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100.000 muertos en la puerta (Fernández lo hizo)

100.000 muertos por COVID-19 es una cifra muy temida y el Gobierno de Alberto Fernández intenta amortiguar el impacto. Faltan sólo 1.219.

(100.000 muertos dentro de 1.219, pese a que la Argentina superará este lunes 12/07 los 29 millones de vacunas recibidas desde el inicio de la pandemia de COVID-19 y a que se produjo una notable baja en los casos en Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, desde el inicio del brote ya son 98.781 fallecidos.)

ROSARIO. El asunto es claro, dentro de algunos años, calculo que 25, moriré. Alberto Fernández dentro de 50, tal vez 100. La ciencia avanza y la vejez es, cada día, mas parecida a un estado de ánimo que a un proceso celular, molecular, de ciclos que vienen y van. El doctor Feldman, viejo amigo ya desaparecido, decía que cada hombre tiene la edad de sus arterias. Cierto hasta las arterias plásticas, que trocaron dogmas en cirugías de rutina.

Debo dejar escritas instrucciones para que se lean en algún lugar dentro de 50 años… o más. No quisiera que se pierda lo que se advierte hoy y que el tráfico de noticias se lleve al Mar de los Sargazos cuestiones que nos preocupan tanto, como indagar la verdadera índole de Alberto Fernández, los números de más pobres y más muertos.

Sostenían que el año 2000 nos encontraría Unidos o Dominados. Nos encontró reunidos alrededor de la mesa de Mirtha Legrand. El 2020 también.

La Peste, que nos dejó desnudos de relato; y Fernández, quien nos dejó desnudos de verdades, son parte del día a día que nos distrae. El distraído de algunas cosas es un atento a otras.

Es mi deseo estar atento, dejar constancia quien es, sobre este mes tan crudo de entradas, salidas, vacunas y promesas, el hombre que votamos… tal vez así, distraídos.

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Nos queda la poesía

El poema de Jaime Dávalos dice:

“De mínimas heridas lastimado / Me voy muriendo de a ratos tan ligero / Que me siento lejano y extranjero / Del que ayer fuera alegre y confiado. / Tengo un niño en el alma rezagado / No quiero endurecerme, ¡ay!, no lo quiero / Ni ser mi padre, ni tener sombrero / Sino ser un cantor enamorado. / Quiero permanecer en la tristeza / Y en la angustia de andar como los bichos / Perdido por el mundo de la leña. / Llevar como una novia mi pobreza / Y morirme del gusto y el capricho / De ser un animal que canta y sueña.” “De mínimas heridas lastimado / Me voy muriendo de a ratos tan ligero / Que me siento lejano y extranjero / Del que ayer fuera alegre y confiado. / Tengo un niño en el alma rezagado / No quiero endurecerme, ¡ay!, no lo quiero / Ni ser mi padre, ni tener sombrero / Sino ser un cantor enamorado. / Quiero permanecer en la tristeza / Y en la angustia de andar como los bichos / Perdido por el mundo de la leña. / Llevar como una novia mi pobreza / Y morirme del gusto y el capricho / De ser un animal que canta y sueña.”

Quisiera haber escrito este poema, una verdadera confesión de vida. Un animal que canta y sueña. Entendiendo por la canción gritar al aire lo que se quiere y por soñar la mas clara ilusión: acumular esperanzas.

“Esperanzas” tiene asimilación con esperar y con ilusión. Un ser esperanzado tiene futuro. Deberíamos observar qué nos queda para empeñar hoy bueno, bah, qué poco nos queda debido a tantas cosas empeñadas. Mete miedo hacer inventario de lo perdido. Más aún de lo prometido. No deja espacios para cantar y soñar este día por día. La respiración bi pulmonar entrecortada quita aliento.

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“Prefiero tener 10% más de pobres y no 100.000 muertos en la Argentina”, dijo Fernández el 12 de abril de 2020 para justificar la cuarentena que, ya se sabía, iba a durar mucho.

Alberto Fernández dice demasiadas cosas todos los días y cuesta sumarlas en un cancionero, un refranero, un pequeño compendio de su pensamiento porque son muchos dichos, a veces diferentes y contradictorios entre la mañana y la tarde y, además, porque lleva a la vulgaridad palabras como muerte, esperanza, alegría.

Palabras duras y redondas, vocablos sonoros que no merecen la vulgaridad o la ligereza. Fernández hace tantos juramentos que no conviene sumarlos. Fernández logra desesperanzarme, desesperanzarnos.

