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A 100 años del robo de Panamá a Colombia
POR OLMEDO BELUCHE y OVIDIO DÍAZ ESPINO (*)
El 3 de noviembre de 1903, USA creó Panamá para construir un canal interoceánico, quitándole una porción de territorio a Colombia.
02 de noviembre de 2003 - 04:48
Contrario a lo usualmente afirmado por la historia oficial panameña, la separación de Panamá de Colombia en 1903 no fue producto de un movimiento genuinamente popular, ni de un anhelo liberador de los istmeños frente al "olvido" en que supuestamente nos tenía Bogotá.
El estudio documental de la época más bien demuestra una integración cultural y política de los panameños en el conjunto de la nación colombiana, incluso entre los sectores de la oligarquía comercial conservadora de la ciudad de Panamá, que sería agente de la conspiración separatista.
Las diversas crisis políticas producidas a lo largo del siglo XIX, expresadas en lo que nuestra historia llama genéricamente "actas separatistas" (1826, 1830, 1831, 1840-41, 1860), muchas veces han sido sacadas de su verdadero contexto para ser presentadas como expresiones de una nación en ciernes que viene a concretarse en 1903.
Pero un repaso cuidadoso de los hechos que rodearon a cada una de esas coyunturas muestra que, más que un proceso de conformación nacional diferenciado de Colombia, estos movimientos expresaron conflictos políticos (liberales vs conservadores), económicos (librecambismo vs proteccionismo) y administrativos (federalismo vs centralismo)(Beluche, 1999).
En Panamá, conocer y aceptar los verdaderos móviles y actores de la separación ha sido un parto que nos ha tardado cien años producir, pero al que están contribuyendo nuevas investigaciones recientemente aparecidas (Díaz Espino, 2003). Aunque hubo pioneros que desde hace décadas se atrevieron a señalar los hechos en toda su crudeza (Terán, 1976), sus trabajos fueron sistemáticamente ocultados y denigrados. También hubo historiadores extranjeros que abordaron objetivamente el acontecimiento, pero estos libros quedaron como material de especialistas y lejos del alcance del gran público (Lemaitre, 1971; Duval, 1973).
Los actores principales de este drama son: el expansionismo imperialista de USA, expresado en su carismático presidente Teodoro Roosevelt; la quebrada Compañía Nueva del Canal, de capitales franceses, representada por Philippe Bunau-Varilla; en el centro de los hechos, el prominente abogado neoyorkino William N. Cromwell, verdadero cerebro de la separación y representante legal tanto de la Compañía Nueva del Canal como de la Compañía de Ferrocarril de Panamá; los agentes norteamericanos y panameños de la Compañía del Ferrocarril, como José A. Arango y Manuel Amador Guerrero y, por supuesto, el venal e inepto gobierno colombiano del vicepresidente José Manuel Marroquín.
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A fines del siglo XIX, USA iniciaba su proceso de expansión en el Caribe, desplazando de allí a sus otrora rivales: España e Inglaterra. A la primera le arrebató Cuba y Puerto Rico con la guerra de 1898; con la segunda firmó el Tratado Hay-Pauncefote en 1901, por el cual se reconocía la preeminencia norteamericana en la posible construcción de un canal por el istmo centroamericano.
El canal era una necesidad lógica del desarrollo capitalista norteamericano, ya que era la única forma de integrar y comunicar sus costas atlántica y pacífica.
En principio, la ruta privilegiada por Washington para construir este canal no era Panamá, sino Nicaragua, siguiendo el cauce del río San Juan hasta sus grandes lagos. Aquella parecía más factible y menos costosa, en especial si ya estaba el precedente del fracaso francés en la construcción del canal por Panamá.
Mediante el Convenio Salgar-Wyse (1878) una empresa francesa, encabezada por el ingeniero Fernando de Lesseps, había iniciado la excavación del canal en 1880. Esta primera empresa fracasaría ante las enormes dificultades tecnológicas, hacia 1888, dando paso a un nuevo intento con la Compañía Nueva en los años 90 del siglo XIX, que también fracasaría.
