Argentino del Valle Larrabure y sus circunstancias

El asesinato de Argentino del Valle Larrabure tuvo enormes consecuencias, y aceleró el golpe cívico-militar de 1976, en una Argentina trágica.

Pocas veces un nombre anticipó con tanta precisión un “destino manifiesto”: Argentino del Valle Larrabure pasó a la historia como un claro símbolo de fe cristiana y de irreductible patriotismo. De allí que su testimonio de vida constituya un valiosísimo legado para la construcción de la unidad nacional, que es el principal desafío pendiente en la Argentina de hoy.

Mucho se ha dicho ya, y con toda razón, acerca de las innumerables virtudes personales que fundamentan el trámite de beatificación iniciado ante la Santa Sede. Pero, tal como enseñara José Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Y esa “circunstancia” que acompañó al secuestro y el asesinato de Larrabure multiplica el valor de su ejemplo, amerita una reflexión necesaria sobre el pasado reciente de la Argentina y encierra también una lección para el porvenir.

Porque lo ocurrido con Larrabure es inseparable del contexto de la época.

En un mundo en plena Guerra Fría, signado por la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y por una Argentina envuelta en el gigantesco vacío de conducción creado por la muerte del presidente Juan Domingo Perón el 01/07/1974, el gobierno constitucional experimentaba un creciente debilitamiento a raíz del clima de violencia generado por la acción de las organizaciones armadas promovidas desde Cuba, que por esa vía pretendían apropiarse del poder político, y por las represalias de la ultraderecha etiquetada tras de la fachada de la “Triple A”.

La cronología de aquel tiempo nos remite a un vértigo de acontecimientos vinculados con esas pretensiones y sus consecuencias.

Jaque a la democracia

En una conferencia de prensa celebrada el 06/09/1974, Mario Firmenich, el jefe de Montoneros, cuya inserción política había quedado mortalmente dañada por su abierta confrontación con Perón, profundizada a partir del asesinato del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, anunció oficialmente su pase a la clandestinidad.

Mario Eduardo Firmenich.

“Se han agotado todas las formas legales de continuar la lucha”, proclamó Firmenich para justificar la decisión de avanzar en “la guerra popular integral” contra un gobierno que hacía sólo 12 meses (y 2 días antes del asesinato de Rucci) había sido consagrado democráticamente con el 62% de los votos.

Pero él agregó algo que sonó como un mensaje encriptado: “Hay que golpear a todos por igual hasta que gane el pueblo. Y si se agudizan las contradicciones en el gobierno, mejor”.

Años después, otros dirigentes montoneros admitieron que en ese momento la consigna de “cuánto peor, mejor” era “vox populi” dentro de la organización.

Y 16 días más tarde, Montoneros secuestró a los hermanos Juan y Jorge Born, obteniendo un rescate de US$ 60 millones, un verdadero récord histórico ,nunca superado en operaciones de esa naturaleza y que a valores actuales equivalen a US$ 380 millones, que fueron depositados para su protección en La Habana.

1975

Simultáneamente, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) buscó aprovechar la situación para intensificar sus operaciones contra las unidades militares, como ya lo había hecho el 06/09/1973 en el Comando de Sanidad, y el 19 /01/1974 en el Regimiento 10 de Caballería Tiradores Blindados 10 de Azul.

En ese marco se inscribió el intento de copamiento de la Fábrica Militar de Villa María, perpetrado el 10/08/1974, donde fue secuestrado Larrabure.

Mario Roberto Santucho.

Mientras tanto, la organización comandada por Mario Roberto Santucho incrementó la actividad del foco guerrillero que había instalado en el interior de Tucumán a partir de mayo de 1974, cuyo desarrollo determinó la puesta en marcha del Operativo Independencia, legalizado por un decreto presidencial del 05/02/1975.

Como lo acredita documentadamente una película en preparación dirigida José D´ Angelo y Pedro Guiraldes, fue precisamente en 1975 que alcanzó su clímax ese despliegue de las organizaciones armadas, que culminó el 05/10/1975 con el asalto al Regimiento 29 de Infantería en Formosa y el 23/12/1975 con el ataque al Batallón de Arsenales 601 en Monte Chingolo, que por la cantidad de los efectivos comprometidos fue la operación militar más importante, y la última de alguna envergadura, protagonizada por un grupo guerrillero en la Argentina, antes de su definitiva desarticulación.

