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De Sanguinetti a Tabaré: Esperando que Uganda invada Uruguay

Increíble el debate que por estos días ocurre en Uruguay. Expone a varios de sus dirigentes a un ridículo que llevará tiempo olvidar. Precisamente para ubicar todo en su justo término, el autor escarba en la historia reciente y aparecen todos: Julio Sanguinetti; Jorge Larrañaga, Tabaré Vázquez, José Mujica...

por GUSTAVO HERNÁNDEZ BARATTA

 
MONTEVIDEO (Especial para Urgente24). Corría el agitado año 1984, Uruguay vivía los últimos momentos de la dictadura y había una gran efervescencia política. Wilson Ferreira Aldunate ya había regresado al país y se encontraba preso del gobierno en un cuartel. Liber Seregni, candidato del Frente Amplio en 1971, había recuperado su libertad después de años de prisión. Y el Pacto del Club Naval, que sellaba un acuerdo entre los militares, el Partido Colorado, el Frente Amplio y la Union Cívica, había sentado las bases para el calendario electoral que ese mismo año desembocaría en la elección de Julio Sanguinetti como Presidente de la República.
 
Los blancos, con su candidato a la Presidencia preso, y en el medio de un muy intenso debate sobre la conveniencia o no -y la procedencia- de concurrir a las elecciones con un candidato alternativo, constituían el sector más radicalizado de la sociedad: protagonizaban todas las marchas y los actos públicos y pronunciaban los discursos más virulentos contra el régimen. Se sentían solos y abandonados por el resto del arco político y por la sociedad en su lucha por una apertura sin presos ni proscriptos.
 
En ese marco se produjo un hecho hoy olvidado, pero creo yo fundamental. Un convencional electo por la entonces fracción más radicalizada del Partido Nacional y de Por la Patria, llamado Carlos Lopez Ross, propuso una moción por la cual la Convención Departamental de Montevideo del Partido Nacional le exigiría al futuro gobierno la inmediata disolución de las Fuerzas Armadas. Lopez Ross, y su jefe político, el ex diputado Oscar López Balestra, descontaban que la moción se aprobaría por aclamación. Temiendo las consecuencias, y muy probablemente con la aprobación del propio Wilson, la presidencia de la Convención la pasó súbitamente a un cuarto intermedio que no se levantó nunca y la cosa quedó ahí.
 
Es fundamental recordar aquel el episodio porque, pese a lo complicada de la situación política de entonces, las autoridades del Partido Nacional no creyeron que la idea de disolver al ejército, la marina y la aviación del Uruguay pudiera usarse ni siquiera para molestar a los “milicos” que tenían preso a Wilson en Trinidad.
 
Pero no es sino hasta 1991 que Sanguinetti, ya ex-Presidente, instala una doctrina que “justifica” la existencia de las fuerzas armadas en el Uruguay. Doctrina que no ha tenido ninguna contradicción de peso en el resto del arco político uruguayo y que -además- explica y justifica el pedido de ayuda que el gobierno de Tabaré Vazquez le hiciera al de los Estados Unidos de Norteamérica, en el caso que el enfrentamiento con la Argentina de Néstor Kirchner se saliera de cauces y desembocara en un conflicto bélico.
 
Dice Sanguinetti, refiriéndose al Uruguay, en su libro “El temor y la impaciencia. Ensayo sobre la transición democrática en América Latina” (Serie Claves del Fondo de Cultura Económica, año 1991): “... un país pequeño, precisamente por pequeño, debe estar en condiciones de defenderse más que cualquier otro; de lo contrario, será blanco facil de cualquier aventura o apetencia. La escasa magnitud de sus fuerzas, insuficientes para un enfrentamiento global con los hipotéticos enemigos, obliga también a desarrollar una política internacional activa que asegure diplomáticamente el concurso de aliados imprescindibles. Sin embargo, si a estos aliados no se les ofrece las condiciones de resistencia mínimas para que puedan hacer llegar su ayuda, dificilmente esta política internacional tendrá sustancia práctica. El reciente episodio de la invasión de Kwait por Irak es ampliamente testimonial al respecto: si el pequeño Kuwait hubiera podido resistir la invasión en apenas 48 horas, se habría modificado totalmente el escenario.”
 
¿Qué amenaza externa de invasión militar pudo imaginar Sanguinetti? 
 