De manera que, para fines de 1901, la Comisión Walker del Congreso norteamericano, luego de estudiar ambas alternativas, se había pronunciado por la vía de Nicaragua, y el 18 de noviembre se firmó un tratado con ese país. ¿Qué motivó que dos años después USA cambiara completamente de opinión?
La historia simplista narra que, en posteriores debates del Congreso, tanto Bunau-Varilla como Cromwell mostraron estampillas de correo nicaraguenses en las que se aprecian los volcanes de este país, y que los senadores norteamericanos, impresionados por la explosión del volcán Mount Pelée, que había borrado del mapa la isla de Saint-Pierre, y por una falsa noticia de la erupción del Momotombo, entonces se decidieron por Panamá.
Pero, ¿qué motivó al abogado Cromwell y al ingeniero francés Bunau-Varilla a intervenir tan activamente para convencer a los senadores de adoptar la ruta panameña? Lo que no se cuenta es que, ya para 1896, la Compañía Nueva del Canal, a través su presidente Maurice Hautin, dada la incapacidad para terminar el Canal de Panamá y ante la posibilidad de perder US$ 250 millones en inversiones cuando expirara la concesión en 1904, había contratado a William N. Cromwell para convencer al gobierno norteamericano de comprarles sus propiedades.
Cromwell no se limitó al cabildeo para el que fue contratado, sino que inició un plan que denominó "americanización del canal", por el cual reuniría un grupo de notables empresarios de Wall Street que sigilosamente comprarían las devaluadas acciones del "canal francés" y las revenderían a su gobierno. Para ello, su bufete Sullivan & Cromwell estaba en una posición privilegiada, ya que contaba con clientes como el banquero J. P. Morgan, entre otros.
El 27 de diciembre de 1899, Cromwell fundó la Panama Canal Company of America, con US$ 5.000 de capital, emitiendo acciones por US$ 5 millones, de las que participaron empresarios como J.P. Morgan, J. E. Simmons, Kahn, Loeb & Co., Levi Morton, Charles Flint, I. Seligman (Díaz Espino, 2003).
Este grupo influyó en el prominente senador y líder republicano Mark Hanna, quien actuó como vocero de la "causa panameña". Luego del asesinato del presidente McKinley, este grupo también convenció al presidente Teodoro Roosevelt, haciendo partícipes del negocio a Henry Taft, hermano del ministro de Guerra y futuro presidente William Taft, y al cuñado de Roosevelt, Douglas Robinson.
El traspaso de la Compañía Nueva, de manos francesas a las yanquis, tardó varios meses por la resistencia inicial de Hautin a renunciar por completo a la empresa y vender a muy bajo precio. Sin embargo, la adopción de la propuesta por Nicaragua en 1901 sirvió de acicate a los accionistas franceses que sacaron de en medio a Hautin, y nombraron vocero a Maurice Bo, director del banco Credit Lyonnais, y éste a su vez envió a Bunau-Varilla para negociar con los norteamericanos.
El negocio era redondo, se invirtieron US$ 3.5 millones en las acciones de la Compañía Nueva, que fueron compradas en lotes pequeños, y se revenderían al gobierno norteamericano en 40 millones de dólares, obteniendo los inversionistas norteamericanos utilidades por cada acción por el orden del 1.233 %.
Por supuesto, concretar el negociado pasaba, primero, por convencer al gobierno y al Congreso de USA de optar por Panamá; segundo, firmar un tratado con Colombia que autorizara a ese país para terminar la obra iniciada por los franceses. En enero de 1902, el senador John Spooner a instancias de Roosevelt presentó el proyecto de ley que autorizaba a su gobierno a negociar con Panamá y que anulaba la precedente Ley Hepburn, que favorecía a Niacaragua.
Ese año el esfuerzo se centró en negociar con Colombia el tratado, camino que estuvo lleno de dificultades, dada la actitud patriótica del negocaciador José Vicente Concha, que objetó reiteradamente aspectos leoninos del tratado propuestos por el secretario de Estado John Hay.