En medio de esa escalada de violencia, luego 372 días de cautiverio y tras negarse a colaborar con sus secuestradores en la fabricación de explosivos, el 19/08/1975 el ERP perpetró el asesinato de Larrabure, que fue estrangulado por sus captores, un hecho que trascendió recién 4 días más tarde con la aparición de su cadáver en una calle de Rosario.

“GOU 73”

Pero, mientras estos episodios monopolizaban la atención de los medios de comunicación y de la opinión pública, ese mismo 1975 ocurrieron también, aunque opacados por el hermetismo característico de la vida interna de las Fuerzas Armadas, otros acontecimientos mucho menos difundidos, pero que marcaron a fuego el futuro inmediato de la Argentina.

El 13/05/1975 la presidente Isabel Perón designó Comandante en Jefe del Ejército al teniente general Alberto Numa Laplane, que sucedió en ese destino al teniente general Leandro Enrique Anaya, quien había tenido a su cargo, en representación de las Fuerzas Armadas, el discurso de homenaje en los funerales del presidente Perón.

1975: Entrega de un uniforme del regimiento 1 de Infantería "Patricios,al museo de Casa de Gobierno, Alberto Numa Laplane con autoridades.

Numa Laplane postulaba la tesis del llamado “profesionalismo integrado”, que planteaba una integración activa de las Fuerzas Armadas en el sistema institucional y contrastaba con el entonces denominado “profesionalismo prescindente”, o “aséptico”, que era reivindicado por una franja sustantiva del generalato de la época, renuente a toda identificación política con el gobierno peronista.

En esa misma dirección el 11/08/1975, sólo 8 días antes del asesinato de Larrabure, la Presidente había nombrado ministro del Interior al coronel Vicente Damasco, quien anteriormente había sido ungido por Perón al frente de la Secretaría General de la Presidencia y colaborado activamente en la elaboración de lo que fue después conocido históricamente como el ”Modelo Argentino”.

Damasco formaba parte también de un grupo de coroneles, integrado, entre otros, por

  • el Jefe de la Casa Militar, coronel Carlos Alberto Corral;
  • el edecán presidencial, coronel Alfredo Díaz; y
  • el jefe del Regimiento de Granaderos, coronel Jorge Sosa Molina,

quienes mantenían fluido un diálogo personal con Perón.

Algunos corrillos periodísticos lo bautizaron como el “GOU 73”.

La designación de Damasco generó un notorio descontento en un sector del Ejército, que pidió el pase al retiro del flamante ministro con el argumento de evitar que la presencia de un oficial en actividad en el gabinete nacional fuera interpretada como un compromiso institucional del Ejército con el gobierno de turno, una solicitud que fue denegada por Numa Laplane.

En esa situación de extremada tensión, el 23/08/1975 se hizo público el asesinato de Larrabure, que motivó una ola de indignación generalizada de la opinión pública y desencadenó una lógica reacción de las Fuerzas Armadas, y muy en especial dentro del Ejército, que requería una respuesta acorde con las características particularmente aberrantes del crimen.

En un encendido discurso con que el 25/08/1975 despidió los restos de Larrabure, Numa Laplane percibió con absoluta claridad la dimensión de semejante responsabilidad:

Es imprescindible que, de una vez por todas, se haga público que, además de tus raptores, te han asesinado tantos fariseos que presumen de puros y viven escondidos en su anonimato de pigmeos. Sobre tus secuestradores y asesinos no despreciaremos palabras, porque con ellos ya está todo dicho y hace pocos días, al sepultar a otro soldado, fue dicho con acierto que para ellos sólo la muerte. Es imprescindible que, de una vez por todas, se haga público que, además de tus raptores, te han asesinado tantos fariseos que presumen de puros y viven escondidos en su anonimato de pigmeos. Sobre tus secuestradores y asesinos no despreciaremos palabras, porque con ellos ya está todo dicho y hace pocos días, al sepultar a otro soldado, fue dicho con acierto que para ellos sólo la muerte.

