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Alocada medicina en la Edad Media: Barbero-cirujano y sanguijuelas

La medicina de la Edad Media, entre la pestilencia, la suciedad y la superstición. Cuando la salud estaba en manos de los barberos.

En Europa Medieval, entre 1347 y 1352, la peste negra mató a más de 30 millones de personas. Dicha enfermedad, que siglos más tarde se comprobaría que provenía de las ratas, se creía que era obra del demonio, de la alineación de los planetas o por desequilibrio de los “humores” del cuerpo. Tales ideas erróneas y las supersticiones, signaban a la medicina de la Edad Media.

Las creencias religiosas, la herbolistería y el folclore popular daban explicaciones mágicas y alocadas soluciones a las pestilencias, debido a que aún los conocimientos médicos eran limitados. De hecho, se aplicaban polémicos procedimientos médicos, que incluían sangrías, trepanaciones de cráneo y tratamientos con estiércol.

"Las sanguijuelas deben mantenerse un día antes de aplicarlas. Deben ser exprimidas para que expulsen el contenido de sus estómagos", decía Avicena (Ibn Sina), médico, filósofo y científico persa (980–1037), en El Canon de la Medicina , una de las obras médicas más influyentes en Europa y el mundo islámico durante siglos.

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Un médico extrae la piedra de la locura a un paciente. El Bosco. 1475. Museo del Prado, Madrid | GENTILEZA Wikimedia Commons

Los filósofos, los curanderos, los sacerdotes y los barberos, eran la palabra autorizada para tratar todos los males y castigos divinos, así como para realizar cirugías y procedimientos sin asepsia.

En dicha época, la teoría médica dominante venía de Hipócrates y Galeno, y decía que el cuerpo tenía cuatro "humores" (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra), y que si uno de ellos estaba en desequilibrio, te enfermabas. Por ello mucho de los tratamientos buscaban restaurar el equilibrio de los “cuatro humores”, aunque ellos significara hacer cosas extremas.

La salud también podía verse afectada por la alineación astrológica, por el Diablo o por la "brujería" de pueblos marginados, como los gitanos y los judíos. Al respecto, el erudito George Childs Kohn comenta:

"La peste se atribuía a todos y cada uno de los siguientes factores: aire y agua corrompidos, vientos cálidos y húmedos del sur, proximidad de los pantanos, falta de luz solar purificadora, excrementos y otras inmundicias, descomposición pútrida de los cadáveres, excesiva indulgencia en los alimentos (especialmente las frutas), la ira de Dios, el castigo por los pecados y la conjunción de estrellas y planetas. Los fanáticos religiosos afirmaban que los pecados humanos habían provocado la espantosa peste; vagaban de un lugar a otro, flagelándose en público... El pánico cundía por doquier, y los hombres y mujeres no sabían cómo detener la muerte, salvo huyendo de ella. (27-28)".

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Xilografía de un hombre apestadp acostado en cama, atendido por tres médicos. Del Pestbuch , un tratado médico del siglo XVI de Hieronymous Brunschwig (c. 1450-1512).

La asquerosa medicina durante la Edad Media

La medicina en la Edad Media (aproximadamente del siglo V al XV) estaba llena de ideas erróneas, supersticiones y prácticas que hoy nos parecen totalmente alocadas, aunque muchas veces eran el mejor intento de las personas por entender y tratar las enfermedades con los conocimientos limitados de la época.

Además, se mezclaba con la magia y la superstición, recomendando una serie de remedios poco higiénicos y una lista de soluciones extravagantes.

Por ejemplo, para curar las almorranas un médico prescribía la aplicación de "emplastos que restriñen o ungüentos a base de acacia, almáciga, incienso, sangre de drago, tela de arañas, pelos de liebre cortados muy menudos, engrudo de peces, engrudo de carpintero, agallas, zumaque y granos de arrayán, de cada uno una dracma [3,6 gramos]".

También se creía en los milagros y en la imposición de las manos para curar toda clase de males. Lo mismo se decía de las reliquias de santos: las de san Valentino curaban la epilepsia; las de san Cristóbal, las enfermedades de la garganta; las de san Ovidio, la sordera, y las de san Apolonio, el dolor de muelas.

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Cura de un soldado herido en el Romance de Troya, autor italiano, siglo XIV. Biblioteca Nacional Marciana, Venecia. | GENTILEZA Bridgeman Images

Asimismo, consideraban que la locura, los dolores de cabeza y los problemas de la mente (enfermedades neurológicas) se debían a que la persona tenía una piedra en el cerebro o había un “espíritu malo” que lo poseía, por lo que los cirujanos de la época, que usualmente eran los barberos, trepanaban los cráneos con herramientas rudimentarias y sin anestesia.

Hacia 1300, un manual de Bernardo de Gordonio prescribía como remedio para las jaquecas, algo menos doloroso que una trepanación, untar en la cabeza del enfermo "aceite de aceitunas no maduras sin sal y en el mismo pueden hervir las siguientes cosas: cogollos de sauce, de vid blanca, de calabaza, de lechuga, de rosas, de granadas agrias y semejantes". También podían usarse narcóticos como "opio, beleño y mandrágora".

En cuanto a el tratamiento de las heridas graves de guerra; el cirujano italiano Rolando de Parma, por ejemplo, en casos de desgarramiento del pulmón (prolapso pulmonar) provocado por heridas en el tórax, practicaba una extirpación parcial del pulmón con ulterior sutura. De la misma forma, ante un intestino seccionado o hendido, se actuaba de tres modos diferentes: Rogerio de Palermo proponía la sutura sobre una cánula de sauco introducida en la luz intestinal (diámetro interno del intestino); Guillermo de Saliceto aconsejaba la sutura directa o de peletero, y Jan Yperma la práctica de una pequeña resección en ambos cabos del corte antes de la sutura.

Según reportan los historiadores, en algunos casos se dormían al paciente con "esponja soporífera", previamente empapada de una mezcla líquida de "opio, jugo de moras amargas, beleño, euforbio, mandrágora, hiedra y semillas de lechuga", la cual se aplicaba a la nariz del enfermo hasta que se dormía. Esta técnica la utilizaron Hugo de Lucca y su hijo Teodorico, cirujanos italianos del siglo XIII.

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