Sin embargo, la presión norteamericana pudo más, forzando al gobierno del vicepresidente Marroquín a desautorizar reiteradamente a su embajador, el cual finalmente renunció. El camino quedó despejado para un acuerdo, firmado en enero de 1903 y que llevó el nombre de Tratado HerránHay.
Pero este tratado cayó como una bomba en Colombia, y en Panamá por extensión. Mediante el acuerdo se segregaba una zona de 5 kilómetros a cada lado del canal, incluyendo ríos, lagos y los principales puertos, en la cual Norteamérica tendría plena jurisdicción. El "canal francés" sólo segregaba 200 metros a cada orilla sin menoscabo de la soberanía nacional.
Además la compensación económica que se proponía (US$ 10 millones de abono y US$ 250.000 anuales) era evidentemente inferior a lo que ya el Estado colombiano recibía por los derechos del ferrocarril (US$ 250.000 anuales) y otros tantos por uso de los puertos. Comparado con el Salgar-Wyse, el Herrán-Hay era totalmente inconveniente.
Había otro escollo: el tratado contemplaba el pago de 40 millones de dólares que USA haría a la Compañía Nueva del Canal en compensación, pero esto era completamente ilegal, pues estaba claramente prohibido por la Constitución y por el propio Salgar-Wyse, que impedía a esta empresa traspasar sus propiedades a un gobierno extranjero. El Tratado HerránHay nació, pues, condenado por la opinión pública colombiana y panameña, especialmente por el menoscabo de la soberanía.
El gobierno de Marroquín tuvo ante el HerránHay una actitud incongruente: por un lado, había autorizado a su embajador Tomás Herrán a firmarlo; por otro, no puso empeño en defenderlo, especialmente ante el Congreso, que fue convocado en junio de 1903 para ratificarlo.
Pero no era la soberanía lo que preocupaba al gobierno Marroquín, sino que se centró en tratar de recibir una tajada de los 40 millones que recibirían los accionistas de la Compañía "francesa". Sin saberlo Marroquín, creemos, con esta aspiración tocaba las fibras más sensibles de poderosos intereses norteamericanos, lo que les llevaría a secesionar al Departamento del Istmo, pues no estaban dispuestos a renunciar a su ganancia.
Cuando el Congreso colombiano cerró sus sesiones sin ratificar el tratado, a mediados de agosto, emitió una resolución que expresaba la esperanza de que en 1904, cuando las propiedades de la Compañía francesa hubieran pasado a Colombia, por expirar el contrato Salgar-Wyse, se estaría en mejores condiciones de negociar con USA.
El razonamiento era simple, pero equivocado: en pocos meses quedarían fuera de la negociación los franceses, y podrían negociar directamente, sin un tercero de por medio, Bogotá y Washington. ¿Qué apuro podía tener Roosevelt, si hasta terminaría pagando menos, porque se podría ahorrar esos US$ 40 millones? Era lógico, pero errado, porque Roosevelt y sus socios eran los reales beneficiarios de esos US$ 40 millones, y no los franceses.
De ahí que el rechazo del Tratado HerránHay por el Congreso colombiano desencadenara la trama de la "separación", que empezó a prepararse ante la eventualidad, desde junio o julio. William N. Cromwell hizo viajar a Nueva York desde Panamá al capitán J.R. Beers, agente de fletes de la Compañía del Ferrocarril de Panamá; se dice que se entrevistó en secreto (en Jamaica) con el abogado panameño de esta empresa, y prócer de la separación, José A. Arango; y finalmente recibió por dos meses, entre fines de agosto y fines de octubre, a Manuel Amador Guerrero, otro empleado y futuro primer presidente de la República de Panamá, para tramar los hechos del 3 de Noviembre.
La ganancia estimada propició que los accionistas norteamericanos de la "Compañía francesa del canal" invirtieran grandes sumas que sirvieron para pagar miles en sobornos que oficiaron de parteras de la nueva República, por supuesto, con el apoyo de varias cañoneras de la Armada que convenientemente Roosevelt envió a principios de noviembre para "tomar el Istmo". Lo demás es historia conocida.