Asumo que la última ley de la democracia, que ni el peronismo ha roto, excepto subrepticiamente, es el voto. El voto de las mayorías consagra a quien delibera y gobierna en nombre nuestro. Eso aflige profundamente.

Es muy duro el trabajo de Fernández, duro y consecuente su laboreo para fabricar enojo contra ese dogma que es un contundente martillo. Bien, sucede, nos sucede: Fernández nos hace enojar contra el voto. Esa su propuesta.

Dura y consistente tarea no salirse de la huella. Que no nos venza. Sigamos asidos, atados al palo mayor, al voto popular como solución a tanta tempestad de vulgaridades repetidas como salmos.

Fernández nos hace sentir lejanos y extranjeros del país que es nuestro y donde nos quedaremos. Nos pone día tras día, declaración tras declaración, en la durísima tarea de resistir mientras insistimos en ser alegres y confiados porque, caramba, si nos quita la alegría no seremos lo mejor de nosotros: animales que cantamos y soñamos.

Nos queda la poesía para resistir a Fernández. Se dirá que es poco, sostendremos que es la única herramienta inatajable, citaremos a Raúl, “que todo en broma se toma, todo menos la canción…”

La resignación es virósica

Hace años, muchos años, un muchacho que estudiaba canto y piano, que llevaba el tango como herencia familiar, escribió un texto que se convirtió en parte integrante de nuestras confesiones y, al mejor estilo de Pedro B. Palacios, sostenía una versión mejorada del “100 veces te levantas…”.

Tiene música. Es una resolución sobre el amor, el abandono y la consigna: resistir para empezar otra vez. Siempre sentí como un tango el poema de Lito que se merece el respeto que Fernández no entiende, pero que obliga a repetir como vacuna lírica, para cuando deje el gobierno y debamos empezar otra vez. Ojalá paremos en 100.000 muertos y… nuevamente la vida, la ilusión, nuevamente eso: vivir. Recordemos a Nebbia.

“Dicen que viajando, / Se fortalece el corazón / Pues andar nuevos caminos, / Te hace olvidar el anterior, / Ojalá que esto pronto suceda / Así podrá descansar mi pena / Hasta la próxima vez / Ojalá que esto pronto suceda / Así podrá descansar mi pena / Hasta la próxima vez / Y así encuentras una paloma herida / Que te cuenta su poesía de haber / Amado y quebrantado otra ilusión / Seguro que al rato estará volando / Inventando otra esperanza / Para volver a vivir / Seguro que al rato estará volando / Inventando otra esperanza / Para volver a vivir / Creo que nadie puede dar / Una respuesta, ni decir / Qué puerta hay que tocar / Creo que a pesar de tanta melancolía / Tanta pena y tanta herida, / Solo se trata de vivir… (sigue)”. “Dicen que viajando, / Se fortalece el corazón / Pues andar nuevos caminos, / Te hace olvidar el anterior, / Ojalá que esto pronto suceda / Así podrá descansar mi pena / Hasta la próxima vez / Ojalá que esto pronto suceda / Así podrá descansar mi pena / Hasta la próxima vez / Y así encuentras una paloma herida / Que te cuenta su poesía de haber / Amado y quebrantado otra ilusión / Seguro que al rato estará volando / Inventando otra esperanza / Para volver a vivir / Seguro que al rato estará volando / Inventando otra esperanza / Para volver a vivir / Creo que nadie puede dar / Una respuesta, ni decir / Qué puerta hay que tocar / Creo que a pesar de tanta melancolía / Tanta pena y tanta herida, / Solo se trata de vivir… (sigue)”.

Lito habla de descansar la pena para volver a vivir y, como tanguero, trae lo suyo: la pena subsistirá y habrá que hacerse fuertes para volver a vivir. Amargo mensaje pero, sospechamos, certero.

Dadas la biología y la medicina no haré la crónica de despedida del porteño y abogado dentro de 50 años. No creo que su redención en las biografías sea posible, por otra parte no la pretende. Es la primera vez y chau (espero que la última) chau, chau sobre 10/12/2023; sería tremendo si es Fernández el sueño que nos espera mas allá del 2023.

Esperando un número tan redondo como cruel (los 100.000 muertos) advierto: es cuestión de la espada y la pared.

El feroz final de un libro decía: “entre la nada y la pena”. Hasta aquí hemos llegado.

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