De todos modos, a esta altura era imposible que, en la cuestión de referencia, al literario Vignatti se lo volvieran a fumar. Porque aquella dupla imbatible, conformada por los linces Vila y Manzano, ya se había desprendido previamente de las acciones de Ámbito. En agosto del año pasado. Se las habían transferido al señor Claudio Ramos.
Hijo de don Julio, Claudio Ramos, junto a la perenne Miss Universo, la incandescente señora Silvana Suárez, eran los accionistas principales del diario. Madre, la señora Miss Universo, de dos hijos, aún menores, de don Julio.
Y co-protagonista además, junto a don Julio, del novelón que aguarda la gloria de ser escrito. Algunos capítulos, olvidablemente pintorescos, fueron precipitadamente redactados por el mismo don Julio. Publicados en el diario. La tercera condición podía cultivar el ego de García, por otra parte suficientemente desarrollado.
Si se ponían de acuerdo, y se efectuaba la compra, Vignatti pretendía que García -al que aún llaman El Decano-, continuara al frente del diario. El final, en este aspecto, fue feliz.
En la frontera de la muerte, don Julio Ramos supo, al despedirse, exhibir inusuales características de grandeza. Al asignarle, por ejemplo, algunos puntos de la herencia, para repartir entre los periodistas que le fueron eficazmente leales. Merece consignarse.
Entonces, desde algún quincho del Purgatorio, don Julio podrá sentirse relajado. Porque Ámbito no desembocó en las costas adversarias del Grupo Clarín. El enemigo, profesional y empresarial. El "Monopolio", al que Ramos le dedicó, en la dilatada confrontación unilateral, la gran parte de sus enérgicas pasiones.
Para colmo, en otro rapto de perversidad, las autoridades de Clarín no demostraron, siquiera, el menor interés en quedarse con Ámbito. Oficialmente, según Gargantas, Vignatti desembolsó, por la totalidad de Ámbito, 30 millones de dólares. Al comenzar, pedían entre 38 y 40 millones de glucolines verdes. Tal vez, a Vignatti le falte poner, aún, para evitar "atronadores quilombos", algunos cientos de miles de dólares más. Glucolines para confortar, espiritualmente, al otro intermediario. Al autodenominado "Hermano de sangre". Otro acercador que pretendía, en su desborde, ser, además, socio de Vignatti. Por sentirse "Hermano de sangre".
Pero el "hermano" sanguíneo fue volteado del negocio, según nuestras fuentes, merced a las categorías del doctor Isaack.
Este litigio, sigilosamente judicializado, viene desde el costado de Vignatti. No hay que mezclar, a los efectos del análisis. De la construcción del relato, diría La Elegida. Porque los intereses se entrecruzan.
Brota, en todo caso, una disputa complejamente llamativa, por la cotización del acercamiento. Por simplificar las extrañas dificultades que mantienen, para vincularse, los dos sujetos que, en el fondo, necesitan acercarse. "Dos almas en el mundo". Una que quiere vender, con otra que quiere comprar. Es la base de la existencia del capitalismo, que sabe describir el diario. Los segundos, aquí, no deben quedarse afuera. En el capitalismo no ocurre, exactamente, como en el box. Deben situarse, los segundos, adentro del negocio. Con la generosidad pactada de una retribución.
El final, para los intermediarios, los acercadores, soñadores de Tinelli, fue menos feliz que para los acercados. Es ingrato para el coronel Zenarrusa, y para su socio venerable, el consultor Bracht. Los acercadores que llevaron, en aquel anochecer de diciembre, a los primeros vignattistas. Los acercados Brebbia y Rode. Con el acuerdo de ir a medias, Zenarruza y Bracht, en lo que recaudaran, en su condición de acercadores, de las dos partes, por el acercamiento. Del lado de los acercados vendedores de Ámbito. Y del lado de Vignatti, el acercado comprador.
Intermediación
Hoy deambulan, los intermediarios iniciales, con el gesto reclamatorio, entre las confidencias. Planificaban, lícitamente, repartirse, por el mero éxito del engarce, un millón de glucolines verdes. Nunca menos de 800 mil. Aunque no pudieran lograr la firma de ningún convenio de intermediación, que les reconociera la legitimidad de sus honorarios. Aparte, a medida que transcurrían las semanas, cuando se transformaban en meses y sospechaban ser amargamente pedaleados, los acercadores bajaban las pretensiones reparatorias.
Cada vez, a los acercadores, les costaba más contactarse, así fuera por el celular, con los acercados. Los personajes protagónicos.
Desde la máxima del millón descendían paulatinamente. De ochocientos, en abril pasaron, según Gargantas, al digno medio millón. Hasta alcanzar, en la plenitud de junio, la melancolía de los cien mil dólares. En un pago a distribuirse, incluso porcentualmente, entre los accionistas, los acercados que vendían. Los que de pronto perseguían, con incierta unanimidad, el ejemplo del comportamiento ponderable del mítico Casildo.
La Miss Universo, según Gargantas, no aceptó poner, siquiera, un centavo. Los glucolines pertenecían -argumentaba- al patrimonio estricto de sus hijos. Su letrado, el amable doctor Rigidori, ya no sabía qué decirles a los intermediarios, ansiolíticamente devaluados.
Al cierre casi dramático de esta crónica, después de cobrar la suya, la que abundantemente le pertenecía, y antes de ausentarse, algo conmovido, acaso hipersensibilizado, Claudio Ramos despuntó como excepción. Se inspiró en la altivez de su padre y les envió unos mangos a los acercadores. Para las alcancías de Zenarruza y de Bracht. Glucolines insuficientes, pero verdes. Una parte de lo que a Claudio le correspondía poner. Los intermediarios, según nuestras fuentes, de inmediato se los repartieron. Mitad y mitad, como algunas pizzas de Las Cuartetas. Mientras tanto, casi sin optimismo, descreen del probable desprendimiento de los otros acercados.