# 3 de noviembre de 1903
El 2 de noviembre de 1903, a las 17:30, con 42 marines a bordo, el USS Nashville echó anclas frente a la tranquila ciudad de Colón, sobre el Atlántico. Cerca de la media noche, la cañonera colombiana Cartagena llegó también a la bahía, con cinco generales y el batallón Tiradores, conformado por unos 500 hombres. Había zarpado de Barranquilla, comandada por el general Juan B. Tobar con el encargo de sofocar una supuesta invasión nicaragüense.
A las 6:00 del martes 3 de noviembre, Manuel Amador Guerrero ya estaba recorriendo angustiado las calles con el estómago vacío, sin saber cómo impedir la deserción de los conspiradores. Herbert Prescott superintendente asistente de la Panamá Railroad Company, le había informado sobre el arribo del Cartagena. Amador rogaba que los Estados Unidos cumplieran su parte del trato y no permitieran el desembarco de las tropas colombianas. Sin embargo, a las 8:30 llegaron pésimas noticias de Colón.
Cuando amaneció, el coronel John Hubbard, comandante del Nashville, subió a bordo del Cartagena y entendió erróneamente que las tropas colombianas habían llegado para relevar del mando a la guarnición de Panamá. El comandante del Cartagena, el fornido general Juan B. Tobar, de 50 años, le dijo a Hubbard que pensaba desembarcar con sus soldados. Como no conocía su misión, Hubbard no puso ninguna objeción.Se suponía que Hubbard no debía haberlos dejado pisar tierra.
El presidente Roosevelt se había tomado el trabajo de enviar a dos oficiales de West Point para recopilar información de inteligencia con el objeto de impedir el desembarco de tropas colombianas.
Además, el 1 de noviembre el secretario encargado de la Marina, Charles Darling, había despachado órdenes de impedir que los soldados colombianos pisaran suelo panameño, pero era domingo y el cable aún no le había llegado a Hubbard cuando subió a bordo del Cartagena. Por consiguiente, Hubbard permitió el desembarco en Colón de tres generales y 500 tiradores expertos colombianos, una fuerza con la cual tendrían que vérselas los revolucionarios.
Cuando los conspiradores de la ciudad de Panamá se enteraron, entraron en pánico. Tomás Arias, un acaudalado terrateniente, y varios otros recorrieron afanosamente las estrechas calles adoquinadas buscando a Amador. Lo encontraron deambulando por los callejones. Furiosos, le dijeron que no querían tener nada que ver con la revolución y regresaron a sus hogares.
Amador volvió a su casa y se acostó en la hamaca del patio interior. También él estaba dispuesto a abandonar la causa; la revolución había llegado a su fin. Cuando su esposa, María, lo vio, le ordenó que se levantara y prácticamente lo sacó de la hamaca de un empellón. "Hemos llegado demasiado lejos como para darnos por vencidos ahora. Con soldados o sin soldados, ¡la lucha tiene que continuar!".
Amador se levantó a regañadientes. Con María a la vanguardia los dos salieron a las calles para convocar a los demás conspiradores a una reunión de emergencia en la casa del superintendente Herbert Prescott.
Allí, María de Amador ideó un plan para afrontar la angustiosa situación. (Años después los conspiradores varones negarían el papel que desempeñó, en un intento por reafirmar su propio prestigio). Primero, sugirió que se separara a los generales colombianos de sus tropas.
El coronel James Shaler, que estaba encargado de la estación del ferrocarril en Colón, enviaría a los generales por tren a la ciudad de Panamá, dejando en Colón a la tropa. Ya en Panamá se vería qué hacer con los generales (uno de los planes era echar píldoras para dormir en su vino durante el almuerzo). Sin sus generales, los soldados podrían ser sobornados para que regresaran a Barranquilla.
En Colón, tan pronto el coronel James Shaler se enteró del desembarco de las tropas colombianas, asumió el control de la situación. Tenía un enorme prestigio como superintendente general de la Panamá Railroad Company, sobre todo porque muchos de los conspiradores, entre ellos Amador y José Agustín Arango, abogado de la Compañía, trabajaban para él.
