Suena a injusticia tanta carga sobre un solo par de hombros. "Gladiador", "Esperanza", "Súper Andy". Los diarios ingleses reciclan motes y calificativos para sostener al hombre que, para ellos, casi, es la razón de ser de este Wimbledon.
Murray, hoy británico, tal vez dentro de poco sólo escocés, asume con bastante entereza el trabajo doble que representa para él este torneo. Como si no tuviera poco con jugar y llegar lo más lejos posible, con interpretar esa necesidad colectiva, se hace cargo además de una rutina inevitable: responder, casi a diario, sobre cómo sobrelleva esa presión, cómo se visualiza a sí mismo el domingo...
A los 25 años, este muchacho nacido en Dunblane y vecino de Londres, que de chico se inclinó por el tenis pese a que su talento en el fútbol ya le había puesto por delante una oferta de Glasgow Rangers, es el encargado de sostener la vieja quimera británica. Darle, por fin, una continuidad a la ya borrosa conquista de Fred Perry en 1936.
Su rival será el potente francés Jo-Wilfred Tsonga, quien cumplió con los pronósticos y dio cuenta del alemán Philipp Kohlschreiber (30) por 7-6, 4-6, 7-6 y 6-2.