No se trataba, seguramente, de un remoto país que, de pronto, instalase sus buques en nuestras costas y desembarcase sus soldados sin que pudiéramos advertirlo a tiempo. No hay forma de no concluir que las única hipótesis de invasor posible es el de un país próximo, y Bolivia y el Paraguay poseen fuerzas militares de magnitud acaso similar a la nuestra. Lo que la historia enseña y la lógica indica es que una invasión es mucho más probable desde un vecino limítrofe, en nuestro caso, la Argentina y el Brasil. Por supuesto, nadie imagina hoy que la Argentina o el Brasil invadan al Uruguay. Pero -si algún sentido tiene para el Uruguay tener fuerzas armadas tradicionales- es la perspectiva de que en algun momento de la historia alguno de nuestros vecinos se embarque en una aventura que nos tenga a los uruguayos de víctimas.
 
Pero Sanguinetti no solamente justifica la existencia de las fuerzas armadas, sino que propone una activa diplomacia orientada a conseguir aliados que nos apoyen frente a la agresión de alguno de nuestros vecinos. Históricamente, el Palacio Santos (sede de la diplomacia uruguaya) ha tenido una política pendular que osciló levemente entre Itamaraty y el Palacio San Martín (los colorados más cerca de Brasil, los blancos más cerca de la Argentina). Esta política -curiosamente fue Sanguinetti quien la 'enterró'- abrió paso a la politica “mercosureña”. El fin de los gobiernos militares y la voluntad de conformar un bloque económico regional enterró la “rivalidad argentino-brasileña” y, con ella, a la pendularidad uruguaya. ¿Podemos suponer que, frente a un conflicto regional con uno de nuestros vecinos, el otro vecino mientras no se sienta amenazado, acudirá en nuestra ayuda?
 
La historia del diferendo entre Argentina y Uruguay por la instalación de las empresas Botnia y Ence en Fray Bentos es lo suficientemente reciente como para tener que narrarla aquí, pero, por un instante, seríìa bueno recordar el clima que se vivía, especialmente en Gualeguaychú, la exaltación de algunos y el apoyo y la complacencia de los gobiernos entrerriano y argentino.
 
Es bueno recordar las amenazas que llevaron incluso al despliegue de una pequeña fuerza militar uruguaya, a las refriegas de los manifestantes con la Prefectura, a las amenazas de “abuelitas bomba”, a la designación de Romina Picolotti (referente de los asambleístas), al discurso de Kirchner en el Corsódromo...
 
Aquellos eran tiempos de climas muy enrarecidos, con momentos en los que todos los puentes estaban cerrados por manifestantes, con discursos inflamantes y con humores sociales de temer (basta con googlear un rato para encontrar “comentarios de lectores” cargados de violenta emoción contrarios al Uruguay), con gente 'manijeada', asustada, creyendo que su vida y la de sus hijos estaba amenazada por la peste allende el río.
 
¿Qué hubiera pasado si alguien fuera de sus cabales -que siempre los hay- hubiera provocado un incidente que hiciera estallar a la gente y obligara a los gobiernos uruguayo y argentino a reaccionar frente a la reacción? En muchas ocasiones incidentes menores han terminado en catástrofe. Felizmente, éste no fue el caso, pero acaso ¿no estuvimos a tiro de la mala suerte? Un incidente violento provocado por algún enajenado... y la buena voluntad se iba al diablo. 
 
Es bueno recordar que, durante buena parte del conflicto, Kirchner arrojaba nafta al fuego, llama que luego Alberto Fernández ahogaba un poco (me pregunto qué hubiera ocurrido si en vez de Alberto hubiese sido Aníbal el enviado, y en vez de Jorge Taiana el canciller era Twitterman).
 
Hace un par de días, Tabaré Vazquez cometió un error imperdonable al revelar sus previsiones y su pedido de asistencia a los Estados Unidos en el caso de verse el Uruguay envuelto en un conficto bélico con la Argentina. Sea su “retiro de la politica” sincera disculpa, o movida táctica, lo cierto es que Vázquez solo debería haber revelado las gestiones de su gobierno en las “Memorias” que pudiera escribir como último acto de su vida pública y despues que el tiempo hiciera del conflicto un capítulo de la historia. No ahora, no cuando está en campaña electoral, no cuando aún hay puntos pendientes irresueltos del conflicto.
 