Pero más adelante enfatizó:

“También te han asesinado los delincuentes económicos, los augures del desastre, los desesperanzados, los que no lesinteresa el país pero viven golpeándose el pecho por su suerte, los soñadores románticos del golpe de Estado, los que se sienten mesiánicos y están dispuestos a ensayar cualquier solución que no sea paciencia, trabajo, sudor, amor por el prójimo, justicia, libertad y fe en la democracia”.

Y, para que no quedaran dudas sobre los destinatarios de esa advertencia, subrayó: “la verdadera cohesión de la fuerza está en la unidad del objetivo y el objetivo es la definitiva institucionalización del país”.

Jorge Rafael Videla

En su libro “Nadie fue”, Juan Bautista Yofre, cuyo meticuloso estudio sobre la época tiene el singular valor agregado de su acceso a los archivos del servicio de inteligencia de Checoslovaquia y sus comunicaciones con la KGB soviética, incluidas referencias originadas en fuentes militares sobre los planes para el derrocamiento de Isabel Perón que nunca merecieron refutación alguna, sostiene que aquel discurso de Numa Laplane precipitó los acontecimientos.

Tanto es así que inmediatamente después, la mayoría de los altos mandos del Ejército solicitó su remoción.

Jorge Rafael Videla y sus colegas de la Junta Militar.

Rosendo Fraga, en su ilustrativo libro “Ejército, del escarnio al poder”, narra prolijamente los pormenores de esas jornadas, que tuvo ocasión de indagar en detalle por boca de algunos de sus protagonistas. Consigna que, en ese escenario adverso, el 27/08/1975, Numa Laplane pidió su retiro y, luego de un frustrado intento de designar en su lugar al comandante del 1er. Cuerpo, general de división Alberto Cáceres, un fracaso que patentizó la relación de fuerzas existente en el Ejército, la Presidente nombró al general de brigada Jorge Rafael Videla, quien revistaba como titular del Estado Mayor Conjunto y que asumió su nuevo destino el 28/08/1975, 3 días después del entierro de Larrabure.

Ese mismo día, y en una inequívoca demostración de los mecanismos de cooperación establecidos con el ERP, Montoneros perpetró en el aeropuerto de Tucumán el atentado contra un avión Hércules, de la Fuerza Aérea, que transportaba de regreso a Buenos Aires a un pelotón de efectivos de la Gendarmería Nacional que participaban del Operativo Independencia.

En su libro, Fraga agrega 2 testimonios de singular valor:

“En la tarde del martes 26 también conversé con el dirigente comunista Fernando Nadra, quien veía como favorable el triunfo del sector adverso a Laplane. En la tarde del día siguiente me visitó en mi domicilio el actual jefe de Redacción del semanario El Periodista, Carlos Gabetta, quien en ese momento también veía como favorable el triunfo del sector que lideraban Videla y Viola”.

Para entender la enorme dimensión de estas dos revelaciones corresponde subrayar sendas acotaciones políticamente significativas.

La primera es que en esas circunstancias la línea oficial del Partido Comunista, promovida por Nadra y difundida por su periódico oficial, “Nuestra Palabra”, era la “convergencia cívico-militar” que consistía en un acuerdo con los “sectores democráticos” de las Fuerzas Armadas contra la denominada “corriente pinochetista”.

La segunda precisión es que Gabetta, fallecido en marzo de 2025, fue un destacado periodista político que en un esclarecedor diálogo con el teniente coronel Rodolfo Richter, gravemente herido en combate durante el Operativo Independencia, intercambio publicado en la revista Perfil, hizo una revisión crítica de su pasado guerrillero y reveló que en 1975, o sea mientras mantenía esa conversación con Fraga, revistaba en el servicio de inteligencia del ERP, la organización que 3 días antes había asesinado a Larrabure.

