El sábado 25 de agosto de 2007, con Cristina de Kirchner necesita de mostrar un 'rostro humano' en su proselitismo presidencial, Bonafini le organizó una visita a las obras de autoconstrucción en Ciudad Oculta, del plan conocido como Misión Sueños Cumplidos.
"Hoy no sólo construyen casas, sino que son símbolos de una Argentina que ha decidido construir, apostar al trabajo y a la dignidad por sobre la destrucción y el odio", dijo Cristina en aquella ocasión.
Sin embargo ni Cristina ni Bonafini se han interesado por el trabajo notable de María Rosa González, nominada como una de las mujeres internacionales de coraje 2008. Sí han apoyado esa tarea el jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri, y el embajador Wayne, por ejemplo, quien llevó a unos 200 niños juguetes y leche chocolatada donados por McDonald's y el Sedronar, bebieron gaseosas de Coca-Cola (¿acaso la embotelladora no había donado agua mineral a Guillermo Moreno para una manifestación kirchnerista durante el conflicto agropecuario?), y un notable respaldo político-institucional, en días cuando el proyecto gubernamental de despenalización de la tenencia de drogas para consumo personal, que no va acompañado por una tarea del Estado para reducir el consumo, para muchos resulta una suerte de 'abandono de persona', de parte del Estado Nacional.
Es evidente la diferencia en el enfoque acerca de las necesidades de los habitantes de Ciudad Oculta.
María Rosa y las 'Madres del Paco' surgieron ante la falta de respuestas de parte del Estado a los problemas cotidianos provocados por la adicción a esa sustancia terrible. El grupo, formado por más de 150 mujeres, llegó a entregarle un petitorio al por entonces presidente Néstor Kirchner para que creara centros especiales de atención para el tratamiento de esa adicción.
Sin embargo, hasta el presente, no hubo una respuesta adecuada.
Mientras luchaba con el control de su epilepsia, María Rosa González se quejaba de la inacción, cuando no la complicidad, de efectivos de la Policía Federal Argentina, ante la acción de los narcos. Ella estaba preocupada porque su hijo mayor, Jeremías, llegó a bajar 30 kilos por el paco. Hasta llegó a empeñar una olla con guiso a cambio de una dosis. Pero María Rosa logró que Jeremías se internara en un centro de rehabilitación y abandonara el consumo de cualquier sustancia adictiva. Jeremías logró una inserción laboral y ya no vive en la Villa 15.
Ahora, es 'Juancho', el otro hijo de María Rosa, el objeto de sus desvelos, víctima del negocio del narcotráfico que tiene al paco como un filón del consumo en la población de menores recursos: 10 ó 15 segundos de euforia que, cuanto más tiempo se aguantas en los pulmones, consigue un mayor impacto.
La apertura de centros de internación debería una tarea conjunta del Sedronar y el Gobierno de la Ciudad; sin embargo, hasta ahora no hay novedades relevantes.
La expectativa es que, con Ciudad Oculta en el foco de una disputa sobre modelos de sociedad, pueda conseguirse aquello que, hasta ahora, parece imposible.