Masiva fuga de cerebros en Latinoamérica: ¿Una región sin futuro?
GERMANTOWN, Maryland (
The Miami Herald). Cuando se les preguntó qué podrían hacer al regresar a su país, los 4 científicos chilenos de treinta y tantos años hablan de resolver problemas como los envenenamientos ocasionales de la llamada ''marea roja'' que pueden afectar la industria pesquera, o mejorar algunas industrias como la forestal o la minera.
Sin embargo, dijeron que les será difícil volver a su país tras completar sus programas de investigación en el Instituto Nacional de Salud (NIH), algo que se ha convertido en un dilema común a un sinfín de científicos latinoamericanos que estudian en los Estados Unidos.
Escasos empleos en el sector privado, plazas de maestros limitadas y laboratorios de investigación mal equipados en sus países de origen es lo que ha hecho que la mayor parte de los científicos jóvenes de América Latina permanezcan USA, incluso en detrimento de sus propios países. Un salario de US$ 130.000 o más en una firma biotecnológica estadounidense y la posibilidad de laborar junto a una enorme cantidad de científicos es a menudo una oferta muy difícil de rechazar.
''Los que regresen irán a enseñar'', dijo Jorge Contreras, que en el NIH estudia el movimiento de determinadas proteínas en las células. No obstante, al haber demasiados especialistas en busca de muy pocos puestos, agregó Contreras, "el sistema está empezando a saturarse''.
Contreras, uno de los cuatro científicos chilenos entrevistados por 'The Miami Herald' en Washington, señaló un gráfico donde se muestra cómo sólo dos universidades de Chile consumieron casi el 45 por ciento de los préstamos para investigaciones que entregó el gobierno en el 2006.
Pocas naciones de América Latina --entre ellas Chile-- han comenzado programas para atraer a los científicos de regreso a sus hogares luego de vivir en USA y otros países. Pero se cree que la mayoría de científicos latinoamericanos biomédicos se quedan en instituciones norteamericanas.
La especialista cubana Arlyn García-Pérez conoce el fenómeno de la fuga de cerebros de primera mano. Criada y educada en Puerto Rico, García-Pérez estudió en las universidades MIT y Michigan State, y luego, durante la década del 80, realizó trabajos de fisiología renal en el NIH. García-Pérez escogió continuar en el NIH, donde supervisa programas posmédicos.
''¿Cuál era mi elección? ¿Quedarme en el NIH, la meca de las investigaciones, o regresar a Puerto Rico y luchar por establecerme allí?'', pregunta la experta. "No tuve ninguna duda a la hora de decidirme''.
García-Pérez estima que menos del 20% de los 143 científicos latinoamericanos que en la actualidad realizan sus estudios y trabajos de posgrado en el NIH volverán a sus respectivos países.
La fuga de cerebros no es algo nuevo. Estudios del Banco Mundial indican que los países pobres de Africa, el Caribe y Centroamérica sufren masivas pérdidas de cerebros. Más del 83% de la más calificada fuerza laboral de Haití emigra, mientras Cuba encabeza a América Latina en el número de profesionales universitarios que han emigrado, con 332.000.
De cualquier modo, el problema no se limita a las naciones más pobres del mundo. Gran Bretaña tuvo la cifra más alta de profesionales universitarios que emigraron, con 1.4 millón.
El talento extranjero continúa impulsando el control norteamericano del conocimiento científico. Según el Banco Mundial, el número de graduados universitarios extranjeros en USA aumentó en 10%.
Entretanto, dice García-Pérez, los científicos nacidos en USA escasean. "Estudiar una carrera de ciencias es algo que exige un compromiso a largo plazo''.
En el caso de Chile, la fuga de cerebros tiene cierta variante. El país no tiene una tradición de producir científicos de renombre internacional. Sin embargo, una economía estable y en pleno auge, así como una estabilidad política está produciendo un notable boom de científicos.
La CONICYT, agencia chilena que financia las investigaciones académicas, otorgó solamente 50 becas de posgraduado en 1990. En el 2005, en cambio, otorgó 391 becas.
El número de graduados con un doctorado en las universidades chilenas aumentó de 75 en 1999 a 244 en el 2004. Más de la mitad se han graduado de ciencias básicas.
Y muchos de éstos no formarán parte de las élites económicas de Chile.
Contreras viene del pueblo Chiguayante, al sur del país, donde su padre laboraba como trabajador textil y su madre como vendedora callejera. Otro de los científicos del NIH, Patricia Burgos, especialista en biología, es la hija de un trabajador municipal de Riobueno, una pequeña población también en el sur de Chile.
Contreras está casado con la investigadora del NIH Frances Calderón, en tanto Burgos con su colega bioquímico Gonzalo Mardones.
Burgos se ha convertido en la portavoz no oficial de los científicos chilenos del NIH. Burgos ha dicho que quiere ''dar la voz de alerta'' de la situación que tienen, y está confeccionando una lista de colegas científicos que, al igual que ella, fueron patrocinados por el gobierno de Chile, pero ``tienen grandes posibilidades de permanecer en USA''.
Jorge y Frances Contreras recibieron respaldo en la beca que les otorgó el gobierno chileno para los seis años que pasaron estudiando sus doctorados en la Universidad Católica, en Washington, además de un estipendio mensual de US$ 1.500.
Después de obtener sus doctorados, los aspirantes a científicos por lo general pasan varios años realizando trabajos posdoctorales en Europa y en instituciones estadounidenses como el NIH.
El problema es que pocos países pueden igualar la riqueza científica del NIH, que cuenta con 27 centros que investigan desde la cura para el cáncer hasta la adicción al alcohol. Su presupuesto anual de US$ 28.000 millones es igual a un cuarta parte del producto interno bruto chileno.
Esto ha convertido lógicamente al NIH en un imán para los científicos jóvenes de todo el mundo.
Alrededor de dos terceras partes de los 3,800 investigadores que hay en el NIH llegan allí procedentes de programas internacionales, en su mayor parte de China, India y Japón, dice García-Pérez.
La especialista expresa que países como México y Chile van a tratar de atraer a sus talentosos científicos, y el NIH puede dar préstamos de dinero a los profesionales que decidan volver a sus países. García-Pérez menciona el caso de Gerardo Gamba, un famoso especialista mexicano en los riñones que ganó un préstamo del NIH para realizar trabajos en México.
En Chile, un programa gubernamental paga incluso parte del salario inicial de un científico en una firma privada.
En la actualidad, el NIH está trabajando conjuntamente con Chile para establecer un programa para cinco prometedores científicos chilenos, gracias al cual podrán pasar cinco años en la universidad de Bethesda, y luego volver a Chile a un empleo de una exclusiva facultad universitaria durante dos o tres años. Este sería el primer programa de su tipo en funcionar con un país de América Latina.
Burgos y Mardones quieren regresar a Chile cuando su beca en el NIH termine en dos años, pero dudan que puedan hallar allí opciones atractivas.
''Nuestra decisión dependerá de las oportunidades que haya'', dice Burgos.
