con un propósito narrativo específico. Lo grotesco, dice, no está en acumular vísceras sino en la naturaleza de los actos humanos: en la permisividad ante el abuso, en la decisión de mirar para otro lado. El golpe de efecto sin consecuencias no le interesa.
Sus propias referencias son King, Clive Barker, Jack Ketchum y el realismo sucio de Bukowski: autores que saben que una historia bien narrada no es el momento del horror sino lo que viene antes y después.
Acá se puede acceder a su página web oficial.
Una novela sobre satanismo, rock y lo que significa viajar al centro del mundo siendo del interior
Satán será heavy metal o no será, sunueva obra, ahora tiene en el centro a una banda ficticia llamada Caldo de Cabra. El protagonista y su mejor amigo Nata consiguen entradas para la gira de despedida del grupo y viajan desde una provincia del interior hasta Buenos Aires, en colectivo, a acampar en el recital.
Puntin construye ahí algo autobiográfico en su textura aunque no en sus hechos: sabe exactamente qué significa para alguien de Entre Ríos llegar a la capital para un evento que lo es todo.
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Una idea imperdible considerando de donde viene: de Puntin.
La historia no se queda en eso. Uno de los integrantes de la banda esconde algo, y ahí entran el satanismo y las sectas. Para escribirla investigó el satanismo en el rock y leyó ensayos sobre sectas en España, pero situó la acción en Argentina de forma deliberada. El país como escenario de algo que se pudre por dentro.
La portada es una cosa maravillosa:
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Lo podés adquirir en el siguiente link: Satán será heavy metal o no será.
La rutina de los dioses
Puntin se levanta a las 8 y escribe sin interrupciones hasta las 10:30. Va al gimnasio una hora —lo considera imprescindible para no destruirse la espalda y compensar el sedentarismo—, vuelve a escribir hasta el mediodía y después va a trabajar al turno tarde. Eligió una focaccería a cuatro minutos de su casa para no regalarle dos o tres horas diarias al transporte. Ese tiempo recuperado es, en su lógica, tan importante como el tiempo frente al teclado.
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La meta declarada es una página diaria. En las semanas buenas escribe 14 o 21. Lo que no negocia es el bloque de la mañana: es el momento en que la cabeza todavía no fue a ningún lado.
Desactivó todas las notificaciones del celular. Limita las redes a una hora y media por día. Antes trabajaba en agencias de publicidad y marketing como diseñador gráfico y terminaba cada jornada sin poder escribir media página: el trabajo creativo le consumía exactamente la energía que necesitaba para otra cosa. Le llevó entre cinco y seis años reconstruir la vida alrededor de esa conclusión.
Del rap a la novela: la misma obsesión por el acabado técnico
Antes de ser novelista fue rapero. Publicó un disco en Spotify y trabajaba con un productor en Buenos Aires. De esa etapa, que describe como otra vida, rescata una sola cosa: el rigor. En sus canciones no había falla técnica posible, y traslada esa exigencia a la prosa. Retomó la escritura alrededor de 2020 componiendo letras, después de casi diez años de silencio. El rap fue el puente.
Su libro de cuentos Sin semáforos ya existe. Ganó concursos en Chile y Argentina. Empezó a escribir a los seis años. Hoy solo acepta trabajos de diseño —su formación de base— cuando son para libros: portadas, maquetación. Nada que le cobre energía mental antes de las 10:30.
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