En la bodega de la estación del tren, un galpón de madera que más parecía un granero, el coronel Shaler impartió órdenes a sus empleados, dando alerta máxima para que protegieran los trenes. Le pidió a Porfirio Meléndez comerciante que se había comprometido a dirigir la revolución en Colón, que fuera a su oficina. Los dos acordaron dirigirse a los soldados colombianos, decirles que la situación en ciudad de Panamá era de total tranquilidad, e instarlos a embarcarse de nuevo y regresar a Barranquilla.
Si los colombianos insistían en ir hasta la ciudad de Panamá, sólo permitirían que lo hicieran los generales; los revolucionarios se ocuparían de la tropa más tarde.
Mientras Shaler y Meléndez discutían los planes, el Cartagena pasó amenazante a pocos metros del Nashville y atracó en el muelle. El general Tobar fue el primero en desembarcar, seguido por el general Ramón Amaya, el general Francisco Castro y el coronel Eliseo Torres. Varios oficiales de Colón aguardaban en el muelle para rendir honores militares, incluido el general Pedro Cuadras, el prefecto de Colón. Meléndez se acercó a los generales colombianos mientras pasaban revista al regimiento.
Les dijo que el informe sobre la invasión nicaragüense era falso y que en la ciudad de Panamá reinaba la tranquilidad; los instó a embarcarse de nuevo y regresar a casa. Mientras conversaban, los interrumpió José Segundo Ruiz, capitán de puerto de la provincia de Bocas del Toro, en los límites caribeños con Costa Rica.
El agitado Ruiz le dijo al general Tobar que el 10 de octubre el capitán de un barco noruego anclado en la bahía de Almirante de Bocas le había dicho que "sabía a ciencia cierta que se estaba planeando un movimiento separatista en Panamá y que los Estados Unidos lo favorecían abiertamente". El general Tobar llevó a un lado al prefecto, el general Cuadras, y le preguntó sobre el rumor. Cuadras le dijo que no sabía nada sobre ningún movimiento revolucionario en Panamá o en Colón, pero Tobar no quedó muy convencido.
En la estación del ferrocarril el coronel Shaler se dio cuenta de que el general seguía preocupado y se apresuró a ir hasta el muelle. Le dijo a Tobar que el gobernador José de Obaldía aguardaba su arribo y que había pedido que fuera de inmediato a la ciudad de Panamá. Agregó que había dispuesto un tren de lujo especial para llevar a los oficiales, pero que tenían que partir de inmediato pues ya estaban retrasados según los planes.
Tobar dudó. "Yo le hice notar —explicó después Tobar— que me era imposible aceptar su invitación, pues era necesario que yo tomara las medidas adecuadas para el desembarco de las tropas y que quería llevarlas conmigo a Panamá". Shaler insistió y llevó a Tobar y a los otros generales hasta el vagón de tren, asegurándoles que enviaría a los soldados en otro tren especial que saldría a la 13:00.
Los generales Tovar, Amaya y Castro llegaron a la estación de ferrocarril de Ciudad de Panamá a las 11:30. Si abrigaban aún alguna duda sobre la situación real de Panamá, se tranquilizaron al comprobar la entusiasta bienvenida que les dieron en la estación de tren. Una banda tocaba himnos patrióticos y docenas de niños y curiosos agitaban la bandera colombiana.
Fueron recibidos por una nutrida delegación de ciudadanos distinguidos, entre ellos el gobernador De Obaldía, el vicecónsul norteamericano Félix Ehrman, propietario del Hotel Central y del Banco Ehrman, el hijo de doctor Amador, el secretario de Obaldía, Julio Fábrega; Demetrio Brid, presidente del Concejo Municipal de Ciudad de Panamá, y Eduardo de la Guardia, tesorero del Departamento de Panamá.
El general Esteban Huertas, comandante del regimiento colombiano, quien jugosamente sobornado se había puesto del lado de los revolucionarios, alineó a sus tropas para pasar revista y la fuerza policial rindió honores militares. Los generales subieron al elegante coche del gobernador De Obaldía y, precedidos por el regimiento de Huertas y por una larga procesión de oficiales, se dirigieron al Palacio de Gobierno, en donde los aguardaba un banquete preparado en su honor.
