
Fue un lunes, en el barrio de Once. Invierno duro para la regularidad de julio en Buenos Aires. Por aquellos días, el país se reconvertía casi a diario; en lo particular, yo había salido de la guardia del servicio internacional de ENTel el viernes anterior y ese lunes ingresaba a Telintar, un híbrido, cohesión entre Telecom France y Telefónica de España.
El ómnibus de la 132 me había dejado en la calle Paraguay, y bajando por Pasteur, hacia Juan D. Perón, vi cómo la calle se empezaba a llenar de gente: la hora en que despertaba el comercio. Cuando llegué a la empresa, vistiendo el mismo uniforme, me dirigí hacia el ascensor que me llevaría a la sala de comunicaciones, donde trabajaba como operadora bilingüe.
Tenía que ingresar la contraseña en el sistema, un Siemens con el que operaba desde mi isla de trabajo, antes de que el reloj diera las 10:00 AM. No tenía reloj, pregunté la hora, eran las 9:50…
Esta pudo haber sido la historia sencilla y anónima de cualquier argentino aquel día pálido, al igual que la rutina que exuda por los poros el porteño a diario. Pero a los pocos minutos el ascensor cimbró y se estancó en el 3er. piso.
Cimbró Buenos Aires, voló por los cielos el edificio de la AMIA, emplazado en Pasteur 633.
Era el 2do. atentado en sólo 2 años, contra la comunidad judía-argentina... y contra la humanidad toda tal como sucede con cualquier terrorismo.
En 1992, en la Argentina se había producido la voladura de la embajada de Israel, que supo emplazarse sobre la calle Arroyo 910 y que dejó un saldo de 22 fallecidos.
Esta segunda vez, explotó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina, y puso fin a la vida, a los proyectos y sueños de 85 personas y a la de sus familiares, amigos, conocidos y demás vínculos, por carácter transitivo: una masacre.
Aquel día que se había iniciado con el letargo propio de los lunes, de pronto se encendió de gente, que corría de un lado hacia otro;
Una pluralidad de opiniones y de conjeturas se asocia a ambos atentados –al de la voladura de la Embajada de Israel (1992) y al atentado y voladura de la AMIA (1994); no obstante hay dos visiones destacables en relación con las responsabilidades que a tales horrores involucran.
En torno de la postura-visión que hemos llamado “primera”, ¿quiénes la sostienen?
La magra investigación por aproximación que hemos realizado a los fines de traer a la evocación el siniestro, enuncia que la mayoría de los actores, se inclinan por la pista Hezbollah-Irán.
Es más, el Estado argentino como política de Estado, a lo largo de los sucesivos gobiernos desde 1994 hasta el 2007, han direccionado su atención hacia la culpabilidad de estos actores internacionales, pero siempre pronunciándose a favor de que quien tiene la última palabra son los tribunales, no el gobierno.
Sin embargo, los Tribunales miran hacia el poder político, en especial la Justicia penal.
No hay una política de Estado acerca de esta tragedia.
Sin embargo, lo permanente en el caso de Israel, con gran influencia sobre Washington y conocimiento de Irán por sus diferencias regionales, sí fue apuntar a Hezbollah, con quien combatió en el Líbano, y en la 2da. invasión israelí, Hezbollah tuvo éxitos militares que obligaron a retirarse a los israelíes.
En cualquier caso, una historia compleja, que nos supera.
La responsabilidad argentina era más sencilla, sin ingresar a la geopolítica global: determinar quiénes cometieron el delito en el territorio nacional, los responsables y colaboradores. Y en eso ha fracasado el Estado argentino.
También ha sido motivo de fortísimas diferencias dentro del Estado, motivo por el cual fue declarado nulo el fallo del primer juicio oral y público, luego se denunció y proceso a quienes realizado la investigación inicial, más tarde se designó una Fiscalía especial que no aportó nada nuevo y así han pasado los días, los meses y los años.
A tal punto se mantienen las diferencias que el caso AMIA derivó en el caso Memorando Irán, cuya nulidad solicitan varios líderes del Frente de Todos. En éste expediente, las entidades judías AMIA y DAIA han sido patrocinantes de la denuncia.
Es evidente que no hay final. Grave problema el de la sociedad argentina, con tantos temas -no sólo AMIA- sin explicación, tantos hechos sin culpables identificados, tantos 'muertos en el placard' (literal).
No existe consuelo, acaso Bertolt Brecht nos redima: