¿Qué hemos aprendido de la masacre de Carmen de Patagones?
Hace unos días atrás, cuando escuché la noticia de que un joven de dieciocho años, de la ciudad de Rafaela, se había descerrajado un tiro en la cabeza jugando a la "ruleta rusa", me invadió un aluvión de sentimientos desde lo más profundo de las vísceras: horror, desazón, dolor, temor, indignación, y peor aún, impotencia. Este sentimiento de impotencia encuentra su razón de ser en dos circunstancias: la primera, es la sinrazón de lo ocurrido; la segunda es la que proviene de la imposibilidad de convencer a mis pares de la necesidad crucial de desarmar paulatinamente a la población civil. Desde que comencé mi mandato, hace escasos dos años, esta preocupación por la banalización de la posesión y utilización de armas de fuego, encontró su cauce en dos proyectos de ley. El primero de ellos, trata sobre la regularización y recupero de armas por beneficios sociales, fue presentado en abril del 2004 y duerme hasta el día de hoy en un cajón de la Comisión de Seguridad. El segundo proyecto es más reciente y trata el tema de la prohibición de fabricar y comerciar juguetes que sean réplicas de armas de fuego, incluyendo en su articulado, la posibilidad de realizar campañas educativas donde los niños canjeen sus juguetes bélicos por otros que despierten otro tipo de actividades más creativas. Este tipo de hechos, como el que ocurrió esta vez en Rafaela, día a día se acrecientan y nos alejan de nuestro objetivo de construir una sociedad más justa y pacífica. Cuántos hechos como los de Carmen de Patagones, Rafaela, La Matanza, etc. hacen falta para que nos demos cuenta de que debemos legislar al respecto, dando claras señales a la sociedad. No nos equivoquemos, este tipo de violencia no es exclusividad de los Estados Unidos de Norteamérica. El futuro que no deseábamos llegó, es hora de tomar el toro por las astas. _____________________________________ (*) Diputado de la Provincia de Buenos Aires (UCR).