El gobernador De Obaldía le informó al general Tobar que no había tal invasión nicaragüense y que reinaba total tranquilidad en Panamá. Cerca de la 13:00. De Obaldía le ordenó al conductor de su coche que llevara a los generales a un hotel cercano a la comandancia general para que pudieran tomar una siesta.
Mientras tanto, Amador les estaba diciendo a los conspiradores que la revolución tenía que hacerse esa misma tarde, en vez del 4 de noviembre, como se había planeado originalmente. La noticia de que se había programado una reunión masiva en la Plaza Catedral a las 18:00 p.m. se propagó rápidamente por toda la ciudad, aunque pocos estaban al tanto de lo que iba a suceder. Un oficial colombiano, el general José Núñez Roca, escuchó los rumores y a la 13:30 despertó a los generales de su siesta. Le dijo a Tobar que su llegada había generado gran excitación y alarma en la ciudad y que iba a haber una manifestación pública.
Los generales se dirigieron entonces al cuartel de Chiriquí para inspeccionar el arsenal. Huertas los estaba esperando en la entrada. Tobar inspeccionó minuciosamente el lugar y las municiones y les preguntó a los soldados sobre la situación de Panamá. Todos dijeron que reinaba la calma, pero Huertas le recordó que las tropas no habían recibido ni un solo centavo desde hacía meses.
Tobar le contestó de manera cortante: "Que no se preocupen por eso; viene un gran convoy en camino". Al escuchar esta respuesta, Huertas no pudo ocultar su furia. La afirmación de Tobar confirmaba sus temores: las tropas colombianas habían llegado para relevarlo a él del mando y llevárselo de Panamá.
Cuando los generales colombianos llegaron al cuartel de Chiriquí encontraron a Huertas y sus oficiales sentados en bancas sobre la muralla. El general Tobar llevó aparte a Huertas y le dijo que una muchedumbre se estaba abriendo paso hacia el cuartel. Le ordenó que preparara una guarnición para restaurar el orden y que ubicara francotiradores a lo largo de la muralla. Huertas miró por la ventana y vio acercarse la muchedumbre.
Fue a su habitación, tomó su espada y su revólver y llamó al capitán antioqueño Marcos Salazar. Cuando llegó Salazar lo miró, pero se marchó sin pronunciar palabra. Salazar les ordenó a los guardias que colocaran las bayonetas en los rifles. Marcharon hacia donde estaban los generales, actuando como si fueran a salir en patrullaje para restaurar el orden como les habían ordenado.
Cuando estaban ya cerca de los generales, el grupo de catorce se dividió en dos filas, una de las cuales pasó enfrente de los generales y la otra por detrás. De repente, Salazar gritó. Los soldados bajaron sus bayonetas y rodearon a los generales. "¡Caballeros, están ustedes presos!" "¿Por ordenes de quién?", contesto Tobar. "¡Del general Huertas!".
La muchedumbre que estaba afuera del cuartel fue creciendo hasta sumar varios miles de personas. Lideradas por los hermanos Díaz, Francisco de la Ossa, el joven Belisario Arango y varios de los voluntarios del cuerpo de bomberos, escoltaron a los generales y a los oficiales colombianos leales hasta la cárcel, caminando sobre la muralla, atravesando la Plaza Catedral y recorriendo la avenida Central hasta la estación de policía. Miles de personas los miraban desde los balcones y las aceras, aclamándolos: "¡Viva el Istmo libre! ¡Viva Huertas! ¡Viva el presidente Amador!". Quienes tenían rifles dispararon tiros al aire.
Mientras tanto, Arango, su hijo Agustín y Antonio Valdez fueron al Palacio de Gobierno para relevar formalmente al gobernador De Obaldía del mando. Como De Obaldía también era conspirador, se trataba tan sólo de una formalidad, organizada para protegerlo. Cuando llegaron lo encontraron tranquilamente sentado en la sala, aguardándolos.
