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Universitaria de día, prostituta de noche
La siguiente investigación fue publicada por Crónica, suplemento del diario madrileño El Mundo, y a juzgar por los avisos agrupados del rubro Hot en la Ciudad de Buenos Aires, en la Argentina no es muy diferente:
17 de marzo de 2004 - 04:31
Una guapa adolescente llamada Lulú sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven a quien hasta entonces había deseado vagamente, sin esperanza. Después de esta primera experiencia, disfruta durante años del juego amoroso de la pubertad y recrea su peculiar relación sexual. Pero el hechizo se rompe cuando Lulú cae en la vorágine de los deseos peligrosos. Un mundo sórdido y cruel que creía ajeno a ella estrecha un cerco obsesivo a su alrededor y la introduce en una mezcla de prostitución, ninfomanía y autodestrucción».
Elsa -nombre ficticio- lee en voz alta la contraportada de Las edades de Lulú, la novela de Almudena Grandes. Cuando termina, deja el libro sobre la mesa de un restaurante barato de la madrileña Avenida de Barcelona y dice: «Mis amigas me han recomendado este libro. Y, de momento, me está gustando». Levanta la vista, se encoge de hombros y sonríe. «No pienses que tiene algo que ver conmigo ¿eh?, yo no soy así. Ésta [Lulú] lo hace por vicio. Yo, por dinero».
Elsa, veinteañera y chica de catálogo, acude por las mañanas a la universidad, donde estudia Filología Inglesa. Por la noche ejerce como prostituta. Pide un filete, agua mineral y un café con dos sobres de azúcar, por favor. Enseguida, dispara: «Espero que no me estés grabando con una cámara oculta. Si mi familia me ve en la tele, me matan».
Llega vestida elegante, con un traje de chaqueta, las uñas pintadas y tacones altos. Se mira a sí misma de arriba a abajo y pregunta: «¿Es lo que esperabas? Ya ves que no voy hecha una buscona».Aparta su melena rubia de la cara y añade: «Se trata de un trabajo como otro cualquiera. No hago nada malo, ni he matado a nadie, ni vendo droga. Ofrezco un producto por el que me pagan. Y lo elijo libremente, sin que nadie me explote ni me obligue».
Se relaja, pero de vez en cuando mira por la ventana en busca de miradas indiscretas. «No pienses que es un trabajo fácil.Está lleno de sacrificios y de míseras», advierte. «Cada una lo hace por circunstancias diferentes. En mi caso, alguien me dejó una deuda económica sin pagar y tuve que acudir a la agencia.Desde el principio me dijeron las condiciones en las que iba a trabajar y las han cumplido. En ese sentido, el trato es excelente», advierte. «Además, cuando quiera lo dejo, soy libre para decidir».
Elsa está en tercer curso. Pero lleva dos años estudiando la otra carrera. Llegó de Pontevedra para licenciarse, pero el dinero que le pasaba su padre «era insuficiente», según cuenta. «Me levanto temprano para ir a la universidad y por la tarde acudo a clases de contabilidad. Puedo llevar una vida normal, pero si me llaman diciendo que hay un cliente esperándome en tal sitio tengo que trabajar y dejar lo que esté haciendo. Ése es el contrato».
No le gusta la palabra prostituta. Prefiere utilizar eufemismos del tipo las-que-nos-dedicamos-a-esto. Pertenece a la clase más elitista, a un grupo de jóvenes que no están sometidas a las mafias, sino que eligen acostarse con un hombre para sacar dinero rápido. Aunque no existen datos oficiales, Elsa y sus compañeras están seguras de que cada vez son más las que alternan las aulas con la prostitución, un negocio que ya engloba a más de 300.000 mujeres en toda España -la mayoría extranjeras- y que mueve 18.000 millones de euros al año.
«Me metí en esta movida porque no me quedaba otra. Y no soy la única que está así». Elsa cita dos o tres casos: «Una compañera mía tiene dos hijos a los que atender y una casa y un coche que pagar. Otra está estudiando Medicina en una privada... ¿Con qué trabajo puedes pagarte todo eso? ¿Currando en un burguer? Si estudiamos es para cambiar de vida, para currar en otra cosa, no como una tapadera para nuestros padres».
Arantxa, de 22 años, está matriculada en Farmacia y accede a una entrevista telefónica: «Muchas chicas no lo hacen por dinero, sino por una cuestión de falta de cariño, cohesión familiar o por cierta tendencia a la autodestrucción, que puede ser mi caso cuando empecé».
La futura farmacéutica desea matizar muchas de las cosas que se han escrito sobre la prostitución de lujo en España. «Esto es muy distinto a lo que te venden en la tele. No es verdad que seamos adictas a la cocaína. No es verdad que estemos todos los días de fiesta, ni que lo hagamos por comprar ropa cara, ni que seamos unas ninfómanas. Yo termino de hacer mi trabajo y soy una tía normal, igual que cualquier compañera de facultad».
La tarifa de estas chicas asciende a los 300 euros por un servicio de una hora, 2.000 por una noche y 3.000 si esa noche la pasa de viaje con un cliente. «La media de lo que saco al mes puede estar en torno a los 4.000 o 4.500 euros, pero a la agencia le corresponde la mitad. Parece mucha pasta, pero tienes que pagar el alquiler de un piso, así que 2.000 euros no es tanto». Arantxa cree que es justo que sus jefes se queden con el 50% del dinero, «ya que ellos te proporcionan clientes, seguridad y discreción».
Elsa comenta que «la agencia es la que cuida de una, sobre todo en cuanto a la seguridad». Y apunta: «No nos envían a ningún sitio extraño sin antes comprobar que el señor que solicita el servicio coincide con la persona que dice ser».
No es fácil, según dicen, ser trabajadora del sexo y estudiar al mismo tiempo: «La doble vida te exige discreción. Vives con el miedo pegado al cuerpo, a que te descubran tus compañeros de facultad, a que te reconozca tu familia... No es dinero fácil, ni mucho menos», dice Myriam, de 24 años, estudiante de Historia y compañera de Arantxa. Elsa es de la misma opinión: «Tengo que pensar en dos personas diferentes. Mi vida normal y mi otra vida.Cuando necesito ropa compro de dos tipos: la del día y la de la noche».
La francesa Valery Tasso, que se dedicó a la prostitución de lujo durante cinco meses y escribió sus experiencias en Diario de una ninfómana (Plaza & Janés), cree que son cada vez más las chicas que se dedican a este tipo de servicios. Deja claro que no desea hacer apología de la prostitución, pero ella afirma que legalizarla «es la primera medida para acabar con la explotación mafiosa».
Montse fue «puta», como ella dice, pero ahora ejerce como madame, es decir, encargada de una agencia que ofrece servicios de escort (acompañamiento) a clientes que sean capaces de pagar 3.000 euros por una noche: «Los señores que vienen aquí buscan una chica de buen físico, pero que no llame demasiado la atención. También piden que tenga cierta cultura, que no les haga quedar en ridículo en una cena. Para ese trabajo, las universitarias son ideales», afirma.
Elsa, a modo de despedida, pide un deseo en voz alta: «Yo estoy deseando cambiar de trabajo y ganarme la vida de manera decente.Lo digo porque tengo la sensación de que vendo parte de mí misma.Pero hasta que llegue ese momento, sólo pido el respeto de la gente».
