Unas 24 horas atrás, Bartomeu había despejado dudas acerca de una eventual renuncia mientras esperaba por la respuesta de la Generalitat- sistema institucional en que se organiza políticamente la comunidad autónoma española de Cataluña- por la prorroga del voto censura que buscaba removerlo de su cargo. En concreto, Barcelona había pedido su aplazamiento por 15 días alegando cuestiones sanitarias en el marco de la pandemia del coronavirus. Pero la respuesta no fue la que esperaba y por eso hoy en su despedida cargó contra la entidad.
"Algunas decisiones a parte de incomprensibles, me parecen irresponsables. Es un calificativo fuerte, pero es lo que pienso. En un momento en el que la Generalitat está tomando decisiones e insinuando el confinamiento del fin de semana ante el riesgo de colapsar el sistema sanitario. Vemos versiones contradictorias. Nos han negado lo que ellos han estado reclamando al gobierno central: potestad para poder gestionar este voto con responsabilidad sin saltarnos los estatutos. En este momento no encuentro otro calificativo que irresponsable”, apuntó Bartomeu.
En la misma línea, precisó: "No queríamos poner en riesgo la salud. Sabemos que dejamos el club en manos de una gestora, que en estos momentos de pandemia, no sabemos si podrá convocar elecciones de forma inmediata. La voluntad de la junta no ha sido nunca la de perpetuarse en el club. Tras la eliminación de Champions lo fácil era dimitir, pero teníamos que garantizar el futuro del club en medio de una crisis mundial sin precedentes. No podíamos dejar el club en manos de una gestora. ¿Quién hubiera fichado a un técnico o fichar a jugadores o asegurar la continuidad de Messi o adecuar salarios? Como junta teníamos la obligación de hacerlo”.
Lo cierto es que ya la situación era insostenible para el dirigente catalán. Desde hace tiempo que su figura venía siendo cuestionada no solo por los simpatizantes del club, sino también por los propios jugadores.
Bartomeu se desempeñó como vicepresidente hasta 2014, cuando le tocó asumir como la máxima autoridad de la institución ante la renuncia de Sandro Rosell. El año siguiente, y tras ganar la Champions, resultó reelecto y desde allí las cosas empezaron a cambiar para mal en el Barcelona.
La guerra con Messi tras el anuncio del astro argentino de su salida del club (que finalmente quedó trunca justamente porque Bartomeu se lo impidió), fue la gota que rebasó el vaso: "El presidente siempre dijo que yo al final de temporada podía decidir si me quería ir o si me quería quedar y al final no terminó cumpliendo su palabra. El burofax era hacer oficial que me quería ir, porque el presidente no me daba bola", dijo Leo el día que confirmó su continuidad, semanas atrás.
La relación con el futbolista ya se sabía rota desde mucho antes aquel episodio. El propio jugador había dejado en claro las diferencias cuando salió a aclarar que el nadie del plantel se había opuesto a una reducción salarial cuando se decretó el 'parate' del fútbol por la pandemia, o cuando trascendió que el club gastó fondos para contratar empresas que hablen mal de los jugadores, según determinó una investigación.
Y con los hinchas la paciencia se agotó el día de la catastrófica derrota 2-8 frente al Bayern Munich, por las cuartos de final de la pasada edición de la Champions. Como si eso fuera poco, a eso se le sumó en los días posteriores la limpieza del plantel y el episodio del Burofax, lo que desató movilizaciones de los hinchas en contra de Bartomeu y toda su comisión directiva. Al movimiento se sumaron los precandidatos opositores a presidentes: Jordi Farré, Víctor Font y Lluís Fernández Alà. Ellos comenzaron el voto de censura para la destitución y para eso necesitaban las firmas de un 15% del censo electoral del club. Lo lograron con más de 20.000 peticiones y así llegaron al punto de definir todo en un referéndum, en el que si el 66% de los votantes lo decidían, Bartomeu y su comisión serían destituidos. Pero con la renuncia del dirigente, el proceso ya no será necesario. Mientras tanto, los simpatizantes blaugranas encontraron un motivo para festejar tras seis años de un mandato muy resistido.