Cuando De Obaldía entregó las llaves del tesoro departamental, Valdez y el joven Arango le dijeron que estaba bajo arresto y lo llevaron a la casa de Amador, su prisión. Los conspiradores incluso llamaron a un fotógrafo para que le tomara una foto a un "prisionero muy resignado", cómodamente sentado en una de las mecedoras de mimbre de la señora de Amador.
Escribieron dos cartas dirigidas al coronel Shaler, como superintendente de la Panamá Railroad Company.
En la primera le informaban que se había declarado la independencia, que "en adelante se llamará República del Istmo" (todavía no tenían planes para liberar al resto de la provincia) y que contaba con los elementos militares suficientes para dar completa protección al ferrocarril. (La carta se parecía mucho a un borrador que el mismo Shaler había redactado y enviado a Prescott la noche anterior).
La segunda carta daba instrucciones a Shaler de negar transporte a las tropas colombianas "porque la Junta de Gobierno se verá obligada a atacar con sus fuerzas los trenes que conduzcan esas fuerzas en cualquier lugar de la línea férrea".
Las cartas estaban firmadas "Arango, Federico Boyd y Tomás Arias, Gobierno de Facto".
El batallón Tiradores nunca llegó a Ciudad de Panamá. El coronel Eliseo Torres aceptó US$ 8.000 por volverse con la tropa a Barranquilla, lo que hizo en el vapor Oninoco, fletado especialmente a la Royal Mail Steam Packet Co.
Poco antes de partir, el 5 de noviembre se embarcaron dos cajas de champaña para Torres, por cortesía del coronel Shaler. En altamar Torres se embriagó con la champaña y alardeó ante sus hombres, quienes ingirieron bebidas más humildes, diciéndoles que le habían dado ocho mil dólares y que con ellos pensaba ir a Jamaica. Sus hombres, molestos por los alardes, lo arrojaron por la borda y se repartieron el dinero entre ellos. Por su parte, Tobar y los demás generales permanecieron en la nueva República hasta el 12 de noviembre, cuando se les dejó en libertad bajo la condición de que se marcharan de inmediato. Regresaron a Colombia en el vapor León XIII.
# Declaración de independencia
El 4 de noviembre, el Concejo Municipal de ciudad de Panamá se reunió en la Plaza Catedral, presidido por Demetrio Brid, el director de la edición en inglés del Panamá Star & Herald.
El Concejo reconoció como gobierno de facto una junta conformada por José Agustín Arango, Federico Boyd y Tomás Arias. Brid procedió a leer el manifiesto y la declaración de independencia y fijó para las 2:00 p.m. del día siguiente la proclamación formal de la independencia de la república. Cuando la gente supo que su nuevo país se iba a llamar República del Istmo, protestó con vehemencia y exigió que el nombre se cambiara aRepública de Panamá». La junta estuvo de acuerdo y firmó los documentos.
Aunque se supone que tanto el manifiesto como la declaración de independencia fueron redactados por el doctor Eusebio Morales, el manifiesto portaba el estilo del borrador que prepararon en Nueva York primero Cromwell y luego Bunau-Varilla, y al que se hacía referencia en el código Amador-Lindo-Bunau-Varilla. Decía, en parte:
"El acto trascendental que por movimiento espontáneo acaban de ejecutar los pueblos del Istmo de Panamá es consecuencia inevitable de una situación que ha venido agravándose día con día. Larga es la relación de agravios que los habitantes del Istmo hemos sufrido de nuestros hermanos de Colombia".