No se trata de contentarse con alegar una mera coincidencia de hechos, ni tampoco de endosar fantasmagóricas interpretaciones conspirativas, sino de realizar un análisis objetivo del comportamiento de los diferentes actores involucrados, tanto nacionales como internacionales, cuyas acciones muchas veces producían resultados distintos a las intenciones de sus protagonistas.

Rosendo Fraga.

Guerra sin triunfador

Luis Labraña, cuyo coraje físico exhibido en su historia como combatiente montonero debe equipararse con el coraje intelectual que le permitió hacer más tarde una lúcida autocrítica de aquel período, mantuvo años atrás un inédito y esclarecedor encuentro con un grupo de militares presos, a quienes fue a visitar en la cárcel de Campo de Mayo.

La síntesis de ese diálogo, aproximada pero nunca textual, es muy elocuente.

Labraña les preguntó “¿Saben ustedes quién ganó esta guerra?”

La respuesta inmediata y unánime fue “¡Nosotros!”.

La réplica fue “Pero ustedes están presos…”.

Intrigado, uno de los ficiales lo contratacó “¿Entonces la ganaron ustedes?”.

El visitante contestó: “De ninguna manera: ustedes a nosotros nos destruyeron”.

Esas preguntas carentes de respuesta convincente de ninguna de las partes constituyen el saldo de una guerra sin triunfador y con una gran derrotada: la Argentina.

En el escenario geopolítico de la Guerra Fría, la estrategia articulada desde Moscú suponía en los hechos una división de funciones en América Latina entre

  • la Unión Soviética, que priorizaba sus vínculos con los gobiernos y, en la medida de lo posible, y también con sus respectivos ejércitos; y
  • Cuba, a cargo de la coordinación de los grupos guerrilleros, entre ellos Montoneros y el ERP, una tarea no exenta de conflictos y que no implicaba una subordinación mecánica ni mucho menos operativa.

Arturo Larrabure, que convirtió a la reivindicación de su padre en la razón de su vida, reveló que, en una conversación con el Obispo Castrense, monseñor Santiago Olivera, sobre el pedido de beatificación en trámite, el Papa Francisco calificó a Larraburu "el Aldo Moro argentino”.

La cultura histórica y la capacidad analítica de Francisco le permitieron unir con esa impactante analogía el asesinato de Larraburu con el “crimen del siglo”, un episodio traumático ocurrido cuando en 1978 el líder democristiano italiano Aldo Moro fue secuestrado y, tras varias semanas de cautiverio, asesinado por las Brigadas Rojas, en un crimen resonante que dio por tierra con sus denodados esfuerzos por la pacificación política de la península.

Marcos Osatinsky (FAR), Roberto Mario Santucho (PRT-ERP) y Fernando Vaca Narvaja (Montoneros), antes de viajar a La Habana, Cuba, en 1972.

La circunstancia

El asesinato de Larrabure actuó como detonante de la caída de Numa Laplane y el correlativo ascenso de Videla a la conducción del Ejército, que allanó el camino para el derrocamiento de Isabel Perón.

En un diálogo con Yofre, el general Cáceres narró que en la mañana del 28/08/1975, “me dirigí al Estado Mayor Conjunto para entrevistarme con el general Videla, que por la tarde de ese día asumiría en Palermo como Comandante en Jefe del Ejército, y le entregué mi solicitud de retiro con el pedido que le diera el más urgente trámite. Antes de retirarme del despacho de Videla, éste me preguntó por qué me iba. Mi respuesta fue: 'Te voy a ser muy sincero, porque no quiero ser cómplice de lo que ustedes van a hacer”.

Si en los términos de Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, la “circunstancia”, entendida como el contexto que rodeó al asesinato de Larrabure, estuvo inserta en ese previo escenario de desestabilización política.

1975 fue el año de mayor cantidad de atentados terroristas de la historia argentina.

Desde frentes contrapuestos, y más allá inclusive de las motivaciones individuales de la mayoría de sus actores, esa escalada de violencia creó el clima de caos que precedió a la caída del gobierno constitucional. Esta especificidad otorga aún mayor trascendencia histórica al sacrificio de Larrabure, su ejemplo de entereza y dignidad y su mensaje de pacificación nacional y reencuentro de los argentinos.

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