Un final prematuro, un legado eterno
El desgaste físico y emocional que conllevaba la danza, sumado a las exigencias esperables de una carrera internacional, lo llevaron a buscar nuevas formas de expresión. Fue así como fundó el Ballet de Verdún y realizó varias giras con una pequeña compañía donde combinaba fragmentos de su repertorio histórico con sus propias creaciones. Aunque trataba de mantener su energía de siempre, el paso del tiempo y una enfermedad silenciosa empezaron a afectarlo.
En 1989, volvió a Argentina y resaltó una vez más en los escenarios europeos, pero ya no era el mismo. En 1992, con tan solo 45 años, falleció en Lausana, Suiza, debido a complicaciones derivadas del SIDA. Su muerte fue un duro golpe para el mundo del ballet, que perdía a uno de sus más grandes exponentes en plena madurez artística.
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En los años 80, exploró nuevos caminos artísticos pero su salud se deterioró. Falleció en 1992, dejando tras de sí un legado inmortal. Argentina lo honra cada 28 de febrero como un gran ícono del ballet.
Fue homenajeado por grandes coreógrafos como Maurice Béjart, Denys Ganio, Carolyn Carlson y Grazia Galante, quienes dedicaron obras a su memoria. Y en su barrio natal, Ciudad Jardín, un pasaje lleva su nombre, recordando que de allí surgió uno de los bailarines más brillantes de todos los tiempos. Además, en Argentina, su recuerdo sigue vigente cada 28 de febrero, cuando se celebra el Día del Bailarín en su honor. Porque Jorge Donn no fue solamente un bailarín excepcional, sino un artista que transformó la danza para siempre, dejando claro que el talento y la pasión no tienen fronteras.
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