Excepción por hacerse con el medio centenar de miles de compatriotas bonaerenses que desde el mes próximo dispondrán de la Tarjeta Alimentaria, la ración impositiva y de intermediación contenida en cada alimento no entiende de pobres ni de ricos, de jubilados ni de ahorristas en cuentas del exterior, sino que directamente atañe a cualquier mortal.
El pasamanos de la mercadería perecedera que recorre los múltiples eslabones de la cadena de valor que arranca detrás de las tranqueras y desemboca en las mesas hogareñas se estructuró a lo largo de los años bajo la lógica de los intereses que la distribuyen en las concentraciones urbanas antes que por la conveniencia de los bolsillos de los consumidores.
El Estado tenía/tiene una responsabilidad en rectificar esa perversión, pero es cómplice o partícipe necesario.
La inflación ha sido el gran poncho que cobijó un esquizofrénico tránsito de mano y contramano por las rutas de transportes equipados con equipos de refrigeración que unen los depósitos acondicionados que nutren a las plantas elaboradoras dondequiera que estén y estas integran en sus propias redes sin distinción de geografías: ¿cómo hace para enjugar costos de traslado y de frío, encima ganando plata, una marca de alimento perecedero para imponerse en localidades que quedan a más de 800 km de origen a un competidor que produce la misma mercadería en un radio menor a los 50 km?
El sector de Economías Regionales de CAME aborda por internet el intrincado entramado de la canasta básica alimentaria, compuesto por los principales supermercados, verdulerías y mercados para cada producto para cotejar con los valores de origen de las principales zonas productoras y poder así construir el indicador de Precios en Origen y Destino (IPOD) que emite mensualmente.
Transar alimentos cuesta más que comerlos
Queda de ese modo al descubierto que, en los meses del descalabro electoral sobre los precios relativos tras el salto devaluatorio, la diferencia entre lo que cobró el productor y lo que pagaron los consumidores fue, en promedio, de
# 5,11 veces en diciembre;
# 7,74 veces en noviembre, y
# 5,4 veces en octubre.
Las brechas mayores se observaron en la naranja, que multiplicó 12 veces su valor original; en la pera, que se encareció 11,4 veces; en la zanahoria 7,1; en la lechuga, 7; en la manzana, 6,6, y en el limón, 6,2.
La ponderación se complica para cualquier análisis no sólo por la estacionalidad y las contingencias climáticas que inciden en la oferta de comestibles frescos, sino por el gravoso componente fiscal que suma por el camino, y la rentabilidad que incorporan los empresarios que concentran el suministro, en muchos casos, determinantes del 60%/70% del mercado.
De hecho, el fin del programa Precios Esenciales y la reimplantación del IVA a los alimentos básicos hicieron que enero arranque con subas del 4%, según midió la consultora Seid, de lo que el Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (Ceso) precisó que en sólo una semana el aumento había sido de 0,95%.
El IARAF calculó que el impacto impositivo se hará sentir en el valor de la canasta básica alimentaria de enero, que estará por encima de $ 16.800, de los cuales casi $6.900 se llevan los fiscos:
# el IVA representa un 14,5% y
# los impuestos laborales un 9,9%.
# Las cargas subnacionales suman 7,7% por Ingresos Brutos y
# 1,8% de la tasa municipal;
# en tanto Ganancias impacta con un 4,7% en el ticket,
# impuesto al cheque un 1,7%, y
# los impuestos internos (que sólo impactan de manera relevante en Bebidas) están en el último puesto, con casi 1%, desmenuza el instituto cordobés.
Aunque no ayudaran demasiado al poder adquisitivo, las “ofertas” que comprendieron los productos de la canasta básica -que en el último tramo del año tuvieron una rebaja a 0 de la alícuota del IVA- terminaron beneficiando a las empresas proveedoras, al ser los de menor retroceso en la demanda: -4,38% respecto de 2018 contra -18,73%, por ejemplo, que impactó sobre los productos congelados.
El comportamiento de los precios en todo 2019, de acuerdo con el KPI (Key Performance Indicator, o Indicador clave de desempeño), sitúa al tope al Cuidado Oral la familia (básicamente dentífricos y enjuagues bucales), con los productos para bebés (pañales y cuidado) con el 67,74%. Pero en seguida vienen los lácteos (leche, crema, flanes, manteca, quesos, yogures y postres) con el 65,80%.
Y de nuevo se anotan los de aseo personal, como cuidado capilar (champú, acondicionador y tinturas) con el 64,66%, e higiene (desodorante, farmacia, jabones de tocador, papel higiénico, protección femenina, toallas húmedas, entre otros), con el 60,45%.