El lenguaje se parece al de la declaración de independencia de los Estados Unidos, pues destaca los agravios infligidos por el anterior soberano como causa de la emancipación. Sin embargo, en el caso de Panamá, la independencia se buscó no sólo porque Bogotá descuidaba la provincia, sino porque los panameños querían una nación independiente. Las similitudes con la versión norteamericana se encuentran a lo largo de toda la declaración de Panamá:
"El Istmo de Panamá fue gobernado por la República de Colombia con el criterio estrecho que en épocas ya remotas aplicaban a sus colonias las naciones europeas; el pueblo y el territorio istmeños eran fuente de recursos fiscales, y nada más. Los contratos y negociaciones sobre el ferrocarril y el Canal de Panamá y las rentas nacionales recaudadas en el Istmo han producido a Colombia cuantiosas sumas que no enumeramos para no aparecer en este escrito destinado a la posteridad como impulsados por un espíritu mercantil, que no ha sido nuestro móvil; y de esas cuantiosas sumas el Istmo no ha recibido el beneficio de un puente para sus numerosos ríos; ni el de la construcción de un camino entre sus poblaciones, ni el de un edificio público, ni el de un colegio, ni ha visto tampoco interés alguno en fomentar sus industrias, ni se ha empleado la más ínfima parte de aquellos caudales en propender la prosperidad".
El pasaje citado recuerda el del episodio del Motín del Té de Boston, la famosa protesta por los impuestos que desató la revolución de los Estados Unidos. La realidad es que los gravámenes no eran una carga significativa impuesta por el gobierno central, que se había vuelto inefectivo como resultado de veinte años de guerra civil. Obsérvese también la referencia al Istmo y al pueblo istmeño, que quedó del plan original ideado en Nueva York.
En la declaración se sigue criticando a Colombia por rechazar el tratado Hay-Herrán con el ánimo de perjudicar a Panamá.
Esta simplificación exagerada del punto de vista opositor se le debe a Bunau-Varilla. La verdad es que los colombianos rechazaron el tratado porque querían más dinero, y no para castigar a Panamá. La declaración termina con el compromiso de conformar una nueva república en donde "en suma, encuentren perpetuo asiento la civilización y el progreso" y en donde todos puedan "labrarse por medio del trabajo un porvenir venturoso y sin azares ni peligros".
"No faltaron hombres públicos que declararon su opinión adversa fundados en que sólo el Istmo de Panamá sería favorecido con la apertura de la vía en virtud de un tratado con los Estados Unidos, y que el resto de Colombia no recibiría beneficios directos de ningún género".
La junta les preguntó a los miembros del Concejo si estaban dispuestos a jurar lealtad a la nueva república, incluso si implicaba sostenerla "con sacrificio de sus familias, fortunas y vidas".
Antes de que tuvieran tiempo de contestar, dos proyectiles cruzaron los aires. Una fuerte explosión hizo temblar las paredes. Había comenzado el bombardeo de la cañonera colombiana Bogotá. Esa tarde su comandante, el coronel Martínez, un oficial colombiano leal, había expedido un ultimátum: si no se ponía en libertad a los generales colombianos, abriría fuego. El pánico se apoderó de la muchedumbre en la Plaza Catedral a medida que la gente corría en busca de refugio. Durante casi media hora siguió el bombardeo, con unas cinco o seis explosiones.
El batallón de Huertas en la muralla de las bóvedas contraatacó bombardeando a su vez. Al cabo de una hora el Bogotá finalmente se retiró y se refugio detrás de la isla Pericos, en la Bahía de Panamá.
Las únicas víctimas del bombardeo fueron un chino que fumaba opio en una litera en la calle Salsipuedes, y un burro en el matadero. (El proyectil que mató al chino fue recuperado por De Obarrio, y luego se le obsequió como recuerdo a Prescott). La otra cañonera colombiana, el Padilla, no participó en la escaramuza, tal como había prometido su comandante, el general Varón.
Temiendo que el Bogotá remontara la costa hasta la ciudad cercana de Penonomé para conseguir refuerzos, Huertas despachó un mensajero en una pequeña canoa para advertirle al comandante del barco que "este movimiento cuenta con el pleno apoyo de los norteamericanos".
Cuando todo retornó a la calma, a las 22:00, el presidente del Concejo, Demetrio Brid, le envío un cable al presidente Roosevelt:
A Su Excelencia el Presidente de los Estados Unidos
Washington
La Municipalidad de Panamá celebra en este momento sesión solemne adhiriéndose movimiento separación Istmo de Panamá resto de Colombia, y espera reconocimiento de ese Gobierno para nuestra causa.
Demetrio H. Brid.
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(*) Revista Credencial Historia, Bogotá, Colombia, 2003.
