Buen recuerdo de Jorge Castro. Por supuesto que ocurrieron diferencias sociales en la acumulación de la riqueza, el 'derrame' fue insuficiente y la reforma judicial nunca se concretó. Pero hubo crédito disponible, la inflación mermó y no había 'piqueteros' participando del Presupuesto Nacional.
Algo más: en la década del '90 el crecimiento promedio de la productividad fue del 4,4 % anual acumulado. Luego digan lo que se les antoje. Jueguen a la ruleta rusa. Da igual.
Importante: es muy difícil revivir la noche de Olivos en pandemia, con una economía que no levanta, con consumidores empobrecidos, con niveles récord de asistencia social del Estado -lo cual no es motivo de orgullo sino de padecimiento porque el pleno empleo y la pobreza 0 debería el Norte de un gobierno popular-, y una inflación que arrolla en cada esquina.
Jamás olvidar: la noche de Olivos nunca fue posible ocultar. Es un elefante en el bazar. Antes, tal como ahora, sólo los escándalos pueden limitarla. Deberían aprenderlo quienes transitan el Chalet 2. Y cuando ocurren los escándalos, es imposible frenar la imaginación colectiva. La ficción vuela y complica a la realidad.
Obvio que la noche de Olivos fue reiniciada con el grupo de amigos que festejaba el 'chiche nuevo', el poder. Pero el poder que no se sabe utilizar puede aniquilar a cualquiera. El poder es un instrumento, nunca la razón de mi vida, por utilizar una frase peronista.
El deterioro de la imagen es inevitable. Ya no es Santiago Cúneo en su Canal 22 revelando el mote de 2 palabras al habitante de Olivos, ahora está explotando como material de lectura cotidiana de los electores. Para humoradas de unos, indignación de otros. En especial de quien convirtió a Olivos en un monasterio luego de su tragedia personal.
El asunto escala porque es el siglo 21, las redes sociales viralizan todo, lo cierto y lo falso, sin filtro. Pero en este caso, el sexting puede complicarlo todo. También mensaje a quien corresponda.