Pero los hechos en sí son irreprochables. Como cualquier cargo en el que saber anticiparse a lo peor es vital, el puesto de Presidente requiere de quien lo ejerce la capacidad para prepararse para lo peor, al mismo tiempo en el que se trabaja para lo mejor. Vazquez, en este caso, actuó como debía, en el tiempo histórico que le tocó y teniendo en cuenta la única doctrina de defensa nacional formulada a posteriori del cambio de juego regional. Vazquez leyo a Sanguinetti e hizo lo que Sanguinetti aconsejó. Y punto.
 
Ahora bien que frente al cierre de puentes, lo primero que hizo el Uruguay fue acudir al Brasil y a las instancias arbitrales del Mercosur, sin obtener absolutamente nada ¿podía esperarse que frente a un conflicto militar fuera Brasil el “aliado imprescindible” al que alude Sanguinetti?
 
No pocos dirigentes políticos hoy critican a Vázquez en el Uruguay, por haber previsto un escenario de conflicto bélico con la Argentina o por haber acudido por ayuda a los Estados Unidos. Hay quienes sostienen que es impensable en cualquier escenario un conflicto con la Argentina (e imagino que lo mismo pensarán en relación al Brasil), hay quienes sostienen que es una afrenta el haber acudido a los Estados Unidos. Se golpean el pecho y sobreactúan, pero no logran llegar a darse cuenta que son inconsistentes con lo que ellos mismos hacen y pregonan.
 
Yo sé que es mucho pedir que el senador Jorge Larrañaga sea capaz de esbozar una idea original. Conozco también que su conocimiento de la “geopolitica uruguaya” se reduce a haber leído, a desgano, dos o tres hojitas fotocopiadas con escritos del finado Alberto Methol. Pero él es un senador de la República, aspirante al ejercicio de la Presidencia y no tengo más remedio que preguntarme 
 
> para qué entiende él que existen las fuerzas armadas, 
 
> para qué les viene votando presupuestos, si es absolutamente impensable que el Uruguay pueda tener en algún momento un conflicto bélico con alguno de sus vecinos. 
 
Si su fantasía es la de revistar tropas algún 1ro. de marzo, basta con dejar como institución histórica al Cuerpo de Blandengues o que desfilen los del Cuartel de Bomberos (si al fin de cuenta con los bomberos, Gabriel Terra dió su golpe de Estado).
 
Si las hipótesis de conflicto regionales no existen en la mente del senador Larrañaga, espero que la semana próxima presente un proyecto de ley por el cual se jubila anticipadamente a todo el personal militar, se cierran todas las instalaciones y se procede a la venta de todos sus activos, porque mantener tamaño gasto por si algún día nos invade Uganda, Mozambique o el Principado de Mónaco no tiene sentido alguno.
 
Yo creo que es evidente que al señor José Mujica la Presidencia le queda ENORME, aún la de un país pequeño como el Uruguay. En los hechos, su gobierno no ha hizo otra cosa que ir y venir al son de la interna partidaria, desempolvando y archivando ideas y proyectos ridículos. El suyo no es un mal gobierno, es un gobierno mediocre. Pero ésta es una opinion personal. Lo que no es opinión, y sí es un hecho concreto es que Mujica no solo fue líder de la fracción politica mayoritaria del Frente Amplio durante el gobierno de Vázquez (quien inventó, como forma de solventar la interna partidaria, que todos los sectores estuvieran estrechamente comprometidos con su gobierno), sino que fue 5 años su ministro. Y siendo Mujica, jefe político y ministro, no podía no saber, no podía no conocer, no podía no estar al corriente de las preocupaciones de su Presidente, en especial tratándose de preocupaciones de índole bélica. Tampoco podía no estar al corriente del pedido de ayuda a los Estados Unidos.
 
Mujica, para decirlo en criollo, se hizo el boludo. Y no se hizo solamente hace 72 horas sino cuando estalló el escándalo de las filtraciones vía Wikileaks, que ya revelaron gestiones y preocupaciones. Ahora sale su esposa, la senador Lucía Topolansky, a decir que ellos no sabían nada.
 
Si nada sabía ¿qué valoración tendrían de Mujica sus pares del gobierno ya que, pese a ser ministro y firme candidato a la sucesión presidencial, le ocultaban la información tan sensible como esa?

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